domingo, 9 de octubre de 2016

29 de septiembre/2016




29 de septiembre/2016

“No conviene acostumbrarse a considerar todos los arañazos como grandes desgracias…”
(Pavese)


Dicen que la religión es una práctica humana (social) tan antigua como el arte (“…ya que a todos los hombres les son necesarios los dioses” escribió Homero en la Odisea), y que tiene una antigüedad aproximada, supongo que calculada en paralelo con las más primitivas pinturas rupestres, de unos ochenta mil años, digamos mil arriba, mil abajo… en fin, transcribo aquí una, y creo que magnífica, reflexión de Pavese sobre el siempre muy actual fetichismo religioso:
“Todo el problema de la vida es éste: cómo romper la propia soledad, cómo comunicarme con otros”.(…) “La mayor desventura es la soledad; tan verdad es, que el supremo consuelo –la religión- consiste en encontrar una compañía que no falla, Dios”. (…)
“La oración es como el desahogo con un amigo”.
(Cesare Pavese, “El oficio de vivir”)





Y por seguir citando diarios copio y pego aquí unos párrafos del que escribió el navegante, explorador y cartógrafo británico James Cook.

"Banks está impresionado con el lugar, está llenando la cubierta de plantas y más plantas, creo que coge todo lo que ve.
Un sabio feliz, descubre que desconoce tanto
y se maravilla. Hemos conocido a los habitantes
de esta región, me congratula ver a gente tan
contenta con su entorno.
Parecen más felices que
los europeos, viven en una sociedad en donde
todos parecen iguales y en donde la tierra y el mar
les proporciona todas las cosas necesarias para
subsistir.
Son diferentes en tantas cosas a
nosotros. No hay edificaciones de ningún tipo y
no entienden que nos refugiemos en el barco.
La tripulación no les mira con buenos ojos.
Su piel tiene el color de su tierra y su mirada
revela sus intenciones. Los ancianos van
con los más jóvenes y por las noches cantan y ríen junto al fuego.
Les llamamos Koori pues así nos lo pidieron al recibirnos."


James Cook- Diario secreto

He destacado en negrita el juicio que hace este cultísimo y refinado  “descubridor” de nuevos “y bárbaros” mundos sobre la “sociedad” que acaba de descubrir y que, a renglón seguido, reclamará –se apropiará por sus santos cojones- dicho territorio como propiedad exclusiva del “Reino de Gran Bretaña”. De tal manera que aquellos “felices y autosuficientes” aborígenes después de ser convenientemente desposeídos de su tierra y sus bienes, pasan a disfrutar –cierto que encadenados y sin ser civilizadamente  consultados-, como en toda colonización saqueadora que se precie, de los goces de la esclavitud.

Anoto aquí unos datos curiosos sobre las consecuencias genocidas del insaciable expansionismo colonialista británico:
De los 250.000 aborígenes que habitaban en Australia en aquel 1778, repartidos en unas 500 tribus, sólo quedaban 66.000 en 1901.
Hoy en día representan el 2.4 % de la población australiana (460.000). 
***
aborigen
1. adj. Originario del suelo en que vive. Animal, planta 
aborigen.
2. adj. Habitante de un lugar, por contraposición al 
establecido posteriormente en él.

Y abundando me permito recomendar este interesantísimo documental que nos muestra la desigual y silenciada lucha de los actuales aborígenes contra una multinacional minera británica y por su independencia de Papúa Nueva Guinea:
La Revolución del coco”




“César Vallejo es la pasión plástica del lenguaje”
(César Aira)

Decía Sartre que el tan cacareado y hegemónico “humanismo occidental” era en realidad –y así se podía, si se deseaba, constatar en la práctica-  un humanismo de clase, de la clase dominante en lo material y en la producción de  lo mental. Sartre que no se consideraba “marxista”, utilizaba frecuentemente el marxismo en sus análisis, y en sus prácticas, sociales, políticos, económicos y culturales. “Un intelectual, -afirmó-, debe meterse en lo que no le concierne, en lo que no le importa, un asunto que no es suyo, es asunto suyo”. A Sartre desde las filas del “intelectualismo purista” se le reprochaban sus continuas incursiones en la realidad político-social práctica, argumentando que le alejaban y distraían de lo que ellos consideraban su auténtica labor: pensar y escribir desde la “torre de marfil” (¿Para qué necesitaba conocer, saborear, palpar, ver o escuchar directamente, sin “mediaciones”,  lo real?
Un intelectual “como Dios manda”, no tiene necesidad –a riesgo de manchar su buen nombre- de abandonar el sacrosanto, y confortable mundo (inofensivo para el poder que paga y manda) de la “pura” teoría. Frente a esa postura contemplativa que renunciaba “de hecho” a intervenir en la realidad, a procurar transformarla, Sartre señalaba la contradicción en la que se encuentran inmersos  los intelectuales. Apuntaba por ejemplo: “El científico nuclear (años sesenta, plena guerra fría, crisis de los misiles…) no descubre su contradicción en el aire, sino en la práctica de su trabajo. Cuando toma partido en esa contradicción (la proyección político-social de su labor) pasa de científico a intelectual”. Y sobre el papel del intelectual, añadió: “La escritura, la fijación de la vida mediante el lenguaje está reservada, en la sociedad capitalista, a “especialistas”, cuando estamos hablando de una actividad, la de escribir, que está ligada a la condición humana. Se trataría de superar esta división del trabajo (manual-intelectual), como postuló Marx”.

“Adorno decía de Benjamin que sus palabras eran radioactivas, que se posaban sobre las cosas y las cambiaban”
(Alan Pauls)


ELOTRO



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