Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

martes, 1 de diciembre de 2015

Ingres en El Prado




Ingres en El Prado


De noviembre de 2015 a marzo de 2016. Por si eso.

Dicen los papeles que Ingres no era un pintor neoclásico ni académico, sino un ferviente defensor del dibujo. Como si ser defensor del dibujo fuese condición antagónica con la práctica del academicismo neoclásico. Acaso su influyente maestro Jacques-Louis David, ¿no era igualmente ferviente defensor del dibujo? Pues bien, los mismos papeles de los mismos, declaran a este último pintor: neoclásico, sin más.

Ya digo, ganas de enredar con jerga de “expertos” que no pasa de ser vulgar palabrería hueca, puro chalaneo de los supuestos entendidos, de los escribas oficiales, que, llegado el caso, se puede desarmar con un simple repaso  a las propias etiquetas que ellos mismos elaboran con el único objeto de catalogar y ordenar y controlar con escolásticas jerarquías y funcionariales burocracias “el auténtico desorden” que conforma la siempre diversa, cambiante y contradictoria realidad.

Ingres, al contrario que Delacroix, prefirió la apariencia a la realidad, cabal. Delacroix estudió a Goya, Ingres a Rafael y el ideal estético griego, a la vista de sus respectivas obras, coherente.
Sin embargo los que escriben la historia del arte que leen los aficionados accidentales  afirman, además, que Ingres fue un pintor romántico y realista. Si no quieres etiquetas, toma una docena bien entrecruzada. Y hasta aquí las referencias a las memeces de los despachadores de “etiquetas”. Pero me quedo, por esta vez, con esa última de “realista”. Porque así es (ciertamente que de forma excepcional en el conjunto de su obra) y se puede comprobar de manera palmaria, análisis concreto de la obra concreta, en la expo que nos ocupa: me refiero al extraordinario retrato de, Louis-François Bertin, fechado en 1832.






El tal Bertin era un empresario del mundo editorial y director del “Journal des Dèbats”, o sea, un gran burgués, un ricachón con poder (algo así como Polanco en el Régimen-78) y, con el suficiente dinero como para “adornar” su privilegiado estatus y hacerse retratar “de esa manera” por el muy exclusivo (emperadores, militares, ministros de la policía, capos de la hacienda y sus respectivos “floreros”) y carísimo pintor de moda.

El retrato en cuestión tiene su miga (fue encargado y adquirido en 1832) y no sólo por las características del retratado, sino más bien por el enorme talento volcado ahí por el retratador. Me explico. Empecemos por la pose (que se puede suponer “negociada” entre el comitente y el artista, dada su marcada singularidad en el conjunto de su obra retratística) sobre todo me llama la atención esas manos que literalmente atenazan sus propias rodillas (salvando las distancias, y aunque se citan influencias por otra parte evidentes en Degas y Picasso, me trajo a la mente el muy “expresionista” retrato del barón Thyssen realizado por Lucian Freud).



Monsieur Bertin, en el retrato, nos muestra que sabe “estar” sentado, o sea, que domina no sólo su voluminosa anatomía sino también el escenario y su parco mobiliario (no sé si recuerdan una foto periodística tomada en La Moncloa en la que aparecían Zapatero y Botín sentados en lujosos sillones blancos de piel, tras una “supuesta” reunión bilateral en la cumbre: aquella cruel imagen dejaba rotundamente claro quien de los allí figurantes era el impúdico detentador del poder y quien era el insignificante  subordinado. Por cierto que alguien debió de tomar buena nota y se cambió drásticamente la coreografía para las ocasiones futuras. Probablemente, por su propio interés, el asesor de imagen del mismísimo Botín).

Las rodillas o los muslos, “atenazadas” por los dedos desplegados y agarrotados de monsieur Bertin, están abiertas, abiertas más de la cuenta desde el punto de vista o las normas de representación pictórica de la noble, aristocrática o sencilla elegancia. Pero en el caso de nuestro magnate de la prensa, existe una razón de peso: la prominente barriga. Y entre el peso y la ley de la gravedad explican la excesiva, desde el protocolario ángulo plástico, apertura de pataje. Pero tal inconveniente no merma lo más mínimo la soberbia pose del figurón que, hábilmente, y apoyándose en ambas piernas, mantiene su voluminoso torso erguido y levemente girado hacia su izquierda, pero, ojo al matiz, sin llegar a apoyarlo en el respaldo circular de la modesta silla donde reciamente asienta sus opulentas nalgas.

Pero es en esa soberbia cabeza donde Ingres concentra, valiéndose de la realidad (sin filtros, retoques ni estiramientos) toda la fuerza y vigor que debe enfrentar el espectador de la obra, toda la potencia y capacidad de interpelación que tiene ese turbador rostro ya algo deslucido (66 años) y un poco fofo; y toda la energía y empuje que emite la imponente mirada de este personaje, medio canoso, de labios demasiado finos y retraídos, cuello notoriamente corto y papada pudorosamente semioculta. Todo ello bajo una luz implacable que fulmina las falsas apariencias, ¡que proyecta sombras, que dibuja y permite percibir o intuir bajo la piel: huesos y cartílagos y tendones y pliegues, y articulaciones y arrugas, e, incluso, el fluir sanguíneo!

Todo lo cual, tratándose de una obra del cirujano plástico Ingres, es una absoluta excepción a su suprema regla, aquella que le impedía mirar la realidad, concretada con el espacio y el tiempo, a derecha o izquierda y, mucho menos hacia abajo, hacia el fango donde, en sus propias y reaccionarias palabras, sólo viven y hozan los gorrinos (¿Y los menos agraciados, están incluidos, Jean-Auguste?). Nada de eso le ocupa, la mirada siempre a las alturas, allí arribita donde fluctúan en gloriosa armonía las más delicadas y virtuosas almas bien arropadas en el interior de los más gloriosos cuerpos, allí donde impera la belleza inmaculada, la idealizada, (estilizada, pulida, corregida, depurada, en fin, hipócritamente falseada) gracias a la permanente labor de liquidación implacable de rectas y ángulos, o sea, de imperfecciones antiestéticas, granos, arrugas, pliegues o cualquier otra impureza que desafíe la imposición (justificada en la inexcusable necesidad del halago y la adulación insoslayable al comitente, que paga el pienso y, además, los placeres “impuros” de la carne débil) en el imperio absolutista  regentado por monsieur Ingres, el de la excelsa curva y las exquisitas formas lisas e infladitas (Botero, after) que distinguen a los cuerpos divinos “de la muerte”, en su inerte pintura.

ELOTRO



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2 comentarios:

  1. Espléndido artículo. Leyéndolo, me ha venido a la mente lo que, a propósito de la pintura y de las "etiquetas", escribe Beckett en El mundo y el pantalón. Y también Umberto Eco, que en su libro La definición del arte dice: "Y si alguien pretendiera que esto no es pintura ni tampoco escultura, no hay que preocuparse. Desde este momento podríamos presentar las bases de un concurso para hallar un nuevo nombre; pero, por favor, no hagamos cuestión de un problema terminológico".

    Salud

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  2. Siempre admiré mucho a Eco, pero hace tiempo que no le releo. Al viejo Sam sí que le tengo más reciente:

    Como presentación de su libro “El mundo y el pantalón” (1989), Samuel Beckett colocó este breve diálogo:
    EL CLIENTE: Dios hizo el mundo en seis días y usted no ha sido capaz de hacerme un pantalón en seis meses.
    EL SASTRE: Pero, caballero, mire el mundo y mire su pantalón.

    De eso se trata, de mirar "todo", y no generalizar a partir de la visión mutilida, de la que sólo abarca una parte...

    Salud y comunismo

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