Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

lunes, 7 de marzo de 2016

Ejercicios sin estilo. (1)




Decía Marx que somos seres prácticos antes que teóricos. En el principio: la práctica, para luego pasar al fruto teórico que a su vez, y en forma de “praxis” revierte como bagaje, carga ideológica en proceso, en la posterior práctica… y así el flujo dialectico incesante de ensayo-error...  

En cierta medida el “pensamiento” es una suerte de engaño, engaño necesario que permite construir las abstracciones, reducciones y simplificaciones sin las cuales seríamos incapaces de “elaborar” pensamientos, de crear conceptos. En ese sentido se puede afirmar que toda racionalización es inherentemente falsificadora. Somos seres llenos de prejuicios ideológicos, comprometidos, interesados… y excesivamente crédulos sobre la supuesta autonomía de nuestra razón (La razón, ¿una modalidad de deseo?).

Olvidamos que tener un concepto, no es tener una experiencia. El concepto es sólo, y no siempre, un pálido reflejo de lo real (la palabra “café” carece de la textura granulosa y el rico aroma del café real). El intelecto que congela la fluidez de la realidad y la trocea arbitrariamente en categorías estáticas, fabrica ideología teórica “pura” y fija, desvinculada de la práctica (la realidad como lugar inhóspito), de la lucha y el movimiento y la contradicción, del proceso constante. O sea, el fruto del pensamiento acrítico, adialéctico, acientífico. El triunfo de la superstición.

Necesitamos conocer lo que deseamos transformar, ¿por eso se nos escamotea el engranaje del sistema? Frente a aquellos que son demasiado cobardes para pensar peligrosamente. Aquellos que ven en peligro la supervivencia de su “particular” y privilegiado bienestar. Aquellos que hacen como que ignoran la bajeza que habita en la raíz de su “posición” ideológica: política, religiosa, económica, estética… e incluso cuando se trata de sus “prácticas” más edificantes… ah, la bendita caridad que trata de hacer llevadera la “inevitable” injusticia… en la conciencia del victimario. Porque, consideran, que lo “razonable”, en su lógica ideológica, no es un proyecto social de emancipación colectica, sino aquello que contribuye al interés propio (“lamentablemente” antagónico con el común).




Ideas, conjunto de creencias, “ideología”, que trata de oscurecer la verdadera naturaleza de las cosas. Ideología que incluye en sí misma su propio y vil disimulo. Que se esfuerza en ignorar la voluntad ciegamente voraz, el ansia vacía e insaciable que está en el núcleo del capitalismo. Que trata de invisibilizar, ora deslumbrando ora opacando, la codicia, malicia y agresividad criminal del Mercado, de sus mecanismos, y que, resulta evidente (más allá de la mediación de la fetichización y reificación), es “la forma de ser” (la práctica social) dominante en la mercantilizada sociedad actual.

Una percepción del mundo obnubilada por “prejuicios” ideológicos que legitima la sórdida pasión de la codicia. Una concepción del mundo que mira la realidad desde una perspectiva mistificada a la medida de un deseo egoísta, asocial, una caída (en cuanto racionaliza la irracionalidad y sus apetitos) a la condición (objetivamente) animal.

Ideología que “está detrás” de aquello que nos sentimos, de nuevo la servicial credulidad, “espontáneamente” dispuestos a hacer. Y que “objetivamente” se trata de aquello que nos exigen nuestras condiciones sociales, nuestra particular inserción en las relaciones de producción, nada pues de “espontaneidad” y sí mucho de determinantes “estructurales”, de conductas regladas que, finalmente afianzan el poder vigente.




Un guión fijo (estratos ideológicos) que, paradójicamente, se nutre de una innovación incesante. Un campo social estructurado necesariamente por un conjunto de reglas tácitas que lo regulan (que niegan el espontaneismo, que son ideológia fija, tradición, sentido común asentado en proceso no cognitivo). Reglas que a su vez ejercen una “violencia simbólica” (que no se ve, que no se percibe, que deja de ser reconocible gracias a la fragmentación, aislamiento y desconexión que genera el “autónomo” e imparable proceso de reificación) que no suele ser reconocida por sus propias víctmas como violencia: “Hombres y mujeres que combaten por su esclavitud como si combatiesen por su liberación” (Baruch Spinoza). Violencias “invisibles” como las del crédito, de la confianza, de la obligación, de la lealtad personal, de la hospitalidad, de los regalos, de la gratitud… en definitiva, un poder que se avala de manera tácita en vez de explícita es aquel que ha conseguido legitimarse a sí mismo.




Y hablando de instituciones e instrumentos para la difusión y reproducción de la ideología dominante: El maestro habla ideológicamente a los estudiantes, y es percibido como alguien en posesión de una cantidad de “capital cultural” que el estudiante tiene que adquirir… omnipresente mercantilización. “La vida no está determinada por la conciencia, sino la conciencia por la vida”. (Karl Marx) Los propietarios de los medios de producción material lo son asimismo de los medios de producción cultural e ideológica. El sistema educativo contribuye a reproducir el orden social dominante por medio de esta distribución regulada del capital cultural.

Esa “experiencia ideológica acumulada”, ese “inconsciente cultural” inculcado en los hombres y mujeres (que ingenuamente creen surgidas de la espontaneidad) que acaba por condicionar o determinar su conducta en cada una de las diversas instancias de la formación social: económica, política, ideológica…

Ideologías tan bien “elaboradas” (contribuyentes al carácter opaco de los procesos sociales) que permiten disfrazar con florituras retóricas de marcado carácter dicotómico, el  enaltecimiento de la práctica explotadora más despiadada, y fríamente calculada y carente de escrúpulos éticos y morales y, al mismo tiempo, la invocación ritual de los valores “humanísticos” más sagrados.  De tal manera que la “ideología” puede llegar a proporcionarnos un mapa imaginario e interesado de cierta “totalidad social”, con lo sensible no racional y lo racional no sensible en el mismo plano aunque en diferente y discriminada  escala. Disposición, subyacente a los cosméticos, al servicio exclusivo de los intereses dominantes. Por eso, se dice que hay quien sospecha, dominan…

ELOTRO



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