Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

jueves, 14 de julio de 2016

Jaroslav Hasek, “Las aventuras del valeroso soldado Schwejk”







“Los preparativos para matar a las personas se han llevado siempre a cabo en nombre de Dios o de un elevado ser hipotético que han inventado los hombres y que han creado en su fantasía”.
(Jaroslav Hasek, “Las aventuras del valeroso soldado Schwejk” /  1921-1922.)

En su admirable y divertido libro (un imponente y ambicioso ejercicio literario de crítica social que abarca y eslabona innumerables esferas de la historia, tradiciones y  relaciones sociales: económicas, geográficas, políticas, ideológicas y culturales, y que fue fruto en parte de material autobiográfico y, lamentablemente, inacabado por el inoportuno, doblemente, fallecimiento del autor) el escritor checo Hasek realiza un detallado, profundo y extenso repaso – es mucho más que “un divertido y  satírico alegato antibelicista”- a las más importantes y determinantes instituciones del Estado (en concreto la monarquía austro-húngara): Gobierno, Ejército, Justicia, Policía, Iglesia, Instituciones de control y represión, formación y adoctrinamiento, como las  sanitarias y educativas; sin olvidar los espacios concretos de implementación: comisarías, manicomios, tabernas, o prostíbulos de muy distinto caché. Y, claro está, a su “función y conducta” como garantes del orden establecido, antes y después de las “siete balas de Sarajevo”.




Asistimos los lectores a las “aparentemente incongruentes” peripecias -en una “obra-laberinto” que sin embargo  se recorre sin la más mínima inquietud o prisa por encontrar la salida-  del valeroso soldado Schwejk durante el primer año de la Primera Guerra Mundial, en un mundo que política, económica y culturalmente puede resultar hoy “aparentemente” desvanecido, inexistente, pero, como concluirá cualquiera que lo reflexione con un poquito de calma: sólo aparentemente, puesto que la esencia, el núcleo de ese “mundo”, permanece. Cierto que tras aquella primera guerra imperialista y la segunda de 1939-1945, ahora nos encontramos en la fase de expansión global de ese imperialismo cada vez más ciego y criminal, en todos los sentidos.. Y por cierto, tuvo que ser  Brecht, que de fino olfato para lo “crítico” siempre  demostró que andaba más que  sobrado, quien se animó a escribir una “continuación” de las aventuras del soldado Schwejk situándolas “en la Segunda Guerra Mundial”.

La lectura de la ambiciosa obra de Hasek nos permite disfrutar y aprender  de una aguda, escrutadora y certera mirada, al tiempo inclemente y selectivamente compasiva (“referirse a los que mandan, dirigirse a los que obedecen”), que va de lo muy particular a lo general y de la superficie a lo profundo (de las encarnaciones de lo progresista a lo retrógrado), demorándose ni mucho ni poco sino todo lo contrario  en los más vulgares y en los más extraordinarios asuntos (primorosamente enmarcados en sus correspondientes contextos sociológicos sin escatimar sus  precedentes históricos o sus atmósferas sentimentales) y personajes (dibujados y coloreados en sus multiformes  “psicologías”, a pesar de que ya sabemos que “no es fácil atravesar la coraza de cierta gente”): taberneros, chachas, jueces, baronesas, putas, médicos, curas, generales, perros falderos sin pedigrí y demás tropa… vamos que no se deja nada ni a nadie en el tintero.



Decía Brecht, gran admirador de la obra de Hasek: “Hay que escribir la verdad combatiendo la falsedad, y no puede ser una cosa genérica, abstracta y ambigua”. Y remachaba recordando que precisamente “esas” eran las características que suelen vestir las falsedades. Hasek cumple a rajatabla con este axioma. Muestra la irracionalidad “reinante” sin velarla con la más mínima expresión de ambigüedad. La asumida y descarada “estupidez” que “ejerce” el  propio  Schwejk, nos revela las contradicciones, nos permite contrastar el choque brutal entre las instituciones e instrumentos de gobierno y los súbditos que las padecen conscientemente o no. Y su interacción.

“Ni hablar de que es fácil encontrar la verdad” (Brecht)

Pero se busca, sin desmayo. No hay otra. La creación artística consiste precisamente en atribuir importancia a una cosa que “aparentemente” no la tiene, por ejemplo:

“”En Prusia un pastor acompaña a los desgraciados a la horca, en Austria un sacerdote católico los lleva al patíbulo y en Francia a la guillotina, en América los llevaba un pastor a la silla eléctrica, en España a un sillón en el cual eran estrangulados con un ingenioso instrumento, y a los revolucionarios rusos los acompañaba un barbudo pope. (…) “Los capellanes castrenses de todos los ejércitos rezaban y celebraban misas de campaña por la victoria del partido cuyo pan comían” (…) “En toda Europa los hombres iban al matadero como los buenos animalitos, acompañados por los emperadores-carniceros, los reyes y otros potentados y caudillos, así como por sacerdotes de todas las confesiones…”

“El poder informante está en todas partes y en ninguna a la vez” escribió Jameson. Y el párrafo anterior es una buena muestra.




No cabe duda de que estamos ante una de esas obras que incomodan y desagradan a las clases acomodadas. Ellos consideran muy dañino “socialmente” cuestionar radicalmente, aunque sea en base a “sus verdaderas prácticas”, instituciones como la monarquía, el ejército o la iglesia… tarea, dicen, que fue y es propio de subversivos, radicales, terroristas…

Es sabido que todo poder despótico quiere siempre crítica “positiva”, o sea reformista, nunca negativa. Menos mal que nuestro valeroso soldado Schwejk era de esos “idiotas” que no se enteran de nada, que no maduran, que no asientan la cabeza, que no aposentan el culo, que no se amoldan sumisamente al orden establecido mediante el terapéutico terror.

En fin, ya les digo, una “ocurrente” novela que trata sobre un mundo “moderadamente cruel y absurdo y aparentemente desvanecido”. Y de ahí creo yo su gran virtud: mostrar lo que ocultan esas inocentes “apariencias”.  Apariencias aún hoy “demasiado” vigentes, por cierto.

ELOTRO


Hemos de decir la verdad sobre las condiciones de barbarie que reinan en nuestro país, y que existe la manera de hacerlas desaparecer.
(B. Brecht)


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