Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

domingo, 27 de noviembre de 2016

03 de noviembre / 2016






“Hacer el “mito” sumergiendo la realidad fantástica en el pasado y en la lejanía.”
(Pavese)


Walter Benjamin:
Hay  palabras o pausas que nos hablan de ese invisible extraño: del futuro  que se las dejó aquí olvidadas.
(W. B. / Infancia en Berlín hacia el mil novecientos)

“El primer armario que se abrió cuando yo quería fue la cómoda. […] ahí me encontraba con mis calcetines,  que descansaban amontonados y enrollados de modo que cada uno de los pares fingía ser una pequeña bolsa. Nada me causaba más placer que ir hundiendo mi mano en su interior […]. Lo que me atraía hacia su hondura era lo que llamaba ‘el contenido’, , que mantenía dentro de mi mano en el interior siempre enrollado. Cuando lo agarraba con el puño para confirmar su posesión […], comenzaba ya a desarrollar la segunda parte de aquel juego, que me conducía de inmediato a un descubrimiento emocionante. Ahora desplegaba ‘el contenido’ desde el interior de aquella bolsa. Lo acercaba a mí cada vez más, hasta consumarse la sorpresa: ‘el contenido’ salía de su bolsa, con lo que ambos dejaban de existir. No me cansaba de poner a prueba esa verdad enigmática: que forma  y contenido, la envoltura y lo envuelto, son lo mismo. Lo son en forma de una tercera cosa: el calcetín en que ambos se transforman.”
(…)

“En mi infancia yo fui prisionero del viejo y el nuevo barrio del Oeste. Todo mi clan vivía en ambos barrios con actitud que era mezcla de obstinación y dignidad, lo que los convirtió en un gueto que mi clan entendía como un feudo. Me quedé encerrado en este barrio de propietarios sin tener conciencia de otros. Para los niños ricos de mi edad, los pobres existían solamente en forma de mendigos. Y mi conocimiento avanzó mucho al ver brillar un día la pobreza del trabajo mal pagado.”
(…)

“No lograr orientarse en una ciudad aún no es gran cosa. Mas para perderse en una ciudad, al modo de aquel que se pierde en un bosque, hay que ejercitarse. Los nombres de las calles tienen que ir hablando al extraviado al igual que el crujido de las ramas secas, de la misma forma que las callejas del centro han de reflejarle las horas del día con tanta limpieza como un claro en el monte. Ese arte lo he aprendido tarde.”
(…)

No sé bien si se debe a la estructura de los aparatos o al recuerdo, pero aquellos ruidos de las primeras conversaciones telefónicas se encuentran presentes en mis oídos de forma muy distinta a los actuales. […] Pocos de sus usuarios actuales saben que la aparición de aquel teléfono de repente, en el seno de las familias, fue devastadora. El ruido con que el teléfono sonaba entre las dos y las cuatro, cuando un compañero de colegio quería hablar conmigo, equivalía a una señal de alarma, la cual no perturbaba solamente la siesta de mis padres, sino también la época de la historia en cuyo seno ellos descansaban. 

Walter Benjamin / Infancia en Berlín hacia el mil novecientos



Y Marcel Proust y el teléfono y las operadoras:

"Para que este milagro se efectúe no tenemos más que acercar nuestros labios a la tablilla mágica y llamar -con insistencia, demasiado excesiva a veces, convengo en ello- a las Vírgenes Vigilantes, cuya voz oímos todos los días sin conocer nunca su rostro, y que son nuestros Ángeles de la Guarda en las tinieblas vertiginosas, cuyas puertas vigilan celosamente; a las Todopoderosas por cuya intercesión surgen a nuestro lado los ausentes sin que nos esté permitido verlos; a las Danaides de lo invisible que incesantemente vacían, colman, se transmiten las urnas de los sonidos; a las irónicas Furias que, en el momento en que susurramos una confidencia a una amiga, con la esperanza de que nadie nos oiga, nos gritan cruelmente: <<¡Escucho!>>; a las siervas perennemente irritadas del Misterio, sacerdotisas recelosas de lo Invisible - a las señoritas del teléfono." 

Proust. " En busca del tiempo perdido- III El mundo de Guermantes"


Como es sabido –escribe Sebald en ‘Pútrida patria”- Kafka padecía una leve “fonofobia” (del griego “voz” / “temor”).
Yo no tenía noticia. La palabra “fotofobia” no está recogida en el diccionario de la RAE, que te desvía vete tú a saber por qué a fotofobia, que sí es de su gusto. Pero en la red encontramos su definición:
“Las personas que padecen fonofobia sienten un miedo irracional a los ruidos fuertes. La fonofobia es un trastorno de ansiedad y no una enfermedad auditiva.”


Y una de Adorno:
«No se admiten cambios.
Los hombres están olvidando lo que es regalar. La vulneración del principio del cambio tiene algo de contrasentido y de inverosimilitud; en todas partes hasta los niños miran con desconfianza al que les da algo, como si el regalo fuera un truco para venderles cepillos o jabón. Para eso está la práctica de la charity, de la beneficencia administrada, que se encarga de coser de una forma planificada las heridas visibles de la sociedad. Dentro de esta actividad organizada no hay lugar para el acto de humanidad, es más: la donación está necesariamente emparejada con la humillación por el repartir, el ponderar de modo equitativo, en suma, por el tratamiento del obsequiado como objeto. Hasta el regalo privado se ha rebajado a una función social que se ejecuta con ánimo contrario, con una detenida consideración del presupuesto asignado, con una estimación escéptica del otro y con el mínimo esfuerzo posible. El verdadero regalar tenía su nota feliz en la imaginación de la felicidad del obsequiado. Significaba elegir, emplear tiempo, salirse de las propias preferencias, pensar al otro como sujeto: todo lo contrario del olvido. Apenas es ya alguien capaz de eso. En el caso más favorable uno se regala lo que desearía para sí mismo, aunque con algunos detalles de menor calidad. La decadencia del regalar se refleja en el triste invento de los artículos de regalo, ya creados contando con que no se sabe qué regalar, porque en el fondo no se quiere. Tales mercancías son carentes de relación, como sus compradores. Eran género muerto ya desde el primer día. Parejamente la cláusula del cambio, que para el obsequiado significa: “aquí tienes tu baratija, haz con ella lo que quieras, si no te gusta, a mí me da lo mismo, cámbiala por otra cosa”. En estos casos, frente al compromiso propio de los regalos habituales, la pura fungibilidad de los mismos aún representa la nota más humana, por cuanto que permite al obsequiado por lo menos regalarse algo a sí mismo, hecho que, desde luego, lleva a la vez en sí la absoluta contradicción del regalar mismo.
Frente a la enorme abundancia de bienes asequibles aun a los más pobres, la decadencia del regalo podría parecer un hecho indiferente, y su consideración algo sentimental. Sin embargo, aunque en medio de la superficialidad resultase superfluo –y ello es mentira, tanto en lo privado como en lo social, pues no hay actualmente nadie para quien la fantasía no pueda encontrar justamente la cosa que le haga más feliz-, quedarían necesitados de regalo aquellos que ya no regalan. En ellos se arruinan aquellas cualidades insustituibles que sólo pueden  desarrollarse no en la celda aislada de la pura interioridad, sin sintiendo el calor de las cosas. La frialdad domina en todo lo que hacen, en la palabra amistosa, en la inexpresa, en la deferencia, que queda sin efecto. Al final, tal frialdad revierte sobre aquellos de los que emana. Toda relación no deformada, tal vez incluso lo que de conciliador hay en la vida orgánica misma, es un regalar. Quien dominado por la lógica de la consecuencia, llega a ser incapaz se convierte en cosa y se enfría».


ELOTRO

“Interrupciones: imaginemos a Robinson Crusoe visitado todas las tardes por un crucero con turistas.”
(Piglia)


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