Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

jueves, 11 de agosto de 2016

Reformistas versus ultraizquierdistas




 “Marx no cree que la inevitabilidad del socialismo signifique que PODEMOS quedarnos todos tranquilamente en la cama”
 “Si fuera así, ¿a santo de qué iba a apremiarnos con la necesidad de emprender y proseguir la lucha política?
(T. Eagleton)


Digamos, digo, que entendemos por reformista a aquel que piensa (y de camino actúa) que lo que hay, en este caso la sociedad capitalista, su modo de producción, sus consecuentes relaciones sociales, su hegemonía jurídica, política, ideológica y cultural… es la única o, en su caso consienten en llamarla: la mejor alternativa “realmente existente”.  Aunque eso sí,  no olvidan añadir que mejorable en ciertas facetas, por supuesto siempre dentro de un orden, su orden,  “el realmente existente” y  además siempre y cuando la cosa se haga de forma gradual y pacífica y, por lo tanto, un necesario, insoslayable y determinate punto de partida (y para ellos meta) político, social y cultural; una buena base en esencia eficaz, sana y robusta, conservable, sin negar que, con el inevitable transcurrir del tiempo y el deseable “progreso” general, pueda devenir  ocasionalmente reformable, la obsolescencia programada o no, en algún puntual aspecto parcial y no principal del Sistema (por supuesto, quede esto claro y por eso repetimos: nunca sustantivo: propiedad privada de los medios de producción, subordinación del trabajo al capital…, en determinadas  formas y aristas digamos más incómodas de llevar moralmente, por la fracción más progresista, ya sé que es un mal decir, de la ominosa clase dominante, opresora y explotadora. Pero eso sí, los reformistas  juran y prometen en cada ocasión que les parece propicia, que son sinceros partidarios del CAMBIO. Así, sin más concreción. Que en el caso de los reformistas siempre acaba siendo, tenía que aparecer: “gatopardiana”. Ya saben.

Bien, espero sepan disculpar este largo introito del que tambien espero, ya me ocupo, que no de paso a ningún sermón. Como prólogo me parecía necesario para pasar a explicar la acepción dominante del término que el titular situa en contra: “ultraizquierda”. El ultraizquierdismo es “una enfermedad infantil del comunismo” escribió Lenin en su interesante librito de 1920. Y como era su dialéctica costumbre analizó y argumentó en concreto, en el contexto histórico concreto. La concreción, dijo Lenin parafraseando a Marx, es el carácter esencial de la verdad. Siendo así, la verdad siempre es revolucionaria.  Aunque duela.

Recordemos que el “ultraizquierdista” ha “sustituido” al revolucionario marxista que  Rosa Luxemburgo contraponía al reformista socialdemócrata. El revolucionario, a diferencia del ultraizquierdista, no sólo tiene una meta, la revolución, sino que procura marcarse unos claros y verosímiles objetivos intermedios, jalones en la lucha de clases que le lleven hasta ella. Lo nuevo nace de lo viejo y en lo viejo, que decía Manuel Sacristán. De tal modo que hay que mancharse las manos luchando en y contra las instuciones y organizaciones del estado burgués. Y si hay que comenzar por “reformas” en la lucha sindical y política, ningún problema, siempre y cuando el camino, ora recto ora en zig-zag, tenga como única e insustituible meta la abolición del sistema capitalista de explotación. Lejos de los planteamientos puristas del izquierdismo que, como decía aquel: “Termina así por ser tan impoluto como impotente”. O sea, objetivamente otra versión de las fuerzas de la  “Reforma”.





El caso es que en la ya vieja controversia entre reforma y revolución, a día de hoy en esencia no ha cambiado nada y sin embargo  en apariencia ha cambiado todo. Por eso mismo sigue siendo tan vigente el inolvidable librito de Rosa Luxemburgo, “Reforma o revolución”, escrito en 1900 y la paliza que en él  propina a las contrarrevolucionarias posiciones de la socialdemocracia alemana en la figura de Eduard Bernstein. Una pequeña muestra: “la reforma y la revolución no son, por tanto, distintos métodos de progreso histórico que puedan elegirse libremente en el mostrador de la historia, como cuando se eligen salchichas calientes o frías, sino que son momentos distintos en el desarrollo de la sociedad de clases, que se condicionan y complementan entre sí y al mismo tiempo se excluyen mutuamente, como el polo norte y el polo sur, o la burguesía y el proletariado”.

Desde entonces cada una de las partes (ojo al CAMBIO, que no “son” las mismas, ya que los revolucionarios han sido sustituidos por los “ultraizquierdistas” o “radicales” o “subversivos” o “terroristas”, según los casos) en disputa ha ido introduciendo, o embutiendo sin miramientos más bien, a su propia conveniencia y oportunidad  sucedáneos de variantes argumentales,  que en la mayoría de los casos no pasan de ser cambios cosméticos que sólo buscan oscurecer o enturbiar las aguas (¿Para que uno se pierda en ellas?) de lo que debiera ser un debate esclarecedor. ¿Pero a quién le interesan los debates esclarecedores? Desde luego no a los patrocinadores de la “Reforma”, digo a la ideología contante, sonante y  dominante de la clase, mire usted por donde, también dominante que se encuentra  plenamente satisfecha, digo cuando se explayan en privado, con el orden “realmente existente” que reina “democráticamente” en las mentes, si así se las puede llamar visto su alarmante estado vegetativo, de los componentes de la mayoría social y silenciosa, o sea, de la sumisa militancia del “sentido común” hegemónico. Ya no quedan, “media” mediante, seres pensantes normales y corrientes, digo por cuenta propia.

Y ahí llegamos al meollo del asunto que pretendo destacar en este apunte. Los significantes “realmente vigentes” del sentido común hegemónico. Sin ir más lejos el de la manoseada y desteñida palabra “CAMBIO”. Palabra a la que curiosamente tampoco le hace ascos desde el otro supuesto bando, el llamado “ultraizquierdismo”. Claro que en su caso desde su muy particular noción de “CAMBIO”. Los españolitos atentos pueden comprobar cómo se ha abusado de la susodicha palabreja en nuestra reciente historia, digamos desde la última restauración borbónica: PP, PPSOE, Ciudadanos, PODEMOS, por citar a los más actuales han utilizado el mágico significante “CAMBIO”, en sus campañas electorales. Y un dato más, el eslogan del desaparecido PTE fue: “El partido para cambiar las cosas”. Recuerden a Marx:

Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo (CAMBIARLO).





En fin en fin. La palabra “CAMBIO”, su prostituido significante, ha sido, no sólo en España, un valioso y rentable fetiche electoral, en manos de todos los partidos políticos del Sistema. Cada uno ha pintado (rojo, azul, naranja, morado) y disfrazado el suyo con matices diferenciales que, dentro del ineludible orden, les permitan ser mínimamente distiguidos por sus respectivos y fieles parroquianos. En definitiva, toda organización reformista está convencida, otra cosa es el escaparate, de que el “CAMBIO” auténtico, radical, de raíz, es imposible e innecesario y de todas todas, para ellos tan bien instalados, indeseable: Así se expresan y justifican por “El hecho de que seamos criaturas egoístas, codiciosas, agresivas y competitivas por naturaleza, y que ni las más elevadas dosis de ingeniería social puedan alterar esa realidad…” ¡¡Así que por naturaleza somos todos capitalistas!!

Pero de lo que se trata, en el “mercado electoral”, es de vender futuro, o sea humo, un futuro que, esa es la promesa coral e incesantemente incumplida, mejore el manifiestamente mejorable presente, es decir, que incorpore “EL CAMBIO”, el de nunca llegar.


ELOTRO

Dices tú desde dentro:
“La sustancia de una institución es el principio político,
‘ético-jurídico’, de su contenido de clase”

(Antonio Gramsci)



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