Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

miércoles, 11 de noviembre de 2015

A vuelapluma



Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.
(Carlos Marx)

En algún sesudo y muy reconocido marxista he leído, refiriéndose a la dialéctica, algo así como “…y vaya usted a saber lo que es eso”. Según Gramsci: “la dialéctica es una lógica en sí misma, esto es, una teoría del conocimiento” y añade: “…hay que remontarse a las fuentes culturales para identificar el valor exacto de los conceptos, porque bajo el mismo sombrero puede haber cabezas diferentes” e insiste: “Identidad de términos no significa identidad de conceptos”.

Ya lo creo, y quizás por eso el sesudo Manuel Sacristán, que además era un gran admirador de Gramsci y poco partidario de polémicas fútiles y ociosas, invitaba a “concretar”, en todos los campos, de forma precisa, con juicios probados y decisivos.

Porque efectivamente bajo el mismo sombrero podemos encontrar la cabeza de Heráclito, Platón o Aristóteles; o quizás la de Fichte, Hegel o Marx o Plejanov, o aquella “dialéctica enriquecida” que nos legó Lenin, Lukács dixit… la que por lo leído en Lenin y Gramsci no encontraríamos nunca es la de Nikolai Bujarin, adialéctico hasta el tuétano: véase sin ir más lejos su famoso manual ‘Ensayo popular’ lleno de juicios superficiales, acríticos, mecanicistas y extremadamente genéricos.

En fin, la necesaria “historicidad” que nos permita conocer “el valor exacto del concepto “dialéctica” en cada cabeza o grupo social y momento histórico “concretos”. Y que nos permita “distinguir las cuestiones de terminología de las cuestiones sustanciales y viceversa, lejos de la confusión ‘abstracta’ característica del diletantismo filosófico”.

Para los griegos antiguos, la dialéctica, era una técnica o método de conversación (para Platón método de investigación por el procedimiento socrático de pregunta-respuesta) basado “en las cosas que se empujan unas a otras oponiéndose”, o sea, en la unidad de los contrarios, en la contradicción, que reconocían y valoraban como de naturaleza dinamizadora: en constante proceso de superación sintética de tésis y antítesis  (el automovimiento del que posteriormente habló Marx, para quien la dialéctica era la esencia de la materia y de la historia). El propio Engels escribió que: “Los ‘instrumentos intelectuales’  no han salido de la nada, no son innatos al hombre, sino adquiridos, se han desarrollado y se desarrollan históricamente”. Insistía Lenin: “Asimilar todo lo valioso de la anterior evolución y elaborarlo críticamente”. Y Marx : “Solo conocemos la realidad en relación con el hombre y, así como el hombre es devenir histórico, también la conciencia, y la realidad y la objetividad son un devenir…” O sea, un proceso dialéctico, racional, lógicamente coherente, que no descuida ningún argumento positivo o negativo que tenga algún peso para posibilitar la redondez del razonamiento (no la incesante remasticación de “frases hechas”), nada que ver con conceptos fijos, fosilizados, inmutables en el tiempo, y catalogados; ni con secuencias mecanicistas y repetitivas, ni con falaces fenómenos y “devenires” cuyos mecanismos los hacen fácilmente previsibles.

Lukács escribió: “Lo que diferencia decisivamente al marxismo de la ciencia burguesa no es la tesis de un predominio de los motivos económicos en la explicación de la historia, sino el punto de vista de la totalidad. La categoría de totalidad, el dominio onmilateral y determinante del todo sobre las partes, es la esencia del método que Marx tomó de Hegel y transformó de manera original para hacer de él el fundamento de una nueva ciencia“. Así: “El dominio de la categoría de totalidad es el portador del principio revolucionario de la ciencia”; pues la consideración de la totalidad propia del método dialéctico es la referencia al conocimiento de la realidad como acaecer social.

La dialéctica, un ‘instrumento intelectual’ que nos permite utilizar lo racional frente a lo místico, contraponer la ciencia a la superstición. Y así explicar y comprender en su totalidad la compleja y contradictoria realidad en la que interactuamos, en la que estamos inmersos para, en definitiva, poder iluminar y guiar nuestra acción, nuestra conducta, para incidir en la historia  haciendo más eficaz nuestra praxis transformadora. Que es, desde el punto de vista revolucionario, de lo que se trata.

ELOTRO

En el comienzo fue la acción
(Goethe)


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