Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

viernes, 25 de noviembre de 2016

02 de noviembre / 2016






“Ninguna trampa tan mortífera como la que
uno se prepara a sí mismo”
(Raymond Chandler)


En los últimos días he visitado tres exposiciones. Una de ellas, la de Renoir en el Thyssen, como ya va siendo triste costumbre en este museo, un fiasco. Las otras dos en la Fundación Mapfre, realmente extraordinarias.

La obra de Renoir, fuera de la relevancia contextual del grupo impresionista, ha soportado mal el paso del tiempo. El más genuino impresionista de todos los etiquetados como impresionistas ha quedado en buen artesano que aportó al oficio una peculiar y efectista maniera de fijar la luz, aplicando el color mediante una pincelada “resbalosa” que mezcla, difumina y confunde los límites y las atmósferas. Y colabora así a la celebrada vibración de formas y luces tan propias de la tierna, risueña y, de puro almibarada, estomagante mirada impresionista. En resumen, obras de bella caligrafía (y groseramente coyuntural) pero cuyo fraudulento e idílico contenido, por contraste en lo moral sumamente indecentes y en lo político claramente reaccionarias, oculta o falsea la realidad social "que proclama mostrar". Autor de miles de piezas, Renoir, nos ha legado una docena de “obras maestras impresionistas” que sostienen su prestigio bajo el peso aplastante de innumerables muestras de mediocridad.
De la expo del Thyssen sólo se salvan algunos “cachos” de pintura, la casi totalidad de lo mostrado, y eso que era un incansable currante, rezuma torpeza y desgana ‘mental’. A efectos artísticos nunca pasó de decorador de porcelanas (que así empezó), lisa y llanamente un fiel servidor del ‘buen gusto burgués’. Pero el éxito de crítica y público lo tiene (y tendrá por mucho tiempo) asegurado. Desde “el sentido común” vigente, el impresionismo sigue siendo, ¡para la mayoría bienpensante, contante y sonante!, un movimiento muy audaz, de atrevida belleza, ¡vanguardista!
Cien años después, tras las múltiples vanguardias y los miles de “ismos”, es lo que pita.





Los fauves, la pasión por el color
Veinte años antes del fallecimiento de Renoir, que siguió pintando hasta el último momento incluso con el pincel atado a su mano inutilizada por la artrosis, comenzaron los fauves (fieras) con su particular odisea vanguardista. Los Matisse, Marquet, Derain, de Vlaminck, Manguin… que habían bebido de las fuentes del posimpresionismo, Van Gogh, Cézanne y Gauguin… dieron un paso más allá –por supuesto que sin romper nada- en los planteamientos –ya digo que nada que ver con la ruptura radical que poco después  significó el cubismo- de forma (más sustancial e innovadora) y contenido (tibio) que habían heredado las “fieras” de sus mayores.
La selección de obras, algunas de ellas verdaderamente icónicas, muestra un nivel excelente, muy completo en calidad y variedad y muy instructiva y representativa de aquél movimiento al que, por cierto, se sumó durante un corto periodo (‘duró lo que duran las cosas nuevas’) un joven Braque
Un gozo de exposición que, si les pilla a mano, no hay que perderse.

Por último la muestra del fotógrafo norteamericano Bruce Davidson. Últimamente ando saturado de tanta fotografía supuestamente “artística”, “de culto” o “maldita” (a lo García Alix), como le tratan de vender a uno desde las paredes de galerías o museos “contemporáneos”. Rara vez encuentro alguna obra que me interpele (debo de ser una momia del siglo XIX), que frene mi “desfilar” apresurado y desatento, desencantado, hastiado de tanta vaciedad dentro de tanto presunto prodigio “técnico”.
Nada que ver, afortunadamente, con este estupendo fotógrafo del que sólo conocía –y no siempre la autoría- algunas obras “sueltas” con las que había tropezado casualmente en exposiciones colectivas, en la red o en publicaciones en papel.
Y esa es la gran diferencia, digo contra la engañosa visión fragmentada y mutilada, que supone esta cuidadísima exposición. Davidson realiza grandes series (no es la pieza suelta, que lo escamotea, sino el conjunto el que ‘porta el significado’) que documentan y conforman la vida ‘real’ de individuos y grupos humanos (norteamericanos, galeses, mexicanos…), y lo lleva acabo con mirada aguda, minuciosa y en profundidad, que no “injerta” ornamentos artificiales y, al mismo tiempo, abarcando también largos periodos de tiempo, tanto la dimensión privada como la pública. No es la otra cara del sueño americano, es la pesadilla cotidiana de una buena parte de esos norteamericanos (primordial fuente nutriente de su obra), o no, que no “salen” en ninguna  “foto oficial”…

Hasta el 15 de enero de 2017 en las salas de Mapfre en la calle Bárbara de Braganza.



David Goddis, el mejor autor de policíacas, para Onetti y Piglia. A propuesta de Onetti acordaron mantenerlo en secreto. Lo cuenta Piglia en su diario.


ELOTRO


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