Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

lunes, 22 de febrero de 2016

José Martí, en los Estados Unidos




Es el título de un librito de Alianza Editorial publicado en 1968, cuya selección, prólogo y notas son obra de Andrés Sorel.

Digamos, generosamente, que no es de las más brillantes portadas del gran Daniel Gil, y que el ejemplar está en inmejorables condiciones de conservación. Asunto que apunto porque, cómo cualquiera puede comprobar, los libros de bolsillo que hoy en día se publican dejan mucho que desear con respecto a la calidad del papel, impresión y la encuadernación, todo ello a pesar de los notables avances técnicos y del notabilísimo aumento, digo proporcional cincuenta años después, de los precios de venta. Supongo que cositas del libre mercado capitalista, y tal.

El libro recoge sus escritos en la época de su largo exilio en USA, desde 1880 hasta 1895. Y los asuntos que aborda son muy diversos, políticos, culturales, sociales… que demuestran los amplios registros que Martí dominaba con gran lucidez y perspicacia.

En cualquier caso, esta breve nota sólo pretende demorarse en uno de sus magníficos artículos, el dedicado al gran poeta que “ Parecía un dios anoche, sentado en su sillón de terciopelo rojo, todo el cabello blanco, la barba sobre el pecho, las cejas como un bosque, la mano en un cayado”. Esto dice un diario de hoy, escribe Martí, del poeta Walt Whitman.

No sé a ustedes, pero a mí, leer “anoche” y, a renglón seguido, “un diario de hoy” e imaginar a Martí leyendo ese diario que habla de la presencia de Whitman, de setenta años, a escasa distancia en la misma ciudad, me produce un poco de vértigo deleitoso y retrospectivo, y de envidia metalingüística. O como se diga sin pedantería.




Nos cuenta Martí de “este poeta viejo, cuyo libro pasmoso está prohibido”. Y nos habla de una época en que “los hombres se dejan marcar, como los caballos y los toros, y van por el mundo ostentando su hierro…”  Whitman, “el que no dice estas poesías por un peso”; el que “no tiene cátedra, ni púlpito, ni escuela”, cuando se le compara, sigue Martí, a esos poetas y filósofos canijos, filósofos de un detalle o de un solo aspecto; poetas de aguamiel, de patrón, de libro; figurines filosóficos o literarios.

Continúa Martí: Hay que estudiarlo, porque si no es el poeta de mejor gusto, es el más intrépido, abarcador y desembarazado de su tiempo. (…) Él se crea su gramática y su lógica. (…) Su irregularidad aparente, que en el primer momento desconcierta, resulta luego ser, salvo breves instantes de portentoso extravío, aquel orden y composición sublimes con que se dibujan las cumbres sobre el horizonte. Y señala: El no vive en Nueva York, su “Manhattan querida” (…) …vive, cuidado por “amantes amigos”, pues sus libros y conferencias apenas le producen para comprar pan, en una casita arrinconada en un ameno recodo del campo…”
(…) ¿Quién es el ignorante que mantiene que la poesía no es indispensable a los pueblos? Hay gentes de tan corta vista mental, que creen que toda la fruta se acaba en la cáscara.

“Yo haré ilustres, dice, las palabras y las ideas que los hombres han prostituido con su sigilo y su falsa vergüenza; yo canto y consagro lo que consagraba el Egipto”. Una de las fuentes de su originalidad, apunta Martí, es la fuerza hercúlea con que postra a las ideas como si fuera a violarlas, cuando sólo va a darles un beso, con la pasión de un santo. (…) Oíd esta composición que, como muchas suyas, no tiene más que dos versos: “Mujeres hermosas”. “Las mujeres se sientan o se mueven de un lado para otro, jóvenes algunas, algunas viejas; las jóvenes son hermosas, pero las viejas son más hermosas que las jóvenes”. (…) Todo lo que vive le ama: la tierra, la noche, el mar le aman; “¡penétrame, oh mar, de humedad amorosa!” (…)




Él es el esclavo, el preso, el que pelea, el que cae, el mendigo. Cuando el esclavo llega a sus puertas perseguido y sudoroso, le llena la bañadera, lo sienta a su mesa; en el rincón tiene cargada la escopeta para defenderlo; si se lo vienen a atacar, matará a su perseguidor y volverá a sentarse a la mesa, ¡como si hubiera matado una víbora!


“Sea universal el goce”

Walt Whitman


Por la transcripción, ELOTRO



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