jueves, 28 de julio de 2016

Y el dinero se metamorfosea en capital…/ Marx



“Hay algo inmutable: lo que no es ciencia”
(Manuel Sacristán)


Despacio, a veces muy despacio, continúo la lectura de “El Capital" de Carlos Marx. La leída pausada, o cachazuda, no es sólo debida a la necesidad de leer, releer, dar muchas veces marcha atrás en la paginación, subrayar, tomar notas o consultar otros autores y obras citados o no, pero que se me ocurre que pueden venir a cuento… el caso es que a cierta edad lectora, uno ya no lee esclavizado por ningún tipo de ansia o apremio…si acaso por lo mucho que queda por leer y releer y el más que previsible poco tiempo que le va quedando a uno para tanto escrito aplazado o pendiente en vaya usted a saber cuándo y dónde… Recuerdo a Fernando Fernán Gómez mirando los anaqueles de su biblioteca y comentándole a algunos de sus libros algo así como “a ti ya no te podré leer…”
(En la peli, “La silla de Fernando”)


“La forma de circulación en la que el dinero se metamorfosea en capital contradice todas las leyes expuestas hasta aquí sobre la naturaleza de la mercancía, del valor, del dinero y de la circulación misma”. Así comienza Marx el capítulo V, “Contradicciones de la fórmula general del capital”.

El movimiento y sus contradicciones, lo Uno y lo Múltiple, una investigación dialéctica de esta sociedad basada en la producción de mercancías. Esta sociedad “popularmente (des)conocida” como “sociedad de consumo, economía de mercado”. Será por significantes vacíos. O vaciados. Continúa Marx: “…en el mercado sólo hay poseedores de mercancías, y el poder que estas personas ejercen unas sobre otras no es otro que el poder de sus mercancías”. Estas líneas son un buen ejemplo de la densidad que caracteriza a este libro. Hay mucho condensado, pienso yo, en ese enunciado.

Por ejemplo, y ya que habla de “ejercicio de poder” se le ocurre a uno cavilar sobre los poseedores de esa mercancía llamada “fuerza de trabajo”, los llamados por el propio Marx, “proletarios”. El proletariado es creación de la Revolución industrial, se nos dice y se nos fundamenta de forma historicista, o sea, con base en los hechos objetivos de la historia: materialismo histórico.




Las grandes poblaciones de campesinos y ganaderos fueron despojadas de sus casas y tierras de cultivo y expulsadas –puestas de patitas en el camino a la urbe-, y de la misma tacada  transmutadas a ‘ciudadanos libres’, claro que  pobres como ratas, con una mano delante y otra detrás, que dice la tradición. Al voluntarioso infeliz que se resistía  a cumplir la órden echa ley de aquella manera, a abandonar la tierra que le vio nacer, como había visto a sus ancestros, y que le había permitido mal que bien hasta entonces cobijar, alimentar y vestir a su familia –Marx relata algunos casos concretos de extremada violencia ya documentados en la propia época- se le prendía fuego con todas sus pertenencias, así ocurrió allá en las tierras de Escocia, como ejemplarizante advertencia a posibles y obcecados  “rebeldes”. Ahí se nos dibuja con gran precisión el origen indudablemente criminal y sangriento del saqueo y la acumulación de la propiedad privada de los medios de producción.

“El Capital” no es la Biblia, además de porque por su parte se trata de una investigación científica, bajo criterios y métodos de pura ciencia, y no idealistas relatos supersticiosos y ahistóricos, pero por su parte tampoco anda escaso, como ocurre con la lucha de clases misma, de violencia en todas sus “formas” y grados.

Grandes multitudes que fueron puestas, por las bravas, en camino hacia las emergentes ciudades o núcleos fabriles donde se empezaban a concentrar, a la fuerza ahorcan (segunda mitad del siglo XVIII en Inglaterra, que dio paso ya a mediados del siglo XIX a la llamada era del Capital), las primeras grandes manufacturas, talleres e industrias auxiliares y de servicio.

Y allí arribaron los más afortunados, ya que el “utilísimo” ejercito de desempleados nacío, como no podía ser de otra manera, de forma sincrónica a la irrupción en la historia de la nueva clase proletaria,  poniendo en venta, “alquilando”, la única mercancía que poseían: sus brazos y piernas, su cuerpo y su mente, literalmente su pellejo, su salud: o sea, su fuerza de trabajo. ¿A quién se la ofertaban? a los capitalistas, ¿en qué condiciones y a qué  precio? En el que los amos del capital y de los medios de producción imponían con la muletilla del socorrido “esto son lentejas” como ultimátum a los desesperados y hambrientos proletarios. Pues ni para lentejas daba en la mayoría de los casos.





El meollo del asunto es que los poseedores de la auténtica mercancía creadora de riqueza, la fuerza de trabajo, fatalmente se alquilaban al capital por poco más o menos que lo necesario para sobrevivir, como vulgares animales de carga. Mientras que, al mismo tiempo y por el mismo precio, aportaban, más o menos inconscientemente, al propietario del capital plusvalías millonarias. Pues ya ven ustedes, ya, ya sé, cómo una minoría propietaria de unas mercancías (Dinero que transmuta en capital, y detallada y minuciosamente se nos explica cómo; la tierra, los medios de producción) ejerce su poder absoluto y “dictatorial” sobre la gran mayoría de la población que sólo posee, paradójicamente, la verdadera e indispensable mercancía generadora de “valor”, para entendernos, de riqueza.

Esto que para algunos aún hoy resulta una aseveración  escandalosa o poco menos que “una falacia marxista”, no fue Marx el primero que lo afirmó y mostró, antes lo hicieron, bien que sin tanto o casi ningún fundamento científico, los economistas clásicos: Adam Smith, David Ricardo y alguno más. Y permítanme añadir en este preciso lugar una cita de mi admirado Manuel Sacristán que creo que encaja muy oportuna:
“A mí no me importa que la doctrina de la lucha de clases de Marx le venga de un policía reaccionario prusiano, Von Stein, como le venía. Lo que importa es lo que se dice. A mí no me importa con quien coincida”.

En aquella época basaba, digo la clase burguesa, su dominio explotador más en métodos coercitivos y represivos –legislativo, judicial y policial- que por medio de la persuasión y el adoctrinamiento ideológico, religioso y cultural, que también pero no con la altísima eficacia que lo consigue, con los potentes y omnipresentes medios actuales, la muy hegemónica ideología burguesa vigente a nivel global.

Se apoya Marx a lo largo del libro en innumerables citas de autores y obras que van desde los griegos hasta pensadores y técnicos estrictamente contemporáneos suyos; veamos una pequeña muestra sacada de este capítulo:




Hablando sobre el “capital comercial” y el “capital a interés” cita a Aristóteles: “La crematística es una ciencia doble; por una parte se refiere al comercio, y por otra, a la economía; desde este último aspecto es necesaria y laudable; desde el primero, que se basa en la circulación, es, en justicia, reprobable (pues no tiene su fundamento en la naturaleza de las cosas, sino en un engaño recíproco); por eso el usurero es odiado, y con razón, ya que el dinero se convierte aquí en medio de lucro y no se le da el uso para el que se inventó. Su fin era favorecer el cambio de mercancías; pero el interés hace del dinero más dinero. De todos los medios de lucro, es éste el más contrario a la naturaleza”.

No deja de resultar graciosa o cuando menos curiosa, entiéndaseme, la muy crítica valoración que hace Aristóteles de la “usura”, sobre todo si la comparamos con la servil calificación de “benefactores sociales” que los dirigentes del “amasijo” político-electoral PODEMOS dan a sus “venerados amos” del Banco de Santander y cia.

Y para terminar una nueva cita de un tipo que hoy por hoy y en base a sus opiniones, como la que ofrecemos, sería considerado un peligroso radical subversivo, se trata de un tal Benjamín Franklin y dice así: “La guerra no es más que rapiña; el comercio, estafa y engaño.”

En fin, no les canso más por hoy.

Esta simplificación, ciertamente un tanto pueril que servidora deja anotada por aquí, la tienen, ya saben, perfectamente ampliada, documentada y didácticamente argumentada en las “sólidas y fluidas” y contradictorias y dialécticas páginas de El Capital.

Hagánse el favor. De nada.

ELOTRO

“Una obra reaccionaria nos puede ser útil. Ahí están Balzac y Marx. Otra cosa es que sea dañina socialmente.”
(Manuel Sacristán)



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2 comentarios:

  1. Ah, si se hicieran, si nos hiciésemos el favor!

    Pienso que quienes se sitúan "más allá" de Marx lo hacen por ignorancia -por no haberlo leído- o por desidia, por tener que leerlo. Si eludimos mencionar a aquellos cuyo único propósito, por motivos obvios, consiste en intentar desprestigiarle.

    “…en el mercado sólo hay poseedores de mercancías, y el poder que estas personas ejercen unas sobre otras no es otro que el poder de sus mercancías”.

    Tienes toda la razón. Hay mucho concentrado en esa frase, mucho, tanto como para suscitar un inmediato respeto por su autor, tanto como para despertar un acuciante anhelo de leerlo.

    Como siempre, un instructivo placer leerte.

    Salud

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  2. Una vez más te agradezco tus lecturas y tus comentarios.
    Tengo a mano una cita del gran Cesare Pavese:
    “En la mente tenía un amasijo, que reducir a claridad poética”
    Pues eso pienso que consigue Marx en su obra a pesar de enfrentarse a un asunto tan árido... y tan esencial.

    Salud y comunismo.

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