Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

miércoles, 8 de junio de 2016

El Bosco, 500 años después, en el Prado.




El Bosco, Jheronimus Bosch, artista de origen holandés y familia, burguesa de posibles, de pintores, pintó un mundo de buenos y malos, de infierno y paraíso, de virtudes y vicios (“en aquel entonces en que aún había alcobas”).

Un mundo -construido por un artista inexplicablemente protegido por todo un emperador como Felipe II, y hasta hace nada despreciado por extravagante, confuso, e inclasificable-, prístino y tenebroso, racional e irracional, de siervos y señores feudales, vasallos y soberanos, seglares templagaitas y clérigos iracundos. Incluso cuando siguió escrupulosamente el guión bíblico, fue nuestro pintor crítico contra el poder, dibujó y coloreó nítidamente aquello que  ocultan los envoltorios y oropeles.





Un mundo, lo complejo y lo obvio en el mismo plano, por una parte ininteligible para el común de los mortales, aquellos que no están, cómo coño van a estar, en el antiguo secreto de su enorme y compleja carga simbólica y, por otra parte, paradójica y sincrónicamente, fácil y entendible al primer golpe de vista: dicotómico. Un mundo este último sencillo de leer, tan simple y aprehensible como falso en toda su extensión, en su pedagógico reduccionismo, un mundo para adoctrinar cerebritos ignorantes.





Quinientos años antes que el “ladrón”, paternalista y reaccionario Walt Disney. Hay una linda jirafa en “El jardín de las delicias” que… en fin, digo, un mundo como el de ahora mismito, al que han llegado otras penas y otros miedos, pero que sigue girando en torno al mismo eje: la lucha de clases entre explotadores y explotados.



Lo que no habrán robado, también, los surrealistas, expertos en oscurecer y emborronar y fabricar enigmas inaccesibles, a El Bosco. Y de su colega Grunewald, estricto contemporáneo y pintor, en la misma tradición pictórica, frente a la renacentista, e inmerso en las mismas tensiones políticas y religiosas (Erasmo, la Contrarreforma…),  así mismo dotado de una extraordinaria, y cruel, “imaginación” e invención “caprichosa”. Y juicio crítico.
Y de otra manera y en otra esfera, su más ilustre epígono, Brueghel el Viejo, que tampoco figura en la muestra.



En ese sentido histórico, ciertamente El Bosco, un trepa social que siempre cuidó y mimó sus relaciones, hacia arriba, sociales, siempre pendiente de encontrar un resquicio por donde meter la cabeza, es un artista “trascendental”.




Otra cosa son las cada día más conflictivas “atribuciones” (29 obras de 59 en total –incluidos algunos excelentes dibujos y grabados-, se dicen originales del pintor), ora mano del artista, ora taller, ora discípulo o epígono seguidor: lo que es indiscutible es lo descaradamente irregular y desigual, cualitativamente hablando, del estilo y  la técnica pictórica, y repintes y ocultaciones, que se aprecia entre algunas de las muy “filtradas”  obras expuestas… en fin, como dicen los amos del cotarro y autores de la criba, doctores tiene el santo mercado, que, con descaro, tildan “del arte”…




Se celebra la efeméride de la muerte del artista al modo “capitalista”, cuál si no, dirán los felices fatalistas socialdemócratas, enterrándolo aún más profundo, más inalcanzable. Multitud de productos (fragmentos de fragmentos de las obras -que deben de considerar un amasijo “no mercantilizable”- que separados y aislados en su consecutiva fragmentación –ya lo avisó “el anacrónico” Lukács- de su contexto, ahora mágicamente empotrados en bolsos, pañuelos, tazas, ceniceros, paraguas, camisetas… pierden incluso, con la brutal deconstrucción, lo más elemental de su originario significado. Piensen, por ejemplo, ante  una obra tan “sólida”, como “El carro de heno”),  de merchandising garantizan al visitante “cosificado”, un recuerdo imborrable de su “participación”, como cosa y mercancía  consumidora, en el evento: además de una inolvidable y larga y soleada cola ante las taquillas (En Holanda 500.000 visitantes), y una aún más larga espera, una vez dentro del museo, hasta la hora concreta “permitida” para el pase, por fin a las salas de exposición y venta.




Capítulo aparte merece el catálogo, de precio prohibitivo como es preceptivo, o sea, selectivo, elitista, clasista. Conocí a una “paraperiodista”, de gabinete de imagen y propaganda, que me enseñó orgullosa la biblioteca de su casa ¡con todos los catálogos aparecidos, desde su fundación, del Reina Sofía!: “…bueno, en realidad son de mi ex… pero él tampoco llegó a leer ninguno”. Ya se sabe que los “progres-hamburguesados” son muy formalistas, muy de pulimentar la sordidez, muy fans de las culturetas apariencias, pero poco amigos, será la pereza “de clase”, de curiosear en los contenidos. No precisamente aquella “pereza” de la que hablaba, con fundamento,  el yerno de Marx…




Los catálogos del Prado suelen ser infumables, unos tochos aburridísimos, repelentes… y si ya hablamos de la prosa que se gastan… pero, afortunadamente hay un pero, sí poseen un muy interesente aspecto: aportan datos, citas y referencias que no suelen estar a mano de los no eruditos ni de casi nadie. Ya digo que esta parte suele ser lo mejor de esos infumables “ensayitos” (interpretaciones de interpretaciones de refritos de interpretaciones) que se marcan, porque Zugaza se lo consiente, y paga los gastos con nuestro dinerito (Por cierto, acaba de subir el pasado día uno de junio el precio de entrada al museo),  los “expertos de turno” que, esa es otra que maldita la gracia, no suelen ser los “autores” de estas nutritivas  aportaciones, sino más bien los ventajistas usufructuarios del trabajo de campo, ¡no remunerado!, de anónimos “becarios” que curran, qué otra salida tienen las criaturitas, en la oscuridad impenetrable del detrás, a su exclusivo servicio…






Otro día, si les parece, hablamos de la pintura… que no de "fragmentos".

ELOTRO



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