lunes, 28 de diciembre de 2015

Bertolt Brecht en su casaca de cuero. (1)



“Algo interno que careciese de exterior no podría ser algo interno”. (Hegel)

A propósito de Brecht, y de las lecturas de picoteo que estamos repasando someramente en las últimas entradas del blog, aquí tenemos una descripción interna/externa realizada en la Alemania de aquellos años veinte, entreguerras, por un tal Willy Hass: “Llevaba una vieja, oscura, ajustada y gastada casaca de cuero, de esas que llevan todavía hoy los motoristas profesionales o los conductores que hacen largos trayectos. Pero debajo, al parecer, llevaba una camisa de seda muy cara, como sólo se la podían, y pueden, permitir los hombres con buenos ingresos. La cabeza solía llevarla rasurada al cero, como un condenado de Sing-Sing o un recluta”.
Por su parte, el propio Brecht, del que se decía que tenía un modo de hablar “apodíctico y pedantesco” escribió:

Yo crecí hijo
de gente acomodada. Mis padres
me pusieron cuello duro y me educaron
en las costumbres de quien es servido
y me instruyeron en el arte de dar órdenes. Pero
cuando fui mayor y miré a mi alrededor
no me gustó la gente de mi clase,
ni dar órdenes ni ser servido.
Y dejé mi clase y me junté
con la gente de la clase baja.


También nos proporcionó Bertolt abundantes datos, en un tono descarado y divertido, de su curriculum: “Vi la luz del mundo en 1898. Mis padres son de la Selva Negra. La escuela elemental me aburrió durante cuatro años. En los nueve años que pasé en el instituto de Augsburgo no logré hacer avanzar sensiblemente a mis profesores. Mi afición al ocio y a la independencia fue incansablemente subrayada por ellos. En la Universidad me matriculé en medicina y aprendí a tocar la guitarra”.

Aparte la coincidencia de fechas, la irremplazable y siempre determinante cronología de los adjudicadores oficiales de etiquetas, la obra de Brecht, por otra parte sin duda perteneciente a esa generación, se inicia cuando muere el “expresionismo”: es su continuación, su consecuencia directa. Contra la rebeldía individualista, anárquica y romántica de aquellos, Brecht desarrolla una obra crítica “concreta”, no abstracta (realizada desde el interior de las más reconditas estructuras del muy contradictorio ordenamiento burgués que, cómo él mismo aseguró, tan bien conocía), y sobre todo constructiva y social, con toda su carga de “historicismo” y pedagogía.

Brecht se negó a seguir el ejemplo de tanto colega “intelectual” que, en acto de autocensura política (“porque el intelecto y la razón son el ‘pecado original’ del hombre, la fuente de sus males”), imita el gesto del avestruz que esconde la cabeza en la arena y cree que así ha abolido la realidad exterior. Mientras que para Brecht, la categoría central de la praxis humana es la de la sabiduría, el cálculo prudente, la ponderación, la engelsiana “comprensión de la necesidad” o las “sensatas experiencias y ciertas demostraciones”, que decía Galileo.  El de Brecht, leo, es un teatro que “…lleva a dirigir al público allí donde el mecanismo de la historia desvela sus más escondidos y fantásticos instrumentos, hacia prácticas selectas, a agudizar y sensibilizar su crítica, sus capacidades de dialéctico discernimiento; a darle un medio de orientación en las contradicciones lacerantes de nuestra difícil historia. (…) No hay que olvidar, por último, el sentido de la polémica brechtiana contra la “obra de arte total” (teorizada por Wagner y reanudada por Reinhart).

Por su lado, Walter Benjamin sostuvo que ”el teatro épico es el teatro del héroe apaleado. El héroe no apaleado, no llega a la reflexión”, lo que con otras palabras nos lleva hasta otra contemporánea revolucionaria, Rosa Luxemburgo y aquello de: “El que no se mueve, no siente las cadenas”.




Recordemos también “la tesis lukacsiana del Expresionismo como fenómeno simplemente degenerativo y anarcoide ‘tout court’ de la sociedad tardoburguesa”. De tal manera que se podría decir que: “Brecht rehace la dialéctica idealista del Expresionismo, del mismo modo que –poco menos de un siglo atrás- Marx le había dado la vuelta a la dialéctica mistificada de Hegel”. Claro que este Brecht dialéctico y marxista dada su tempranera precocidad, no se puede decir que tardó en llegar, pero sí que se tomó su tiempo, aunque como el mismo afirmó: “El verdadero progreso no está en haber progresado, sino en progresar”. Y se puede comprobar que se aplicó el cuento hasta el final.

Brecht, a través de su dramartugia, poemas o ensayos, “denunció el proceso de alienación del hombre en la sociedad de masas, su reducción a “número”, a valor fungible e intercambiable, en suma, a mera cantidad”.  Nos muestra “la desconsolada soledad del individuo en la aglomeración cada vez más caótica (véase la pintura: “Metrópolis” de George Grosz) de la sociedad moderna”. Una sociedad que el propio Brecht calificaba de “antisocial”. Una obra que lejos de cualquier pesimismo fatalista apuesta, en un tono paradójico, satírico-social y didáctico, por un camino de lucha, un camino que permita escapar del cerco de una organización social opresora, en pos de una auténtica comunidad humana y no de “un montón de autómatas” (véase el film “Metrópolis” de Fritz Lang).

Brecht nos revela, con agudeza brechtiana, el significado de “la “moral de la fábula” debida a la propia organización burguesa de la sociedad, y de camino por qué el capitalismo necesita el idealismo, no sólo como cobertura ideológica, sino como instrumento para aumentar los beneficios, para llevar hasta el máximo la explotación”. Y en esta línea, leo, que: “Brecht no ha creído jamás en el marxismo por fe, por un ímpetu de entusiasmo: como experto desconfiado artesano, se dio cuenta de que en él había encontrado un instrumento capaz de penetrar muy a fondo, más a fondo que cualquier otro, en la trama del mundo moderno, en las relaciones humanas, en la sustancia de nuestra civilización” (…) “…porque no puede, ni debe,  olvidarse el frío heroísmo de su obra, que se purificó en la ascética llama de despiadado análisis crítico dirigido, por lo menos indirectamente, contra sí mismo, contra sus propios gustos, contra el mundo de su propia formación intelectual y sentimental”…

ELOTRO

“Las imágenes de la mañana y de la noche conducen a errores. Las épocas felices no vienen, como la mañana, después de una noche bien dormida”.

(La mayor parte de las citas entrecomilladas proceden de: “Bertolt Brecht” obra biográfica de Paolo Chiarini /Ediciones Península.  Y “Teatro de Bertolt Brecht” de Editorial Arte y Literaratura de Cuba).


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