jueves, 18 de agosto de 2016

Por el gusto de pensar…





“La sociedad no se compone de individuos; expresa la suma de los vínculos y las relaciones en que están insertos los individuos”
(Karl Marx, “Grundisse”)


Acabo de fregar los cacharros del desayuno y me he puesto inmediatamente a escribir estos apuntes. Inmediatamente porque mi cabeza no para de dar vueltas como un trompo sobre el asunto del gusto. Cogitaciones que me producen mareos, vértigos, por fijénse que tontería: el gusto. La chispa que ha incendiado esta “praderita” ha sido un librito sobre el sociólogo francés Pierre Bourdieu (Sí, ya sé que es un autor importantísimo –bueno esto ya lo matizamos en otra ocasión- y que una vez más llego tarde pero…), que por cierto tiene una obra titulada “El sentido social del gusto”. Obra que también por cierto tengo en la salita de espera del ebook. Ahí puede estar.

El caso es que en mi mollera la palabra gusto no deja de ejercer una atracción magnética, parece que  irresistible, sobre sí misma pero ya estratégicamente inserta en diversos enunciados. Sin ir más lejos: “Es solo rock and roll pero me gusta”. O, “Por el gusto de charlar” o la “sartriana”: “Follo por el gusto de conocer gente”. O esta mentira grande, “Sobre gustos no hay nada escrito”. Digo yo que será que no hay nada leído… aunque la mayoría de los lectores declaran, en las encuestas o entrevistas “sociológicas”, que leen por el gusto de leer lo que les gusta




¿Nuestros gustos o nuestros juicios? ¿El gusto es el resultado de un juicio? Puedo gustar de algo que no he enjuiciado, porque no he podido o no he querido, previamente. Por lo tanto no todo gusto está necesariamente sujeto a un juicio precedente. Y siendo así, ¿El gusto, subjetivo y social, es innato o de dónde viene, cómo se construye y reproduce? Deberíamos de hacer (Por gusto o por desvelar lo oculto) una lista, con dos columnas gusto/juicio, de las cosas que hacemos por “puro” gusto o no, si es que tal pureza existe en ambas columnas. ¿Es el gusto personal un mito que la hegemonía cultural nos ha inculcado? ¿Elegir entre un menú previamente limitado por el “establecimiento”, es expresar el puro gusto personal o un juicio predeterminado? ¿Es el sucio juicio crítico el aguafiestas del puro gusto? ¿Son antagónicos el juicio y el gusto? ¿Acaso tanto el juicio como el gusto, y a la vista de los resultados, no han dado prueba de su profunda ignorancia sobre las gentes, las conductas y las cosas convenientes y contraproducentes?

Es pecado y engorda, pero me gusta. Ahí lo tienen, el juicio vencido por el gusto, ¿o por la otra cara del juicio?  ¿será el gusto un juicio camuflado de gusto? Desde luego, en el “campo” de la cultura simbólica, tiene mejor prensa abandonarse al gusto que someterse al juicio… y, ahora que lo pienso, que pillines estos sabios opinólogos del Sistema. Así que al gusto lo llaman gusto y lo llaman juicio, según convenga. De tal manera que construyen una contradicción “inexistente” en la realidad, escenifican un conflicto “amañado”, que sólo existe, en apariencia, es decir, dentro del “campo” de la cultura simbólica. ¿Existe la cultura simbólica?




Y aquí dejo un párrafo del librito sobre Bourdie y el capital simbólico de Cecilia Flachsland:
“La violencia simbólica se ejerce con la complicidad del dominado, que no la percibe como tal, a diferencia de la violencia física o la ejercida por formas de coacción mecánica. Construye el mecanismo principal de reproducción social, el medio más poderoso del mantenimiento del orden”.

-Ahora, me pregunto, va a resultar que cuando ejercito mi derecho a hacer lo que me gusta estoy colaborando al mantenimiento del orden establecido, ¿y cuando hago lo que no me gusta?

-Pues también. Es lo que tiene el gusto personal (social): que, como tal enunciado significante, sólo existe en tu mente. Me respondo. ¿Un buen chasco?

“La desgracia de la sociología –afirma Bourdieu- es que descubre lo arbitrario y la continencia allí donde se quiere ver la necesidad o la naturaleza; y descubre la necesidad y la coacción social allí donde se querría ver la elección y el libre arbitrio”.

Y el caso es que se habla, hablan ellos que para eso son los dueños de los medios de producción y difusión masiva, del gusto como algo natural e íntimo, personal e intransferible, neutral, sin dimensión histórica, como surgido por mero accidente y desprovisto de “ideología” y de connotaciones políticas y exento de subordinación a cualquier jerarquía de valores morales y culturales (por supuesto por encima de eso que la chusma subversiva llama el motor de la historia: la lucha de clases). Y lo llaman buen gusto, al suyo. Claro. Como si el gusto se creara por generación espontánea y no formara parte del complejo entramado de la hegemonía cultural vigente (porque tanto el gusto como los criterios y razones que dan base a la capacidad, sea la que sea, de enjuiciamiento, son productos históricos y no meteoritos caídos accidentalmente del cielo) y, precisamente, en el campo de la ideología, de los hábitos, de las tradiciones, de los valores convencionales que sustentan el omnipotente “sentido común”.




Hoy mismo leo en la prensa que Balenciaga, la casa de alta costura parisina, ha puesto a la venta unos bolsos con diseño completamente calcado (ellos no piratean), se muestran las imágenes de ambos productos, de las bolsas de la compra de no se qué país de extremo oriente. El precio de la bolsa original, dice el pie de foto, es de 2 euros; el “producto” Balenciaga marca un PVP de 2.200 euros. Tal es el exclusivo buen gusto (no olviden que es de muy mal gusto hablar de dinero en presencia de sus grandes poseedores), que cantan los eslóganes, del “mercado del lujo”, y sólo al alcance de exclusivos niveles adquisitivos… y de buen gusto sustentado en su valor de cambio, que no de uso: ”aristocratismo consumista”, podríamos llamarlo.

Démonos el gusto de anotar alguna otra extrapolación “factible”: La mayoría de la gente, si es que esa “cosa” existe, ¿vota por gusto o por juicio? No digo sólo el hecho de votar sino la elección concreta que realiza mediante su voto. Recuerdo comentarios entre gente no especialmente imbécil y ya destetada desde hacía décadas, argumentando sobre las opciones Suárez –franquista de toda la vida- y González –pelele de la CIA recién fichado- (UCD o PSOE) en términos de gustos estéticos (la ropa, el peinado, en fin, el look…), de belleza física, incluso de “carisma” sexual. No todo va a ser juzgar. Aunque cuando dejan de lado su peculiar gusto y  se ponen a conceptuar, valorar y por fin utilizar el juicio fundamentado, acaban rendidos ante los encantos de Bertín Osborne o, en su caso, de Ismael Serrano. En fin en fin. (Podría haber nombrado, y quizás con mucha más justificación, a Bruce Springsteen y Los Rolling Stones, pero entonces “la mayoría de los listos” no hubiesen pillado, digo con el mismo gusto, el sesudo chiste. Si lo desean pueden informarse sobre el apoyo de Bruce a la psicópata Clinton o el pelotazo millonario de los Rollings en, pero no precisamente a costa, de Cuba. Entre mil ejemplos más que quizás les puedan ayudar a desandar algunos juicios poco juiciosos o gustos devenidos como manifiestamente contraproducentes).



Es lógico que a la gente no le guste razonar “en contra de todo lo que le han enseñado”. Quién o quienes y dónde es un enigma que  a nadie parece inquietar, por muy presente que puedan tener sus relaciones familiares, laborales y sociales o su paso por las instituciones educativas y formativas. Cansa, es lógico,  esto de tanto cuestionar e interrogarse a sí mismo: no es plato de (buen) gusto. Y el caso es que eso de “desnudar los mitos”, que no digo abolir, puede que acabe produciendo cierto espurio  gustirrinín… y no necesariamente por la misma pudibunda lógica.

En 1989, Francis Fukuyama, funcionario del Departamento de Estado, se dio el gusto de decretar “El fin de la historia”, en un libro que llevaba exactamente ese mismo título. Y concluía que una vez acabada la historia las luchas sociales ya no tenían sentido. Y se quedó tan a gusto con su juicio. La historia se ve que no tuvo noticias de él, o no lo leyó o si lo leyó no lo entendió… vaya usted a saber.

El caso es que esa es, para la gente de mal gusto y rencoroso juicio como nosotros, una buena y saludable noticia histórica, “piensen lo que piensen los conservadores neoliberales auto-apodados posmodernos”.

Por cierto, amigo lector, el gusto es mío.
O tampoco?

ELOTRO


“La civilización y la justicia del orden burgués se muestran en su aterradora claridad siempre que los esclavos y los oprimidos de este orden se alzan contra sus dueños; entonces esta civilización y esta justicia se presenta como barbarie sin disfraz y como venganza sin ley”

(Karl Marx)



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