lunes, 29 de febrero de 2016

Georges de La Tour, a la luz de una vela, una llama, una candela…



 “Entréme donde no supe,
y quedéme no sabiendo.”
(Juan de la Cruz)


“En 1600 un niño de siete años permanece ante un horno de panadero e ignora que consagrará su vida a eso: A confrontar al hombre consigo mismo con ayuda de una llama.” (Pascal Quignard)

Georges de La Tour, uno de los últimos y para nosotros oscuro, genios del Renacimiento, fue hijo de panadero, pero casó  con Diane le Nerf, que le dio diez hijos aunque sólo sobrevivieron tres, de familia noble, hija del platero del duque de Lorena. Esto del braguetazo desclasador hacia arriba es, según la historia, muy de pintores, Velázquez, Goya…





Apuntaba lo de oscuro porque, hasta comienzos del siglo XX, nadie conocía al pintor y su obra. Hoy es, con toda justicia, una de las cumbres de la pintura francesa.  Y ya tiene mérito, cuando se nos informa de que sólo se conocen cuarenta obras de su mano (en la expo del Prado cuelgan treinta y una). Mucha culpa de esto la tienen los repetidos incendios de la ciudad de Lunéville, accidentales y provocados)  además de la peste, la guerra y los consecuentes destrozos del ejército francés. Como pueden comprobar, la oscuridad y las llamas, acompañaron durante toda su vida a La Tour. Y también tras su muerte, pues se sabe que su hijo Etíenne de La Tour, también pintor, quemó una buena cantidad de telas de su padre para borrar huellas de plebeyez. Y, claro, tal como se lo propuso, se convirtió en un noble.

Centrándonos en las obras presentes en la expo del Prado, conviene advertir contra el reduccionismo: llama en la oscuridad. Cierto es que se trata de la marca más característica de La Tour, y que estas obras ocupan casi la mitad de las expuestas.






En estas obras, una única fuente de luz unifica la composición. El bellísimo artificio luminario suele ser utilizado también como elemento de contraluz, y al mismo tiempo, con la proyección de sombras de clara influencia caravaggesca, consigue la perspectiva, lumínica y cromática. También, aunque menos, la aérea.

Delícadísimas “pinturas calladas” de un pintor que, está documentado, leía a Juan de la Cruz, ay, “la noche oscura”, y que con la misma mano propinaba tremendas palizas a bastonazos a sus vecinos de Lunéville, a los que además, achuchaba jaurías de perros. Consta que llegó a ser propietario de casi la mitad de los animales de la región. Era un tipo violento, y esa violencia se muestra en sus obras. Nada más comenzar la expo nos encontramos con una obra soberbia, titulada “Riña de músicos” en la que estalla una formidable tensión, crispación y violencia entre los figurantes. No lo fechan pero nos dicen que se trata de una obra relativamente temprana. Y yo añadiría que torpe, en el mismo sentido que su contemporáneo Velázquez en su obra “Los borrachos”, es decir, en la carencia de perspectiva y en el burdo apelotonamiento de los personajes, seis en total en el caso de “La riña…”. Y aunque se sospecha, pero no está documentado, el propio La Tour pudo superar el desafío de los cuadros de grupos de parecida manera y en las mismas fuentes que el maestro sevillano, es decir, en un viaje a Italia. Lo que de todas todas resulta innegable es la influencia profunda de Caravaggio en toda su obra de madurez. Y a la luz y composición “caravaggesca” añadía su huella: La Magdalena de amplia cabellera rubia y rizada tradicional fue en La Tour lacia y negra. Tampoco lágrimas que resbalen por la mejilla”.





Caravaggio está en La Tour en la manera en que los personajes surgen de la penumbra, y en como baña de manera amortiguada la luz de los libros en su accidental lectura interrumpida, el mobiliario, los ropajes en infinitos pliegues y repliegues, los rostros sumidos en el ensueño o meditando o en pro trance, las carnaciones que vibran con sus volúmenes… en como llega a hacer translucido el papel de una carta… en cómo su presencia o su casi ausencia retrata la soledad, de todo lo que toca.

Leo también en Quignard: “las obras de La Tour son las menos espontáneas que se han visto”. Yo no sé si tanto, pero salvo las primerizas ya citadas, se observa todo muy estudiado y muy sopesado; todo posee una solidez, incluidas las llamas de las velas, rotunda. Nada parece que sobre, nada se echa en falta.




Una obra tan extraordinaria como “Mujer espulgándose” da para muchas lecturas, probablemente porque contiene múltiples relatos, más allá de esa severa y majestuosa figura que aplasta con sus uñas un piojo o el mundo. Todo el tiempo que uno pueda dedicarle a una obra de este nivel, es poco. Para ver hay que saber decía Berger, y para saber hay que mirar. En ese proceso dialéctico continuo es posible ir acercándose a esa pintura, a ese pintor, a la realidad de Lorena en el siglo XVII con sus guerras, sus epidemias y aquella inmensa ola de religiosidad que fue la Contrarreforma…y ahí se mezclan los datos sobre el contexto histórico y social con los inevitables enigmas siempre difíciles, y apasionantes, de descifrar que tienen que ver con el pintor y su oficio. Y si ahí salta la chispa y prende la llama, a su luz sorprendemos a ese personaje que sopla la llama de la vela, como ya lo pintara antes El Greco, y erramos a tientas por las escenas de vida cotidiana más simples y aún simplificadas, donde nos muestra la cara lamentable de las cosas en su desnudez doméstica, en la noche o dibujadas por un resplandor o bañadas completamente por una luz desveladora. Ciertamente La Tour no pintó, al menos no conocemos, paisajes, aguas o nubes. Sí músicos, sus diversos tañedores de zanfonía ciegos o no pero siempre pobres, hirsutos, y campesinos y santos, y tramposos con sus naipes, y recién nacidos… mientras la peste diezmaba la ciudad de Lunéville, en su Lorena natal…

ELOTRO


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