Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

miércoles, 4 de marzo de 2015

Notas a pie de contexto “Blanchot”.





La verdad, si no es de propia mano, es difícil de reconocer. Por eso varias veces he intentado darle una forma escrita. Y así de camino trato de distraerme. Ella hablaba poco, pero como más adelante tuve ocasión de comprobar, tenía en cambio facilidad para escribir. Y yo que hablo hasta por los codos, carezco del más mínimo talento para “redactar”. En fin, se hará lo que se pueda.

Dicen, lo he leído por ahí, que hay un tiempo para aprender, un tiempo para comprender, un tiempo para ignorar y otro para olvidar. Cuatro tiempos, como en el baloncesto. Pero claro, en ese caso concreto fue una imposición de las televisiones por motivos estrictamente publicitarios, que son los que mandan. Y aunque la vida de cualquier persona tiene, sin más remedio, una estrecha relación con la publicidad y consumismo más o menos compulsivo, -no perdamos el hilo y vayamos a lo nuestro- a la hora de poner por escrito una historia, creo, también puede ayudar ajustarse y apoyarse a una estructura, digámoslo así, temporal-conceptual.

La conocí en el curro, allí podemos decir que comenzó “el tiempo de aprender”.  Luego supe que ambos nos habíamos incorporada a la empresa el mismo día, pero entonces creía que el único nuevo era yo. Su sola visión, la primera vez y ese fue el momento culminante, me produjo un sentimiento de vértigo y extravío. No era guapa ni tenía un cuerpo espectacular y no había llegado a escuchar el eco de su voz, pero así sucedió y no me pregunten el porqué. Nos cruzamos en un pasillo, y el corazón me dio un vuelco, se me encogió, así que paré en seco, quedé paralizado, disimulé con una oportuna fotocopiadora que había junto a la puerta del almacén. No me había ocurrido nunca, y quedé aterrado por la certeza, sí digo bien, certeza, de haber caído en una especie de trampa, digo que me sentía atrapado. Aquello resultaba muy, pero que muy raro. Para colmo desde aquel momento su presencia cercana me era necesaria hasta un extremo que resultaba difícil de explicarme a mí mismo.
La espiaba cada jornada. Al principio, cuando me veía sorprendido, me escondía; pero pronto me dejé ver adrede. Ella había caído como una avalancha sobre mi vida, todo lo que yo había sido hasta entonces quedó sepultado. Quedé traspapelado y ofuscado. Y como abducido.



El “tiempo de comprender” a mi modo de ver corría lento, por decirlo así. Mi desorientación iba a más. Ella, por su parte, se hacía la tonta, y continuó durante bastante tiempo con su papel de persona insignificante, digo que no se significaba. Por mi parte barruntaba demasiadas interpretaciones de lo que ocurría o me ocurría, acompañadas siempre por mi sempiterna incapacidad de elegir alguna de entre ellas. Yo podría interrogarme, pero seguramente sin poder responder. Sospechaba  que mi ausencia o mi presencia pasaban igualmente desapercibidas para ella. Buenos días, una miradita, una sonrisita, hasta mañana y eso era todo por su parte. Ni rastro de esa mirada con la que uno hubiera deseado ser mirado.
Ella ni pedía ni daba nada, había poco donde agarrarse. Toda su persona exhalaba una gran indiferencia. No había nada entre nosotros, nada ni nadie, y menos aún una remota posibilidad de ese “nosotros”. Hasta un punto que sólo dejaba sitio a la espera. Esperar, ¿sin hacer nada útil? ¿Cuál es el papel que debo representar? Me preguntaba, ¿Qué se espera de mí? ¿Están mis preguntas de un lado y sus respuestas de otro? Me dominaba un sentimiento de desamparo que se acrecentaba incesantemente. Siempre fui alguien absolutamente insuficiente. El tiempo de comprender fue un tiempo de incomprensión absoluta.



El “tiempo para ignorar” comenzó, debo confesarlo, como una maniobra en defensa propia. Me empujó el deseo de aligerarme de ese deseo, y aligerarme de mí mismo. Romper los vínculos, ciertamente unilaterales, que me ligaban a ella. Pero no todo había pasado todavía. Un día, a la salida, me invitó a tomar un café. Yo en plena faena de repliegue, quedé turulato. Y ella lo notó. Algo, qué podía saber yo, le había insuflado una sorprendente clarividencia y seguridad en sí misma. Debajo del velo de sus propias palabras, y el tono, el timbre y el ritmo, pude comprobar que había detectado el “tiempo de ignorar” y, con las mismas, decidió tomar la iniciativa. Nuestra primera salida. Invitaba ella. Sus órdenes, me dije nerviosito perdido.




Y al mismo tiempo que empecé a conocerla se inició “el tiempo del olvido”. En una mesa junto al ventanal éramos como dos figuras mal asentadas, vigilantes, en pleno desencuentro. Era el suyo un silencio que me pesaba hasta la asfixia. Cavilé que ella era seguramente capaz de pensarlo todo, de saberlo todo, pero, por añadidura, que ella misma creía que, para los demás, no era nada. Una vez más debió de leerme el pensamiento y rompió a hablar. Me miraba con los ojos fijos en sí misma. Me pareció que tenía la debilidad de una mujer absolutamente infeliz. Una debilidad sin medida. Cuando me habló sobre su vida pasada daba datos muy precisos, demasiado precisos se diría. Una prehistoria de la que no deseaba hacerme una idea. Daba la impresión de que descubría y se descubría en sus propias palabras. La encontré más próxima, aunque también más separada. Se describió como una mujer de trato difícil, nada indulgente, cruel e implacable con todo lo que no soportaba. Pero, a veces, añadió, tengo infinitos recursos y una paciencia que me atrevo a calificar de maravillosa. Confesó que la horrorizaban los modales refinados; casi lo que más. Salvo en la más estricta intimidad, añadió, nadie debería engañarse a sí mismo.
Mientras la escuchaba con extrema atención, me sentía como un par de orejas atravesadas y prendidas con alfileres. Pegado a ella, que era todo desapego. Por otro lado, el peso con el que constantemente me había cargado, el peso del silencioso rechazo, se iba poco a poco disipando al paso de aquel  torrente de palabras, que fluía como esa tos que no consigues dominar. Has de saber que no deseo que las cosas se prolonguen, concluyó.

Por última vez la miré, pero sin verla… se me atragantó la mirada.

Aún ahora, ella no está completamente ausente, queda su borradura, y con ella sigo tropezando.

ELOTRO  (& Blanchot)



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