Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

jueves, 7 de julio de 2016

¿Volver a Marx?



“No es fácil no pensar como los burgueses. Tienen el poder y las ideas dominantes”.
(Manuel Sacristán)

Cierto que algunos, muy pocos, nunca lo abandonaron del todo, quiero pensar que fueron aquellos que lograron aprehender parte de su extraordinaria, variadísima y compleja obra. Por el contrario la mayoría, y muchos de ellos ni siquiera habían llegado a leerlo, más allá de reseñas y solapas, y sólo lo conocían de oidas,  sí lo hicieron, y por muy diversas razones, conveniencias o modas. Por ejemplo en España, Marx, su obra y su “figura histórica”, estuvo muy de moda tras la muerte de Franco, en los primeros tiempos de la llamada “Inmaculada Transición”.

Cualquier tolai se las daba de marxista. Salvo contadísimas excepciones, se trataba de gente espabilada, muy oportunista, que no encontró mejor manera de borrar o hacer olvidar su pasado más o menos “azul”, franquista, fascista, falangista… que la de autoaplicarse una manita de, primero un denso y opaco tapaporos y después gruesa capa de  brillante pintura roja, “marxista”, que era por entoces en los círculos más progres -¡círculos!- una definición suficientemente amplia, prestigiada y “moderna que te cagas” –a pesar de que “El Capital” había cumplido cien años-, y muy antifranquista sin asustar (como Lenin o Stalin). Ya digo, un “marxismo” de pose, postizo, cosmético.

Marx sin embargo no se ha movido de su sitio en siglo y medio. O por mejor decir de sus sitios. Todo es obra de Marx, pero como es natural hay sensibles diferencias entre sus obras de juventud (“Manuscritos de Economía y Filosofía”, 1844) y las de madurez. Incluso en lo que concierne a su obra principal, “El Capital”, Tomo I, de la que realizó al menos catorce versiones -¿o sitios?- diferentes entre septiembre de 1857 y abril de 1868. Por cierto, fue el único tomo que se publicó en vida del autor. El tomo segundo y el tercero fue obra de revisión y compilación de manuscritos más o menos acabados y sin pulir, realizada por su amigo Engels.

¿Volver a Marx? “La razón reside en la identidad y la diferencia entre los estadios del capitalismo, cada uno se mantiene fiel a su última esencia y estructura (el afán de beneficio, la acumulación, la expansión, la explotación del trabajo asalariado) al tiempo que subraya una mutación en la cultura y en la vida cotidiana, en las instituciones sociales y en las relaciones humanas” (Fredric Jameson, “Representing Capital”)

Este pequeño pero muy denso párrafo me parece un buen “mapeo” del “actual” campo de batalla de la lucha de clases, que diría el propio Jameson. Cincuenta años después, y no sólo en España, Marx el arcaico y caduco filósofo, economista y revolucionario, es revisitado, citado, desempolvado e interpelado –en la intimidad-. Parece que la “momia” revolucionaria del siglo XIX, tantas veces enterrada, ha vuelto a resucitar entre aquellos que lo odian y lo aborrecen pero que “lo han leído”, y, por su propio interés, no pueden “despreciar” ni “desechar” su esclarecedora y didáctica obra.

“Hay que escribir la verdad combatiendo la falsedad, y no puede ser una cosa genérica, abstracta y ambigua. (…) de esa especie es la falsedad” escribió Brecht.


Cuando las cíclicas crisis zarandean los pilares del sistema capitalista, las miradas de éstos “intelectuales orgánicos” se vuelven a los papeles que escribió aquel que investigó y mostró el origen histórico, el desarrollo y la esencia del modo de producción capitalista (“Nadie ha visto nunca una totalidad, tampoco el capitalismo es visible como tal, más que a través de sus síntomas.” (…) “Ahora bien, la conclusión que se desprende aquí no afirma que, como el capitalismo es irrepresentable, el capitalismo es inefable” (…) El libro de Marx exhorta a redoblar los esfuerzos para expresar lo inexpresable a este respecto” F. Jameson).

Y es precisamente esa esencia la que sigue determinando la “conducta” estructural del sistema: “el afán de beneficio, la acumulación, la expansión, la explotación del trabajo asalariado”. Nadie niega que las “formas”, las “representaciones” (El imperialismo, los monopolios globales de producción y financiación, la división internacional del trabajo y del comercio, los tratados mercantiles tipo TTIP, ciertamente han evolucionado, han mutado, pero no en el fundamento de sus “órganos y constantes vitales”, en su raíz y esencia, señalada con precisión científica por Marx.

Y siendo así, qué absurdo tanto entierro. O, precisamente, qué lógico y sensato tanto vaivén, tanto y tan periódico: ahora sí ahora no. Desde el punto de vista de los capitalistas, digo, no desde la vereda “de clase” opuesta. Y además lo hacen para exclusivo consumo propio, que la tal obra del de puertas afuera “caduco revolucionario” sigue siendo, si lo sabrán ellos, materia altamente inflamable. Será por eso que abundan los “marxistas cosméticos”, mercenarios que nos proponen envueltas en brillante celofán (cubiertas plastificadas) “sus amañadas lecturas” de Marx, “sus” particulares interpretaciones y valoraciones –casi siempre a contramano del casi inalcanzable  original, digo en el tentador escaparate del “mercado” (Véase “El Capital del siglo XXI” de un tal    Thomas Pikketti, que es, porque así lo ha fabricado la industria editorial, un apabullante éxito de ventas en todo el mundo y cuyo autor ha reconocido no haber leído El Capital de Marx))- y demás “representaciones” del pensamiento del comunista judio. Todo sea por desincentivar y reprimir, ya desde lo que los “papeles” esconden en su manipulado interior, cualquier atisbo de rebeldia. Y por otro lado, se afanan vía vectores del aparato ideológico en tildarlo de charlatan anticuado y desfasado.

Pues si tan inofensivo es, ¿a qué viene tanto entierro, tanta ocultación o, por fin, tanta tergiversación desactivadora?


(Apuntes sobre el libro de Fredric Jameson, “Representing Capital” / “El desempleo: Una lectura de El Capital”)

ELOTRO

“Somos muy juguetes de falsificaciones y deformaciones”

(Manuel Sacristán)


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