Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

lunes, 16 de marzo de 2015

Mirar no es ver





“No me agrada la gente que entra en calor con esperanzas huecas”.
(Simone Weil)


Mirar no es ver. Pero Galileo (por otra parte un hombre absolutamente modélico) se apropió adrede y fraudulentamente (unas cucharaditas de intriga y unas gotitas de engaño) del gran invento holandés o alemán o, lo más probable aunque en este caso no hubo ni siquiera intención de patentarlo, gerundense (citan a un tal Juan Roget): el telescopio. Cierto que los mercaderes venecianos le acuciaban: ¡invente usted algo útil, algo que de beneficios! Y casualmente, -las casualidades son el mayor aliciente de la vida- aunque sin el más mínimo desgaste para su incansable y herético cerebro, se cruzó en su camino el dichoso tubo óptico… pero ni por esas. El canuto de las lentes (aparato absolutamente indigno de confianza… nivel celestial), aún manifiestamente mejorado, no cambió “cristianamente” las cosas acerca del inamovible centro del universo: Mirar no es ver. Y nuestro imprudente científico fue duramente advertido y… severamente golpeado, cual pupilo indócil, en los nudillos. Y sólo quedó en eso gracias a que oportunamente se retractó ante los intransigentes y pirómanos cardenales de la ultra-fanática  Inquisición. Después se abandonó sensatamente –o más bien sería decir que se escondió- a unos cómodos años de nihilismo-pedagógico-universitario y encendió durante años velas a una especie de   diosa placentera de la pasividad etílico-tripuda. Las cosas pueden dar un giro inesperado, se decía, entre toma y toma, para darse ánimos de cuando en cuando… y acertó, pero éste tardaría quinientos “cristianos” años. Los bastardos inquisidores, personajes comiquísimos por otro lado, se toman su tiempo.






A poco que te fijas, la calle te ofrece multitud de instructivos y entretenidos lances o sucesos: “Tenga cuidado con la cabeza, mi señor”, y, a continuación (aquí un redoble de tambor) y sin encomendarse a dios ni al diablo, el mi señor encoge, ipso facto, la cabeza. ¡El amo arruga el pescuezo y su carga ante la exhortación del criado! Es entonces cuando el perrito pequinés del enano tramoyista da tres cortos ladridos de aprobación y levanta con entusiasmo su pata delantera derecha. Por mi parte, simple espectador accidental, reconozco que no sé a cual de ellos encontré más estupendo. Lamentablemente la emoción partidista  suele ofuscar mi ya de por sí escasa clarividencia. Aplaudí con ganas, al menos hasta que bajó el telón. Inútilmente esperé un bis. Lo que por cierto me dejó bastante afligido.





La propiedad emplea con la servidumbre lenguajes cada vez más esotéricos. Sus motivos tendrá. Conocen todas las formas de manejar las cabezas. Y llegado el caso de echarlas a rodar y, del tirón, convertir el evento en un espectáculo para la chusma no literalmente descabezada. Que además lo agradece con su entusiasta asistencia y sus ladridos de petición de cadenas. Ahí está la historia “oficial” para confirmarlo. Una “Historia” que con una vista tan mala ve tanto, es de admirar. Todo es caricatura. La verdad es que no puedo imaginarme otra verdad. Ya saben a donde quiero ir a parar. Por mucho que digan que nunca he salido de Königsberg. Pues sépanlo, todos los martes. El martes es mi día fatídico. Ese día sólo pienso cosas desvergonzadas. Que no publico para no despistar. Sin el suelo de Königsberg bajo la planta de mis doloridos pies, mi cabeza está perdida y queda a la deriva. Mamá decía siempre: no pienses tanto niño, que debilita el organismo. Y aunque no toda, mamá tenía mucha parte de sinrazón. No se puede pensar impunemente durante quinquenios con tanta profundidad y luego salir a la superficie elogiando la superficialidad de las cosas. “La piel es lo más profundo que hay en el hombre”, dice el poeta Valéry. Claro que con los poetas ya se sabe, como he leído que le decía Goethe a Eckermann el 29 de enero de 1827: “Para escribir en prosa hay que tener algo que decir. Quien no tenga nada que decir, siempre podrá componer versos y rimas, donde una palabra lleva a la otra y siempre termina por salir algo que, aun sin ser nada, logra dar el pego”.  Claro que para dar el pego no sólo hace falta un emisor convincente y persuasivo, sino que resulta imprescindible un receptor completamente idiota. Y estos últimos, como sabe hasta el más cretino, no abundan. La petulancia no es hoy un problema, los imbéciles han perdido su espanto. Lo que no hace tanto era un sacrilegio ha quedado en broma insignificante. Sí, reconozco que me han vencido, me han vencido con mi consentimiento.

ELOTRO


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Dices tú de la seriedad del compromiso de los intelectuales:
“A la llegada de los dividendos, desaparecen los pensamientos elevados”. (E.M. Foster).



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