Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

jueves, 29 de octubre de 2015

Ferlosio, Martín-Santos y López Salinas...




“No sigáis siendo bestias disfrazadas
de ansias de Dios. Con ser hombres os basta…”
(Blas de Otero)


Tras la lectura de “El Jarama” (1956) de Sánchez Ferlosio (1927)  y de “Tiempo de silencio” (1961) de Martín-Santos (1924), acabo de terminar “La mina” (1960), de Armando López Salinas (1925).

Yo que soy un lector desde siempre absolutamente anárquico, he procurado en esta ocasión acotar previamente un espacio, un tiempo y unos autores concretos. ¿Con qué objeto? Pues para tratar de  “Arrenjuntar” y “Aprehender realidad”, una realidad “concreta” que para mí es en cierta medida desconocida y lejana en el tiempo (nací el 59), múltiple en sus componentes  y compleja en sus relaciones y, para completar el guiso, con su muy “concreta historicidad” a cuestas (me refiero a esos pequeños pero esclarecedores detalles sobre el origen y desarrollo social y cultural de los autores y el contexto-histórico en que tuvieron que formarse y desenvolverse), una realidad cultural, política y social de una época concreta, que, de una u otra manera, fue  reflejada, retratada, ficcionada… en unas obras (artístico-documentales) también concretas de unos autores no menos concretos.
Por aquello del “carácter concreto de toda verdad”, que decían los viejos marxistas.




Tras los exitosos “precedentes” de Cela, Delibes o Laforet y sus respectivas y variopintas obras, surgieron, transcurridos quince años de durísima postguerra (durísima para los de siempre), nuevos autores (treintañeros que no participaron directamente en la guerra), como los que nos ocupan, y obras que roturaron, por así decir, “otros” terrenos novelescos, dentro de lo que se ha venido en etiquetar (y eso sí que es arrejuntar sin ningún miramiento y por las bravas) como literatura (también sucedió en el teatro, la poesía, el cine…) de “realismo-social”; y que se ocuparon, desde diversas perspectivas y estilos, de asuntos y aspectos poco o nada frecuentados, también aunque no sólo por razones obvias de censura, desde la fatídica victoria fascista en la Guerra Civil.

En fin, al lío, a ver si me aclaro o termino por enredarme aún más. Creo que para nadie está de más saber, y luego allá cada uno, que a Luis Martín-Santos, psiquiatra e hijo de médico-militar de alta graduación en el bando franquista, o sea, “hijo de vencedor” (como sus amigos Sánchez Ferlosio, Javier Pradera, Castilla del Pino), le dieron en cierta ocasión y pese a su privilegiado parentesco, un buen repasito en los calabozos de la Puerta del Sol, digo  a la hora de “comprender”, más allá de su formidable “manera de contar”, la fuerza y la verdad, que no simple verosimilitud, que se puede percibir en las páginas de su novela cuando relata la detención y los interrogatorios del desventurado “investigador” de ratoniles células cancerígenas y dibuja el bestial perfil de los esbirros del orden franquista.
Al psiquiatra que iba para cirujano y que pasó por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, se le nota que sabe de qué habla; del cómo ya hemos dicho que era poseedor de un extraordinario talento y un brillante estilo narrativo que iba unido a una incisiva mirada crítica, cargada de amplísima erudición y no exenta de un punzante y corrosivo sentido del humor. De sórdidos prostíbulos, pensiones decadentes y tugurios tabernarios que apestan a fritangas y orines, también tenía abundante experiencia “universitaria”.


Sin embargo se nota que las chabolas y sus habitantes sólo los conocía de oídas o a excesiva distancia, poco trato vaya, quiero decir que ahí, en esos contextos y con esos personajes, se delata la voz de un narrador señorito que no hace pie.
Véase por el contrario y como ilustrativo contraste las páginas que López Salinas dedica a los chabolos y sus inquilinos en “La mina”. O al caso del embarazo no deseado, de la violación, del aborto que aparece, y cómo aparece tratado, en cada una de esas, por otro lado, magníficas novelas.



El grado de “verdad” (e imbricación artística y documental) que transmite “La mina”, y digo en toda la obra y de principio a fin, queda a años luz de la más que flojita novela de Sánchez Ferlosio (carente de cohesión y solidez tanto en sus partes como, siendo generosos, en el conglomerado. Sólo se salvan “cachos” aislados, cierto que de gran altura por sí mismos, pero que aún delatan más si cabe la dramática irregularidad del montón)  y también por encima del algo desigual conjunto de “Tiempo de silencio”.



A mi parecer, el comunista Armando conoce, no digo que no haya trabajado la documentación pertinente, de primera mano el paisaje (geográfico y político) y paisanaje (social y cultural) que protagoniza su reveladora novela (los amos, como arquetipos, figuran, pero no tienen papel con frase, ese rol lo cumplen y de qué manera, sus fieles lacayos) no escribe una sola línea, ni en las descripciones o digresiones ni en los diálogos o monólogos, que suene a hueco, a relleno extraño, a injerto extravagante u ornamentación caprichosa. Cosa que lamentablemente no se puede decir del  director del sanatorio psiquiátrico de San Sebastian, por cierto gracias al enchufe de su muy franquista papaíto, Luis Martín Santos, cierto también que en muy contadas ocasiones y sin llegar nunca a tocar suelo. O, por otra parte (del joven vástago del que fue, Rafael Sánchez Mazas, fundador y carnet nº2 de Falange, además de ministro con Franco; Rafael Sánchez Ferlosio, en demasiadas.



Pero por supuesto no se trata, digo, de valorar las obras y autores,  únicamente por la capacidad de captar y configurar tal o cual cantidad de “verdad real”, y que en ellas resultan reflejadas y tangibles, de manera  que los lectores la podemos “aprehender”, en la medida de su exacta relación con lo que se suele llamar “realidad objetiva”, que compartimos.

Y esto es así porque no podemos, ni queremos, infravalorar la “calidad” (más artística o poética que rigurosamente documental) de la “verdad” que también puedan poseer en relación, más o menos directa, con esa misma “realidad objetiva” de la que forman y formamos parte. Para entendernos, digamos Kafka. ¿O acaso no “Aprehendemos realidad” en sus imaginativas y fantasiosas obras, en sus relatos intencionadamente carentes de un “concreto” espacio y tiempo?
Pero, claro, no es éste el caso. Ni por el forro.



La Mina” nos habla de hombres concretos en un espacio concreto y un tiempo concreto: la España de postguerra; de jornaleros andaluces sin tierra y por tanto sin trabajo y sin pan. Y al otro lado de la trinchera de propietarios de tierras que ni la trabajan ni dejan que, siquiera en arriendo, la puedan trabajar los desposeídos.

Familias hambrientas de trabajadoras del campo que, por fuerza, se ven obligados contra su voluntad a abandonar la tierra en que nacieron y se criaron, y que otros robaron o se apropiaron o desahuciaron  y escrituraron en su día, y salir a la desesperada en busca de algún patrón que se digne a alquilarles su fuerza de trabajo. Y eso refleja “verdad”, incontestable “realidad objetiva”, en cuanto al tipo de relaciones de producción existentes entre la propiedad de los medios productivos y aquellos que únicamente poseen su fuerza de trabajo. Y por lo tanto muestra la cruda lucha de clases, las contradicciones entre el Capital y el Trabajo. Se trata de una narración que muestra encontronazos de intereses entre opresores y explotadores y oprimidos y explotados, entre gente con jardines y piscina y criaturas que andan kilómetros y hacen horas de colas para llevar al charolo una cántara de agua fresca. Entre los ingenieros que tienen un “For” a la puerta de la mansión y los brutos iletrados que terminan aplastados, “asesinados” en las profundas y negras galerías de calamitosas vigas, insuficientemente entibadas y sin casi ventilación.



Quizá por ese matiz acusadamente político, por ese contenido descaradamente “subversivo” y de denuncia, por esa revelación sediciosa de la situación “realmente existente” pero ocultada o enmascarada, fue duramente censurada y mutilada, quizá por eso sólo pudo quedar, discretamente, finalista del premio Nadal (Ganó, Ana María Matute, con “Primera memoria”). Quizá por eso nunca entró en los planes de estudio y no es materia en los institutos como sí ocurre con “El Jarama”, ni siquiera ha sido constantemente reeditada y ensalzada en los círculos y “comederos” intelectuales oficiales y opositores, como han hecho con “Tiempo de silencio”. Digo quizá. Yo me entiendo.

Y quiero acabar con una cita que me parece que viene muy a cuento:

“Dejar el error sin refutación equivale a estimular la inmoralidad intelectual” (Carlos Marx)



ELOTRO


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lunes, 26 de octubre de 2015

Innisfree / José Luis Guerin








Innisfree, la película documental. De José Luis Guerin, el director, entre otras, de esa otra maravilla que se titula “En construcción”. En Innisfree realizó John Ford su magnifico y mítico film, que le valió su cuarto “oscar”,  “El hombre tranquilo” en 1951, pero que en realidad fue rodada en buena parte en el pueblo de Cong (Connemara): montañas forradas de verde, fuertes vientos, mucha piedra, ganado  y la proximidad de las olas del Atlántico.






"Todo comenzó durante un viaje por el amplio marco geográfico donde se rodó en 1951 El hombre tranquilo. Entré en un pub de una hermosa villa irlandesa y escuché a cuatro viejos completamente borrachos hablando de John Ford. Comprendí en ese mismo momento que de ahí podía salir una película fascinante. Así se me ocurrió la idea de hacer "Innisfree"
 (José Luis Guerin)






Pues sí, le salió fascinante, al menos a mí así me lo ha parecido. El cine de Guerin me resulta muy interesante y muy sugerente. Tiene una mirada muy original, ya sé: topicazo; quiero decir muy alejada de lo “tradicional” y que su cine no solo no se parece a ningún otro, que yo conozca, sino que incluso cuando la película navega por aguas ya transitadas, su mirada se detiene y escruta en lugares no habituales y con claras intenciones de desentrañar aquello que permanece oculto u ocultado e interrogarse sobre la raíz y las conexiones de aquello, con todo lo que le afecta, los aledaños,  incluido el paso del tiempo con todas sus erosiones y adherencias (del 1951 y todos sus antecedentes históricos, al 1990), en mi opinión sustancia clave de esta película. Parece que Innisfree solo apunta “directamente” a la película de Ford, pero en realidad se ramifica “oblicuamente”, dispara a  todo.







La obra se va desplegando en abanico: La taberna de Pat O´Connor, las típicas pintas irlandesas trasegando gaznates; John Wayne, del que recuerdan lo mucho que le gustaba beber y las mujeres; Maureen O´Hara, de la que varios viejos, algo chisposos, afirman que se paseó desnuda por el bosque cercano y una vieja, también alegre, informa de que por el contrario en Irlanda nadie se desnuda del todo, ni siquiera en la cama. Risas de viejos y viejas beodos. Y el IRA y los británicos, y la emigración y sus remesas por Navidad, y la lucha armada y la división de Irlanda, y las canciones y los asesinatos y los robos y las venganzas y los delatores y los guerrilleros en las cuevas, y el paisano que dice que interpretó en la película de Ford el papel de pez: “Me metía debajo del agua y tiraba de la cuerda, no salía en la película, ni yo ni ningún pez pero el que tiraba de la cuerda era yo”. Y el que afirma que cuando Maureen O’Hara se llevaba las cabras era su perro el que lo hacía, y allí estaba él, en el set, dando la orden al can cuando se lo indicaban. Y treinta chelines que le pagaban y treinta que se gastaba en pintas en el pub cada noche. Y los niños y los jóvenes y los adultos de ahora, el tedio y el paro y otra vez la emigración… tantas cosas que remiten a nuestra propia historia, todo un universo poblado de ecos extrañamente familiares… y la reproducción fidedigna de la casa de John y Maureen en la película tranquila y ¡Homérica!, para solaz de los rebaños de turistas mitómanos y nostálgicos, y entre ellos… ¡Ronald Regan!…





Bueno, no sigo, si pueden véanla, INNISFREE, creo que la disfrutarán y además y por si fuesen pocos los motivos para amar Irlanda, (muchos irlandeses vinieron a España con las brigadas internacionales a defender la legalidad republicana y a luchar contra el fascismo y muchos de aquellos jóvenes cayeron heroicamente a miles de kilómetros de su amada Irlanda. Todos los años desde 1979 nos reunimos supervivientes, hoy ya no queda casi ninguno vivo,  y familiares o simpatizantes, en Morata de Tajuña, porque la historia conviene no olvidarla, hay que cuidar la memoria… no todo es Wilde, Yeats, Joyce o Beckett, también hubo gente como Bob Doyle, por nombrar a uno,  que merece una busca en la red…por ver qué pasa)  y al cine, ahí tienen uno, y fascinante, más.

ELOTRO

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lunes, 19 de octubre de 2015

“El Jarama” / de Ferlosio






“-¡En el mañana…! –decía Miguel echando atrás la cabeza-. Demasiado nos estamos ya siempre atormentando la sesera con el dichoso mañana. ¿Y hoy qué? ¿Qué lo parta un rayo? Di tú que el día que quieras darte cuenta, te llega un camión y te deja planchado en mitad de la calle. Y resulta que has hecho el canelo toda tu vida. Has hecho un pan como unas hostias. También sería una triste gracia. Ya está bien; ¡qué demonios de cavilar y echar cuentas con el mañana puñetero! De aquí a cien años todos calvos. Esa es la vida y nada más. Pues claro está que sí.”

(Rafael Sánchez Ferlosio, “El Jarama”)

De la reciente lectura de esta “nombradísima” novela-realista-social  de Sánchez Ferlosio me ha quedado la penosa sensación y la consiguiente valoración de que, leída hoy por hoy, resulta  un tostón infumable, una trama ramplona  llena de verborrea vacía y cursilona y de personajes planos, por muy corales que sean,  acartonados y un poquito tontunos, la verdad sea dicha. No me extraña que el propio autor, que seguro sabía mejor que nadie de su fracaso-naufragio, renegara de ella, le mostrara olímpicamente la espalda, al poco tiempo de su más que exitosa publicación en la España franquista… y, también a mi modo de ver se explica, sobre todo por lo inane del por otra parte resultón engendro, que haya sido convertida por las muy oportunistas “autoridades competentes y decidientes” del Régimen franquista, primero, y de su triunfante prolongación,  Régimen 78, después,  en un texto canónico –que se estudia en los institutos- en las oficiales y oficiosas  “Historias” de la literatura española, por supuesto no-stalinistas (El autor de la nota se refiere en esta ocasión y en concreto a la así bautizada por el diario “El País”: “Historia social de la Literatura española en lengua castellana” obra de los conocido agentes estalinistas infiltrados todos ellos en universidades USA: Carlos Blanco Aguinaga, Julio Rodriguez Puértolas e Iris M. Zavala). En fin, tampoco estoy diciendo que todo en la novela sea basurilla irrelevante, pero casi…

Y el casi de este “naufragio” en el susodicho río lo conforman, según mi opinión, algunos “pecios”, de los que soy acérrimo, que, como se dice de la mierda, siguen a flote en tales penosas circunstancias. Sin ir más lejos el que encabeza esta apresurada notita de lectura: esa hábil y extendidísima maniobra del amo, de lo espiritual y lo material, que además tiene el sable y la sartén por el mango “el perfecto hijoputa” y cuyo viejísimo y no por eso menos eficaz truco viene consistiendo, dicho en plata y perdonen el reduccionismo, en cobrar por adelantado y aplazar, postergar, demorar... sin límite la entrega del sueño o mercancía contratada-prometida o un justiciero juicio final-post mortem que, ¿más vale tarde que nunca?, ponga, por fin y después del auténtico fin, las cosas en su sitio… ¡Cagüen La Mar

Como llevo años leyendo y releyendo con sumo gozo y supongo que con algún otro provecho a don Rafael, he tenido primero la equívoca sensación y luego la cuasi certeza de reconocer en ciertos párrafos el mismo “aforismo”, o por mejor decir, las primeras versiones o tanteos, de lo que fueron, la novela es de 1955, futuros textos aforísticos más cortos, precisos, acabados y pulidos, en todos los sentidos. He leído que, tras la publicación y el éxito obtenido por “El Jarama”, Sánchez Ferlosio se retiró durante quince años a estudiar gramática… ya tendría gazuza, ya.

Para terminar les transcribo unas líneas anotadas por Ferlosio para la sexta edición de la novela:

“Como quiera que a lo largo de los nueve años que la presente novela lleva a merced del público han sido no pocas las personas que, creyendo hacer un cumplido a mi propia obra, me han dicho ‘lo que más me gusta es la descripción geográfica con que se abre y se cierra la narración’ (…) es mi deber consignar aquí de una vez para siempre su verdadera procedencia, devolviendo así al extraordinario escritor a quien tan injusta como atolondradamente ha sido usurpada, la que yo también, sin sombra de modestia, coincido en considerar con mucho la mejor página de prosa de toda la novela. Puede leerse, con leves modificaciones, en: Casiano de Prado, ‘Descripción física y geográfica de la Provincia de Madrid, Imprenta Nacional, Madrid, 1864, páginas 10 y 11”.

Rafael Sánchez Ferlosio

En fin, “mi criterio por lo menos es ése, ¿eh?; mi criterio”.

ELOTRO



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miércoles, 14 de octubre de 2015

Bonnard / Munch




Pierre Bonnard, pintor y grabador francés y Edvard Munch, pintor y grabador noruego nos visitan, parte de sus obras, este otoño en Madrid.
Bonnard nació en 1867 y murió, con 80 años, en 1947, dos años después del término de la Segunda Guerra Mundial. Munch, por su parte vino al mundo el año 1863 y, tras cumplir 81 años, pasó a mejor vida en 1944, a un año del final del conflicto bélico.
Se podría decir que hasta aquí las coincidencias, pero no, creo que no. Pienso que, salvando las distancias, existen más, algunas más y de cierta importancia.

Ambos nacieron en familias de clase acomodadas, y pudieron  cursar estudios superiores: Bonnard, hijo de un alto funcionario, estudió Derecho en la Universidad de París; Munch, hijo de médico militar, Ingeniería, que abandonó por la pintura dos años después.

En 1885 Munch hizo su primer viaje a París, así pudo conocer de primera mano las obras originales de los artistas y movimientos pictóricos más avanzados. Y hete aquí que sobre todos ellos destacó su aprecio por las obras de Gauguin (pintor y grabador), quien, a partir de entonces, dejó una huella profunda y perfectamente perceptible en la obra del artista noruego.
Por su parte Bonnard, en 1888 fundó, junto con Vuillard, Roussel, Denis, Vallotton y Sérusier, el grupo de los “nabis” (“profetas” en hebreo), basado precisamente en las investigaciones conceptuales y formales de un tal Gauguin.  Ni que decir tiene que la influencia de éste resulta asimismo claramente detectable en el conjunto de la obra pictórica y gráfica de Bonnard.

Bonnard y Munch fueron dos artistas alejados de los cánones academicistas, de la vulgarizada realidad visible o del naturalismo clásico tanto formal como cromático. Ambos artistas bebieron de la tradición pero, a partir de ahí, consiguieron conformar, a base de añadir y mezclar reflexión y experimentación, su propio e inconfundible lenguaje artístico, su sello particular y contemporáneo. Tanto Munch, como quizás en menor medida Bonnard, han influido de forma determinante, y esto es fácilmente constatable (“Expresionismo abstracto”: Jasper Johns, “Neoexpresionismo”: Georg Baselitz…etc), en movimientos y artistas inmediatamente posteriores y hasta nuestros días… incluso en la pringosa publicidad.



Ambos eran tristones, ensimismados, obsesivos, pasionales, individualistas y viciosamente solitarios. Fueron muy reiterativos en los tratamientos formales y las temáticas y ambos compusieron una peculiar plástica llena de inquietantes y escurridizos simbolismos que marcan de manera determinante la posible relación, por supuesto que ni fácil ni libre de obstáculos y filtros, entre la obra y el ocasional espectador “in situ”. Repito: espectador “in situ”, nada que ver con la contemplación de reproducciones. Y no sólo por lo del “aura” que decía Benjamin. Sino fundamentalmente por la escala de las obras y por el color y la textura de las materias que aplicaban con tanto esmero y minuciosidad ambos artistas. Por ejemplo y en el caso de Munch: “El beso” xilografía con gubia y segueta. O su “Mujer llorando”, óleo sobre lienzo de 1909. O la pequeña versión xilográfica de “El grito”…




En la expo de Bonnard me he quedado clavado y desarmado de junto a su obra “El boxeador (retrato del artista) de 1931. Inquietante autorretrato, le acompañan otros tres que tampoco son moco de pavo, frente al espejo del cuarto de baño. Esa mirada angustiosa, roja, perdida, vacía, sonada, insoportablemente cruel consigo misma… y con ese delirante y algo patético camorrista de cuerpo tumefacto que danza al otro lado del espejo… o quizás no…
Ese cuarto de baño del que parece que nunca salía su modelo-amante-mujer, “una muchacha de origen humilde llamada Maria Boursin, que cambia su nombre a Marthe de Méligny para parecer más aristocrática”, a tenor del sinnúmero de pinturas en las que posó para Pierre, ahora de pie o en cuclillas, fuera o dentro de la bañera, con bata, desnuda, secándose, reflejada, de espaldas o perfil, con el inevitable gato entre sus desnudos brazos…

Tanto la expo de Bonnard como la de Munch merecen un garbeíto…

ELOTRO


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