Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

lunes, 28 de diciembre de 2015

Bertolt Brecht en su casaca de cuero. (1)



“Algo interno que careciese de exterior no podría ser algo interno”. (Hegel)

A propósito de Brecht, y de las lecturas de picoteo que estamos repasando someramente en las últimas entradas del blog, aquí tenemos una descripción interna/externa realizada en la Alemania de aquellos años veinte, entreguerras, por un tal Willy Hass: “Llevaba una vieja, oscura, ajustada y gastada casaca de cuero, de esas que llevan todavía hoy los motoristas profesionales o los conductores que hacen largos trayectos. Pero debajo, al parecer, llevaba una camisa de seda muy cara, como sólo se la podían, y pueden, permitir los hombres con buenos ingresos. La cabeza solía llevarla rasurada al cero, como un condenado de Sing-Sing o un recluta”.
Por su parte, el propio Brecht, del que se decía que tenía un modo de hablar “apodíctico y pedantesco” escribió:

Yo crecí hijo
de gente acomodada. Mis padres
me pusieron cuello duro y me educaron
en las costumbres de quien es servido
y me instruyeron en el arte de dar órdenes. Pero
cuando fui mayor y miré a mi alrededor
no me gustó la gente de mi clase,
ni dar órdenes ni ser servido.
Y dejé mi clase y me junté
con la gente de la clase baja.


También nos proporcionó Bertolt abundantes datos, en un tono descarado y divertido, de su curriculum: “Vi la luz del mundo en 1898. Mis padres son de la Selva Negra. La escuela elemental me aburrió durante cuatro años. En los nueve años que pasé en el instituto de Augsburgo no logré hacer avanzar sensiblemente a mis profesores. Mi afición al ocio y a la independencia fue incansablemente subrayada por ellos. En la Universidad me matriculé en medicina y aprendí a tocar la guitarra”.

Aparte la coincidencia de fechas, la irremplazable y siempre determinante cronología de los adjudicadores oficiales de etiquetas, la obra de Brecht, por otra parte sin duda perteneciente a esa generación, se inicia cuando muere el “expresionismo”: es su continuación, su consecuencia directa. Contra la rebeldía individualista, anárquica y romántica de aquellos, Brecht desarrolla una obra crítica “concreta”, no abstracta (realizada desde el interior de las más reconditas estructuras del muy contradictorio ordenamiento burgués que, cómo él mismo aseguró, tan bien conocía), y sobre todo constructiva y social, con toda su carga de “historicismo” y pedagogía.

Brecht se negó a seguir el ejemplo de tanto colega “intelectual” que, en acto de autocensura política (“porque el intelecto y la razón son el ‘pecado original’ del hombre, la fuente de sus males”), imita el gesto del avestruz que esconde la cabeza en la arena y cree que así ha abolido la realidad exterior. Mientras que para Brecht, la categoría central de la praxis humana es la de la sabiduría, el cálculo prudente, la ponderación, la engelsiana “comprensión de la necesidad” o las “sensatas experiencias y ciertas demostraciones”, que decía Galileo.  El de Brecht, leo, es un teatro que “…lleva a dirigir al público allí donde el mecanismo de la historia desvela sus más escondidos y fantásticos instrumentos, hacia prácticas selectas, a agudizar y sensibilizar su crítica, sus capacidades de dialéctico discernimiento; a darle un medio de orientación en las contradicciones lacerantes de nuestra difícil historia. (…) No hay que olvidar, por último, el sentido de la polémica brechtiana contra la “obra de arte total” (teorizada por Wagner y reanudada por Reinhart).

Por su lado, Walter Benjamin sostuvo que ”el teatro épico es el teatro del héroe apaleado. El héroe no apaleado, no llega a la reflexión”, lo que con otras palabras nos lleva hasta otra contemporánea revolucionaria, Rosa Luxemburgo y aquello de: “El que no se mueve, no siente las cadenas”.




Recordemos también “la tesis lukacsiana del Expresionismo como fenómeno simplemente degenerativo y anarcoide ‘tout court’ de la sociedad tardoburguesa”. De tal manera que se podría decir que: “Brecht rehace la dialéctica idealista del Expresionismo, del mismo modo que –poco menos de un siglo atrás- Marx le había dado la vuelta a la dialéctica mistificada de Hegel”. Claro que este Brecht dialéctico y marxista dada su tempranera precocidad, no se puede decir que tardó en llegar, pero sí que se tomó su tiempo, aunque como el mismo afirmó: “El verdadero progreso no está en haber progresado, sino en progresar”. Y se puede comprobar que se aplicó el cuento hasta el final.

Brecht, a través de su dramartugia, poemas o ensayos, “denunció el proceso de alienación del hombre en la sociedad de masas, su reducción a “número”, a valor fungible e intercambiable, en suma, a mera cantidad”.  Nos muestra “la desconsolada soledad del individuo en la aglomeración cada vez más caótica (véase la pintura: “Metrópolis” de George Grosz) de la sociedad moderna”. Una sociedad que el propio Brecht calificaba de “antisocial”. Una obra que lejos de cualquier pesimismo fatalista apuesta, en un tono paradójico, satírico-social y didáctico, por un camino de lucha, un camino que permita escapar del cerco de una organización social opresora, en pos de una auténtica comunidad humana y no de “un montón de autómatas” (véase el film “Metrópolis” de Fritz Lang).

Brecht nos revela, con agudeza brechtiana, el significado de “la “moral de la fábula” debida a la propia organización burguesa de la sociedad, y de camino por qué el capitalismo necesita el idealismo, no sólo como cobertura ideológica, sino como instrumento para aumentar los beneficios, para llevar hasta el máximo la explotación”. Y en esta línea, leo, que: “Brecht no ha creído jamás en el marxismo por fe, por un ímpetu de entusiasmo: como experto desconfiado artesano, se dio cuenta de que en él había encontrado un instrumento capaz de penetrar muy a fondo, más a fondo que cualquier otro, en la trama del mundo moderno, en las relaciones humanas, en la sustancia de nuestra civilización” (…) “…porque no puede, ni debe,  olvidarse el frío heroísmo de su obra, que se purificó en la ascética llama de despiadado análisis crítico dirigido, por lo menos indirectamente, contra sí mismo, contra sus propios gustos, contra el mundo de su propia formación intelectual y sentimental”…

ELOTRO

“Las imágenes de la mañana y de la noche conducen a errores. Las épocas felices no vienen, como la mañana, después de una noche bien dormida”.

(La mayor parte de las citas entrecomilladas proceden de: “Bertolt Brecht” obra biográfica de Paolo Chiarini /Ediciones Península.  Y “Teatro de Bertolt Brecht” de Editorial Arte y Literaratura de Cuba).


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viernes, 18 de diciembre de 2015

La “victoria” en la “derrota”.





“La manera ingeniosa de escribir consiste, entre otras cosas, en suponer que también el lector tiene inteligencia, en no expresarlo todo explícitamente, en permitir que el lector formule las relaciones, condiciones y restricciones únicamente bajo las cuales es válida y puede ser concebida una proposición”

(Ludwig Feuerbach, citado por Lenin, que, de propia mano, anota al margen: ¡da en el blanco!)

Acabo de leer los “Cuadernos filosóficos” de Lenin (disponibles en la Red) escritos en su exilio en tierras suizas, alla por 1914-16, y ha sido una experiencia gozosa y muy estimulante para mi. Leer sus acotaciones, subrayados o palimseptos, y notas al margen a las obras de  Hegel, Feuerbach, Kant, Marx, Spinoza o Leibniz… todos ellos pensadores tan graves, sesudos, circunspectos… en un tono tan serio, mesurado, crítico o cáustico en unas ocasiones, como  tan expresivo, y hasta desatado en las muestras de entusiasmo o cruel y sarcástico en otras… ha sido una experiencia inédita tratándose de mi admirado y muy revisitado Vladimir…(ahora se me viene a la memoria una anécdota leída no sé dónde que contaba cómo, en un día (¿diciembre, enero?) de verdadero frío polar y con más de un metro de nieve sobre las aceras, el otrora camarada sobrio, comedido y extremadamente parco a la hora de dejar traslucir la más mínima de sus emociones, se marcó un desgarbado y escandaloso, por sus propios gritos acompañantes, baile ante la mirada sorprendida y perpleja de sus desconcertados camaradas: Lénin lo aclaró de inmediato: la Revolución bolchevique acababa de cumplir ¡un día más! de vida revolucionaria, 73 días con sus noches  para ser exactos, que la gloriosa Comuna de París. Y, claro está, aquello para un comunista con cierta implicación en aquel evento no tan consuetudinario  era de obligada e inaplazable celebración. Me lo imagino contando las horas…)

No había tenido Lenin demasiadas ocasiones de festejo y celebración a lo largo y ancho de su dilatada vida como militante revolucionario (Véase: “Lenin: La coherencia de su pensamiento” de Georg Lukács / disponible en la Red).

Contra lo que se suele pensar, Lenín se pasó la mayor parte de su militancia en “minoría”, es decir, perseguido, atacado cuando no ninguneado por las “mayorías” de su propia organización (aquí abro un breve paréntesis para señalar algo que se suele olvidar u ocultar a sabiendas: la dura militancia en minoría fijó en Lenin, pues las había pasado canutas, la absoluta convicción de que en toda organización revolucionaria se debía garantizar, estatutariamente,  la “ineludible” existencia de minorías discrepantes de la ortodoxia dirigente mayoritaria, asegurando y protegiendo incluso su acceso y utilización de medios de propaganda propios e independientes con los que poder defender y difundir “a toda la organización” sus “propuestas minoritarias” en igualdad de condiciones con aquellas que “poseen” de facto  la mayoría oficial, pero no se olvide que siempre, afortunadamente, transitoria, de los órganos del partido. ¿Cómo garantizar si no la lucha de lo nuevo contra lo viejo en las tripas del “teórico”  partido revolucionario? No se debe olvidar que la "verdad revolucionaria" es un proceso, un constante devenir que desmiente dialécticamente la existencia de verdades apriorísticas -o sea, más allá o más acá del tiempo y del espacio de un proceso histórico concreto- "fijas e inmutables").

Derrotas acumuló Lenin para reventar más de un  zurrón, sabía bien lo que significa besar la lona, caer, derrumbarse… y, eso también, en vez de tirar la toalla, menudo era Vladimir, encontrar fuerzas para volver a levantarse. Esa rica y variada acumulación de derrotas, a él que ya era allá por 1914 un consumado analista “político” de la realidad desde el punto de vista del marxismo: materialista y dialéctico; le había enseñado vía “praxis” que la tal “derrota” no tiene necesariamente por qué ser conclusiva, terminante. Ya les gustaría a esos hijoputas que tal predican. Y a sus amos. Lenin sabía que derrota auténtica es sólo aquella de la que no se aprende. La que interioriza derrotismo. Y también sabía que la derrota, cualquier derrota, adiestra, y es parte necesaria de la futura victoria. Y que una derrota, también puede ser un escalón menos, ¿hacia adónde? eso, ya comprenderás, no depende de la escalera. En el caso de Lenin fueron escalones hacia el asalto del Palacio de Invierno del Zar de todas las Rusias, hacia la culminación de la conquista del poder por parte de los explotados, con los bolcheviques liderados por Lenin, a la cabeza. Eso es demostrar las teorías revolucionarias en la práctica, ¿Quieres praxis? Toma praxis. A partir de ahí,  es fácilmente explicable el porqué ese odio y esas viles y permanentes campañas difamatorias contra el más grande revolucionario que ha conocido, hasta ahora, la lucha final. La que tras algunas derrotas más… culminará sin ningún género de dudas con el derrocamiento de la burguesía y su sistema criminal capitalista. Dicho queda por un vulgar y experimentado  derrotado…que no vencido.

Salud y comunismo.

ELOTRO

“Hay que inferir lo desconocido a partir de lo conocido”
(Hegel)


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sábado, 12 de diciembre de 2015

Jean Jacques Rousseau en Vicennes




“La primera fuente del mal es la desigualdad”

(Jean Jacques Rousseau,
Discurso sobre las Ciencias y las Artes”, 1750)


Tengo entremanos y, como ya expliqué en la anterior entrada, picoteando a ratos, un precioso librito de bolsillo: Jean Jacques Rousseau: “Del Contrato Social. Discursos”, de Alianza Editorial, con prólogo y notas de Mauro Armiño. Lo acabo de comprar en La Cuesta de Moyano por tres eurazos. Es un volumen extra ****, 335 páginas, con una estupenda, como todas las suyas, portada diseñada por Daniel Gil. La edición es de 1980 y el ejemplar se conserva en perfectas condiciones, papel y encuadernación. Ya tenía la versión electrónica de las obras de Rousseau, pero no puedo resistirme, a pesar de que ando más canino que el gallo de Morón, ante una buena edición en papel. El toqueteo me pone. Marcar, subrayar y anotar son para mí prácticas inseparables del placer de leer. Y bien que las echo de menos cuando se trata del puñetero dispositivo electrónico. En fin, no es fácil igualar, ni siquiera parecerse, a ese perfecto artilugio que llamamos libro, a secas.

Como sabrán algunos de ustedes e ignorarán otros, Rousseau vivió un hecho sustancial y determinante para el resto de su vida, conocido y por él mismo referido como  “la iluminación de Vicennes”, en agosto de 1749: “Fui a ver a Diderot, entonces prisionero en Vicennes (por un delito de prensa)… (…) Si alguna vez algo se ha parecido a una inspiración súbita, fue el movimiento que en mi se produjo… (…) de golpe siento mi espíritu deslumbrado por mil luminarias; multitud de ideas vivas se presentaron a la vez con una fuerza y una confusión que me arrojó en un desorden inexpresable; siento mi cabeza tomada por un aturdimiento semejante a la embriaguez. Una violenta palpitación me oprime, agita mi pecho; al no poder respirar mientras camino, me dejo caer bajo uno de los árboles de la avenida, y paso media hora en tal agitación que al levantarme percibo toda la parte delantera de mi traje mojada por mis lágrimas sin haber sentido que las derramaba”.




Pues sí que le dio fuerte a Rousseau. Leer este párrafo y acordarme del “momentazo” iluminador de Samuel Beckett, fue todo uno, que es uno de esos lugares comunes que siempre saco a pasear por aquí. En La última cinta (Krapp's Last Tape), disponible en youtube con Harold Pinter (Tengo sobre la mesa un ejemplar de “Teatro Reunido” de Samuel Beckett, con traducciones de José Sanchis Sinisterra, Ana M.ª Moix y Jenaro Talens, de Tusquets Editores. Este me costó cinco eurazos también en la Cuesta de Moyano. Y claro, entre otras, contiene, en sus 573 páginas, “La última cinta de Krapp”), narró Beckett su experiencia de aquella noche. Según puede escucharse en “La última cinta”, todo sucedió bajo una intensa lluvia en ese espolón irlandés, “entre la espuma de las olas que brillaba a la luz del faro y el anemómetro que daba vueltas como una hélice”. Pero, por otra parte, hay quien sostiene que todo, incluso el lugar señalado como escenario, el muelle de Dun Laoghaire, es una pura y absoluta invención. El caso es que el relato coincide en esencia “determinante” con el de Rousseau, Beckett descubrió, tras el mensaje revelación, una nueva voz propia que por fin le permitiría “escribir las cosas que uno siente”, ¡Toma ya!

Punto y aparte radical. Pero eso así, tal cual y escuetamente, puede parecer y con toda la razón, una perogrullada; que ya no lo es tanto si conocemos “el devenir” de su planteamiento:  “Joyce había avanzado todo lo posible en la dirección del mayor conocimiento, en el control del propio material. Siempre estaba sumándole cosas; no hay más que ver sus galeradas para comprobarlo. Comprendí que mi camino estaba en el empobrecimiento, en la falta de conocimiento y en la eliminación, en restar más que en sumar”. ¿Qué absurdo, verdad? Además suena a Rulfo total. Otro en fin.



Pero volvamos al gran Rousseau, como lo llamaba el gran Karl Marx. Escribe el prologuista y traductor Mauro Armiño: “La tela de araña en que esa iluminación de Vicennes envolvió a Rousseau para toda su vida y para toda su obra, fue la simplificación que le llevó a “concluir inmediatamente en una relación de causa efecto contra el refinamiento material de la sociedad moderna y la degradación moral de sus contemporáneos.” (J. L. Lecercle: Rousseau.)

Y en palabras del propio Rousseau: “El hombre de mundo está todo en su máscara” dirá en el Emilio,IV; carece de vida propia, vive en la opinión y de la que de él tienen los demás saca “el sentimiento de su propia substancia”. Apariencias, lujo, ostentación, fuentes de una vida externalizada que lleva a Rousseau a enunciar el primero, antes que el joven Marx, el fenómeno denominado luego “Alienation” (=alienación).”



Y ”Extraña y funesta constitución en que las riquezas acumuladas facilitan siempre los medios de acumularlas mayores, y donde a quien nada tiene le es imposible adquirir algo; donde el hombre de bien ningún medio tiene de salir de la miseria, y donde necesariamente hay que renunciar a la virtud para volverse un hombre honrado”.

Y “¿No son las ventajas de la sociedad para los poderosos y los ricos?” “De hecho, las leyes sociales son siempre útiles a los que poseen y perjudiciales a los que no tienen nada”. Sabios y artistas “están pagados, no para descubrir la verdad o para embellecer la vida de los pueblos, sino para justificar el poder de quienes las emplean, y para servir a sus vicios”.

Y como todo debe decirse, un último párrafo del prólogo: "Cierto que en esa soberanía del pueblo hace Rousseau dos restricciones claves: del pueblo hay que separar al populacho, como el resto de la Ilustración, con Voltaire a la cabeza, había hecho: el populacho, la canalla, aquella parte de ciudadanos carente de propiedades."

En fin, que espero haber estimulado el apetito lector de algún visitante del blog…con estas breves notas sobre tan estimable ciudadano franco-helvético: revolucionario enciclopedista, escritor, músico, botánico, filósofo, naturalista, pionero de la antropología general y fundador del derecho político...





A ver si poquito a poco vamos atando cabos que vinculan ciertos ladridos con ciertos perros. Más que nada para ir aclarando el campo de batalla.

(ELOTRO)


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martes, 8 de diciembre de 2015

Lenin en Berna




“La dominación del capitalista sobre el obrero es la de la “cosa” sobre el hombre, la del trabajo muerto sobre el trabajo vivo, la del producto sobre el productor, ya que en realidad (…) se da exactamente la misma relación que en el terreno ideológico se presenta en la religión: la conversión del sujeto en el objeto (…) La fetichización hace que las cosas funcionen como sujetos y los sujetos como cosas”

(Marx)


Como de costumbre tengo la mesa llena de libros, propios o  procedentes de préstamos de las Bibliotecas Públicas, en los que intermitentemente y no sin cierta intención, voy picoteando… ya sólo leo del tirón sin intercalar otros libros la ficción. La ficción que logra engancharme, fenómeno que cada día, debe de ser la edad, es más infrecuente. Esa es otra novedad en mi conducta lectora, abandonar las obras que me decepcionan en las primeras páginas, página quince: ese cada día más estomagante Vila-Matas,  treinta o cuarenta y nueve, como en concreto me ocurrió con el tal Olmos, (que tanto me gustó como bloguero y que sigue pareciéndome un lector muy inteligente, y un crítico muy de fiar) que ya es la segunda vez que lo intento y me resulta tan “visto”, tan previsible, me aburreeeee…  su para mi infumable “Alabanza”…



Pero a lo que vamos: leyendo “Nuestro Marx” (disponible pdf en la red) de Nestor Kohan, una interesantísima investigación sobre “El Capital” y alrededores: de entonces y de ahora, he ido a dar, aunque creo recordar que no por primera vez, con un filósofo marxista de origen gaditano llamado  Adolfo Sánchez Vázquez, exiliado como tantos otros brillantes intelectuales republicanos en México desde 1939, donde ejerció como escritor y profesor y precisamente murió en 2011, a los noventa y seis años de edad. Autor muy recomendado por Kohan y del que se pueden ver algunos videos en youtube y descargar gratuitamente varias obras en la red.  Pues leyendo un interesantísimo artículo suyo, “El concepto de praxis en Lenin”, en el que cuenta que fue en Berna/Ginebra, durante su exilio entre 1914-1916, donde Lenin estudió en profundidad y con detenimiento, una obra capital, “La Ciencia de la Lógica” de Hegel.




(Y aquí me van a permitir abrir un corto paréntesis para introducir la cita de otro gran autor, Elías Canetti  y otro interesantísimo libro, “La lengua absuelta”, donde entre muchos recuerdos cuenta que, paseando con su madre  por el centro de Ginebra (o era Berna?), pudo ver tras los cristales de un café el peculiar rostro de rasgos mongoles de un individuo que sentado junto al ventanal, leía y escribía con autentica avidez, luego supo que aquel lector que tomaba abundantes notas -¿Los cuadernos filosóficos?- era Lenin.)

Es entonces, nos dice Sánchez Vázquez, cuando Lenin se desprendió de la fuerte influencia, o por mejor decir, pudo superar el materialismo “vulgar”, y liberarse del cordón umbilical que aún le unía a su maestro “en marxismo” Plejanov (con el que políticamente ya había roto años atrás).




Lenin, como ya hiciera Engels en algún capítulo del “Anti-Dühring” elaboró en su libro, “Materialismo y empirocriticismo” (Que por cierto a Manuel Sacristán le parecía, con diferencia, su peor obra) una concepción filosófica general en la que se pierde el papel cardinal que a la “praxis” asignaba Marx. Para Marx se trata, se nos dice, de la unidad de hombre y naturaleza, de sujeto y objeto que se da en y por la “praxis”, como actividad práctica humana transformadora de la realidad natural y social.



Lo que distingue el materialismo de Marx del que en la obra citada, digamos premarxiano, asumía Lenin, es la relación sujeto-objeto, hombre-naturaleza, conciencia-mundo, por mediación de la “praxis”. Tal es la distinción que Marx hace con el materialismo anterior: que ve el “objeto” como algo exterior o simple “objeto” a contemplar al margen de la actividad del sujeto.

El autor de El Capital concebía el mundo como “praxis”, o sea, como actividad subjetiva y objetiva a la vez. Por eso veía el “objeto” como producto social de la práctica humana.  

Y es así como de la mano de Hegel, Lenin se interesa por la “dialéctica” como método de conocimiento del movimiento de lo real, particularmente de la sociedad y la historia. Y hace suya esta idea maestra de Hegel: “El conocimiento se va desarrollando de contenido en contenido… el resultado contiene su propio comienzo y el desarrollo de este comienzo lo ha enrriquecido con una nueva determinación”. De la que concluye: “El proceso de conocimiento incluye la práctica humana y la técnica. De la percepción viva al pensamiento abstracto, y de éste a la práctica: tal es el camino dialéctico del conocimiento de la verdad, del conocimiento de la realidad objetiva”. Y Lenin concluye: ”Si no hay pensamiento sin práctica, tampoco hay práctica sin pensamiento, ya que es una actividad humana dirigida a un fin, consciente”. (…) “La práctica es superior al conocimiento (teórico), posee no sólo la dignidad universal, sino también la de la realidad inmediata”.

El estudio de Hegel llevó a Lenin a afirmar que sin haber aprehendido la Lógica de Hegel resulta imposible entender en toda su riqueza y cualidad revolucionaria “El Capital” de Marx. A lo que podríamos añadir por nuestra parte que sin el estudio de Hegel realizado a conciencia por Lenin en Berna, no hubiesen sido posibles obras como “El imperialismo, fase superior del capitalismo” o “El estado y la revolución”. Ni quizás, al menos en la forma que conocemos, la gloriosa Revolución de Octubre de 1917…

Bien, esto se alarga en demasía, dejemos pues para otra ocasión el resto de lecturas…

ELOTRO


“El “historicismo es el principal antídoto metodológico contra la tentación metafísica”
(Néstor Kohan)



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martes, 1 de diciembre de 2015

Ingres en El Prado




Ingres en El Prado


De noviembre de 2015 a marzo de 2016. Por si eso.

Dicen los papeles que Ingres no era un pintor neoclásico ni académico, sino un ferviente defensor del dibujo. Como si ser defensor del dibujo fuese condición antagónica con la práctica del academicismo neoclásico. Acaso su influyente maestro Jacques-Louis David, ¿no era igualmente ferviente defensor del dibujo? Pues bien, los mismos papeles de los mismos, declaran a este último pintor: neoclásico, sin más.

Ya digo, ganas de enredar con jerga de “expertos” que no pasa de ser vulgar palabrería hueca, puro chalaneo de los supuestos entendidos, de los escribas oficiales, que, llegado el caso, se puede desarmar con un simple repaso  a las propias etiquetas que ellos mismos elaboran con el único objeto de catalogar y ordenar y controlar con escolásticas jerarquías y funcionariales burocracias “el auténtico desorden” que conforma la siempre diversa, cambiante y contradictoria realidad.

Ingres, al contrario que Delacroix, prefirió la apariencia a la realidad, cabal. Delacroix estudió a Goya, Ingres a Rafael y el ideal estético griego, a la vista de sus respectivas obras, coherente.
Sin embargo los que escriben la historia del arte que leen los aficionados accidentales  afirman, además, que Ingres fue un pintor romántico y realista. Si no quieres etiquetas, toma una docena bien entrecruzada. Y hasta aquí las referencias a las memeces de los despachadores de “etiquetas”. Pero me quedo, por esta vez, con esa última de “realista”. Porque así es (ciertamente que de forma excepcional en el conjunto de su obra) y se puede comprobar de manera palmaria, análisis concreto de la obra concreta, en la expo que nos ocupa: me refiero al extraordinario retrato de, Louis-François Bertin, fechado en 1832.






El tal Bertin era un empresario del mundo editorial y director del “Journal des Dèbats”, o sea, un gran burgués, un ricachón con poder (algo así como Polanco en el Régimen-78) y, con el suficiente dinero como para “adornar” su privilegiado estatus y hacerse retratar “de esa manera” por el muy exclusivo (emperadores, militares, ministros de la policía, capos de la hacienda y sus respectivos “floreros”) y carísimo pintor de moda.

El retrato en cuestión tiene su miga (fue encargado y adquirido en 1832) y no sólo por las características del retratado, sino más bien por el enorme talento volcado ahí por el retratador. Me explico. Empecemos por la pose (que se puede suponer “negociada” entre el comitente y el artista, dada su marcada singularidad en el conjunto de su obra retratística) sobre todo me llama la atención esas manos que literalmente atenazan sus propias rodillas (salvando las distancias, y aunque se citan influencias por otra parte evidentes en Degas y Picasso, me trajo a la mente el muy “expresionista” retrato del barón Thyssen realizado por Lucian Freud).



Monsieur Bertin, en el retrato, nos muestra que sabe “estar” sentado, o sea, que domina no sólo su voluminosa anatomía sino también el escenario y su parco mobiliario (no sé si recuerdan una foto periodística tomada en La Moncloa en la que aparecían Zapatero y Botín sentados en lujosos sillones blancos de piel, tras una “supuesta” reunión bilateral en la cumbre: aquella cruel imagen dejaba rotundamente claro quien de los allí figurantes era el impúdico detentador del poder y quien era el insignificante  subordinado. Por cierto que alguien debió de tomar buena nota y se cambió drásticamente la coreografía para las ocasiones futuras. Probablemente, por su propio interés, el asesor de imagen del mismísimo Botín).

Las rodillas o los muslos, “atenazadas” por los dedos desplegados y agarrotados de monsieur Bertin, están abiertas, abiertas más de la cuenta desde el punto de vista o las normas de representación pictórica de la noble, aristocrática o sencilla elegancia. Pero en el caso de nuestro magnate de la prensa, existe una razón de peso: la prominente barriga. Y entre el peso y la ley de la gravedad explican la excesiva, desde el protocolario ángulo plástico, apertura de pataje. Pero tal inconveniente no merma lo más mínimo la soberbia pose del figurón que, hábilmente, y apoyándose en ambas piernas, mantiene su voluminoso torso erguido y levemente girado hacia su izquierda, pero, ojo al matiz, sin llegar a apoyarlo en el respaldo circular de la modesta silla donde reciamente asienta sus opulentas nalgas.

Pero es en esa soberbia cabeza donde Ingres concentra, valiéndose de la realidad (sin filtros, retoques ni estiramientos) toda la fuerza y vigor que debe enfrentar el espectador de la obra, toda la potencia y capacidad de interpelación que tiene ese turbador rostro ya algo deslucido (66 años) y un poco fofo; y toda la energía y empuje que emite la imponente mirada de este personaje, medio canoso, de labios demasiado finos y retraídos, cuello notoriamente corto y papada pudorosamente semioculta. Todo ello bajo una luz implacable que fulmina las falsas apariencias, ¡que proyecta sombras, que dibuja y permite percibir o intuir bajo la piel: huesos y cartílagos y tendones y pliegues, y articulaciones y arrugas, e, incluso, el fluir sanguíneo!

Todo lo cual, tratándose de una obra del cirujano plástico Ingres, es una absoluta excepción a su suprema regla, aquella que le impedía mirar la realidad, concretada con el espacio y el tiempo, a derecha o izquierda y, mucho menos hacia abajo, hacia el fango donde, en sus propias y reaccionarias palabras, sólo viven y hozan los gorrinos (¿Y los menos agraciados, están incluidos, Jean-Auguste?). Nada de eso le ocupa, la mirada siempre a las alturas, allí arribita donde fluctúan en gloriosa armonía las más delicadas y virtuosas almas bien arropadas en el interior de los más gloriosos cuerpos, allí donde impera la belleza inmaculada, la idealizada, (estilizada, pulida, corregida, depurada, en fin, hipócritamente falseada) gracias a la permanente labor de liquidación implacable de rectas y ángulos, o sea, de imperfecciones antiestéticas, granos, arrugas, pliegues o cualquier otra impureza que desafíe la imposición (justificada en la inexcusable necesidad del halago y la adulación insoslayable al comitente, que paga el pienso y, además, los placeres “impuros” de la carne débil) en el imperio absolutista  regentado por monsieur Ingres, el de la excelsa curva y las exquisitas formas lisas e infladitas (Botero, after) que distinguen a los cuerpos divinos “de la muerte”, en su inerte pintura.

ELOTRO



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