sábado, 21 de marzo de 2015

vender... vender... vendernos...





“El sentido común, el torpísimo sentido común, suele predicar que más vale un huevo hoy que una gallina mañana”.
(A. Gramsci)


Vender nuestra fuerza de trabajo, vender nuestro tiempo, vender nuestros órganos y nuestra sangre…¿qué será de nosotros si un día no encontramos comprador? Cosas como éstas se me ocurre preguntarme en plena faena digestiva, y preguntas similares me vienen a la mente constantemente leyendo, con la cabeza gacha, “El comité de la noche”, última obra de la “extravagante y doctrinaria”, la crítica del bando vencedor dixit, y todo apunta a que es de esas que no se enmiendan, Belén Gopegui.

Digo con la cabeza gacha porque paréceme a mí que es la manera más habitual de abordar la lectura que la mayoría del personal practica, vaya por delante que mi menda el primero.

Me explico. Pienso que leemos con la cabeza gacha debido al enorme peso que la mollera, digo cualquier mollera más allá de la calidad de sus componentes y accesorios, soporta. Sea de vacío nihilista o de fervorosa basura fanática. Somos recipientes, contenedores atiborrados de material propagandístico hegemónico: textos, imágenes, anuncios, sonidos, ruidos, guasaps, sms, tuits, manuales de uso, blogs, prospectos medicinales, impresos oficiales, esquelas, prólogos, libros de autoayuda… bazofia prometedoramente alimenticia y apetitosa pero mayoritariamente sosa e  inútil, y voluminosa y muy pesada, por otro lado lastre por origen casi siempre ineludible.



Gopegui cita a la gran Nina Simone y su canción “Revolution”: “El único modo de levantarnos es que quites tu pie de mi espalda…”, en fin, otra manera de hablar de cabezas gachas, de los que pisan, de los pisoteados, de las estatuas, de las peanas, de los intereses antagónicos, del malvivir de los muchos…
Cavilando, recapacitando y razonando sobre lo leído (creo que el truco consiste en no dejarse llevar por la vertiginosa velocidad – “Esa velocidad que sólo te deja pensar en la velocidad”- que todo lo (des)gobierna y arrastra, incluido nuestro -aquí me da la risa- peculiar “saber y hacer”, y a la que neciamente nos sometemos porque sí, sin pararnos –¿menos agobio con más lentitud?- a pensar u ofrecer la más mínima resistencia: “porque así son las cosas aquí y en todos lados”, “porque así discurre y hace todo el mundo en estos dinámicos y acelerados tiempos” que nos ha tocado la dicha -¡sí, tristón amargao!- la dicha de vivir. Y otros cienes y cienes de lugares comunes que -¡con nuestro consetimiento activo o pasivo!- se nos enquistan dentro y que cada uno, supongo, puede añadir a capricho.), y fijándolo, es como realmente se fragua la personalidad del lo que aquí podríamos llamar -¿pedantescamente?- el lector atento, minucioso, paciente, concienzudo y exigente también, y sobre todo, consigo mismo. Y es así como tarde o temprano se da uno cuenta –alguno habrá que ni por esas- de que existe, al menos, otro tipo de lectura: con la testa despierta y erguida. Sin tampoco excederse en el ángulo de elevación de la mandíbula, digo como si sonase el himno y nos enfocara una cámara con multimillonaria audiencia.



En la novela de Gopegui -negra, thriller, de espías, política, panfletaria…- he encontrado ecos y más que ecos de “El tercer hombre”, de Graham Greene, ¿recuerdan la Viena de posguerra y el estraperlo de penicilina adulterada y los conflictos morales y políticos? O de John Le Carré y “El jardinero fiel” y su manera de construir y desarrollar los sinuosos meandros de sus tramas argumentales. Hay además citas “políticas”, de Primo Levi, Roque Dalton, Cavafis o del guerrillero urbano brasileño Carlos Marighella, que no son precisamente pegotes culturetas embutidos como relleno –esos que ahora tanto se estilan entre los escritores de éxito-, sino que armoniosamente encajan, enriquecen y lubrican el muy fluido mecanismo narrativo.

No falta en la obra la historia de amor, ni las historias de desamor y rupturas, “doctrinarias, extravagantes, feministas y marxistas” (por supuesto, según etiquetan y estigmatizan los señores críticos guardianes del canon cantante y oficiante). Y la potencia de las dos protagonistas femeninas (qué le vamos a hacer, la mirada de Gopegui no reproduce la imagen patriarcal, convencional y dominante que padece “casi siempre” sobre los variados escenarios la representación femenina. Cuando no la ausencia.)  deja, a todas luces adrede y en contraposición, algo disminuido y ensombrecido al habitual, tradicional y principal componente del triángulo, el personaje, como no, masculino, en este caso, de oficio escribidor. (Claro que con las autoras de postureo transgresor y recalcitrante y  feminista. ya se sabe, se resisten irracionalmente al sacrosanto canon Patriarcal, Apostólico y Romano).



Gopegui sitúa aparentemente, para el caso con todas las letras, la trama principal en Eslovaquia, capital Bratislava, pero nuestra ya erguida cabecita sospecha que está hablando de Móstoles, en la comunidad madrileña (o similar).  Algo sabemos de esos buitres privatizadores, conocemos a esos mafiosos corruptores y sus prácticas chantajistas, sabemos de su vileza y falta de escrúpulos y de su ciega codicia criminal. Hace siglos que adulteran alimentos, fármacos o cualquier tipo de productos que consuma la plebe sin importarles lo más mínimo las consecuencias criminales, y todo con el único fin de aumentar sus rendimientos, su ganancia, su lucro. Si no hay escasez, la crean; si un servicio público funciona con eficacia, lo sabotean; si alguien no se somete a su chantaje o entorpece la operación “legal” de rapiña, lo borran. Conocemos sus nombres, su abolengo, su calaña y sus militancias mafiosas y políticas, su capacidad corruptora y represora, por mucho que la autora los haya rebautizado con nombres y apellidos eslovacos. Supongo que será para cubrirse, por la “Ley mordaza”, que también escribe, ¿no?
Es broma.
No digo la puta Ley del meapilas opusino y sus compadres del gobierno rufián.


Vender nuestra fuerza de trabajo, vender nuestro tiempo, vender nuestros órganos y nuestra sangre, plasma, pellejo…
¿Hasta cuándo, picha; hasta cuándo, chocho?


ELOTRO

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“El sujeto del conocimiento es la clase obrera en lucha”.
(W. Benjamin)


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