sábado, 14 de marzo de 2015

“Grabados y Marcos”, un relato.





“Grabados y Marcos”, anuncia a los cuatro vientos el cartel de la fachada, fondo color azafrán, tipografía en relieve color azul turquesa muy pálido. También, en el interior, se exponen para su venta piezas de artesanía hechas a mano por amigas y colegas, telas pintadas, cerámica, abanicos, ánforas, anillos de oro del que cagó el moro, pulseras de marfil, pantuflas bordadas, silbatos tallados en madera de saúco, sombreros de paja, papel o lana y mil cachivaches más que se amontonaban  en los escasos metros cuadrados del desmadejado local de techos, eso sí, altos y abovedados,

Aquella mañana de principios de invierno en la que ya no se veían grullas por el cielo y el frío picoteaba con saña en el “cartón” de su despoblada testera, Ramiro levantó el mohoso cierre enrollable  media hora larga más tarde del horario oficial de apertura al público que publicitaba el metacrilato atornillado a la derecha del portal.

La verdad es que nunca abría la tienda a su hora. Y además lo hizo como de costumbre en estado algo achispado. El café con chorrito y las discusiones político-futboleras  y otras misceláneas en la taberna de Nicolás siempre terminaban alargándose más de la cuenta. Tanto le daba al uno y al otro o a los ocasionales contertulios.




Pero contra lo acostumbrado, aquella mañana, esperaban a pie firme junto al soportal dos mujeres, una joven y una menos joven, que parecían un poco impacientes y algo malhumoradas, se supone que por la tardanza del comerciante minorista. Sobre todo se le notaba el malhumor a la menos joven que, a pesar de llevar un pañuelo de esos palestinos atado al cuello, no podía ocultar, dicho sea sin ofender, las arrugas y manchas en el cuello y el canalillo que delataban, a pesar de su esbelta y fibrosa figura, su avanzada edad. Nada que ver con la gloriosa y tersa pechera que se adivinaba bajo la ajustada camiseta verde sin mangas que lucía la más joven y que, al primer golpe de vista, ya había deslumbrado los vidriosos ojitos de nuestro chispo tendero.

Una vez dentro del angosto local, fue la longeva, quién si no, la que tomó la palabra. Con mirada desafiante e infatigable lengua soltó una deslucida perorata que, a fin de cuentas, puede muy bien resumirse, Ramiro dixit, en lo siguiente: tenemos muchas paredes y queremos cubrirlas con grabados enmarcados buenos, bonitos y, sobre todo, muy baratos. No está la cosa… usted ya sabe. Y que sean originales –numerados y firmados-, con mucho colorido y que se entiendan, nada de abstractos o surrealistas. Mientras la vetusta soltaba su economicista arenga, al guayabo todo parecía interesarle, sus ojos pasaban con premura de pared a pared y de un objeto a otro sin hacer distingos con los diversos productos y oficios artesanos.



Aquel bombón de pelo ensortijado y culo respingón emitía un seductor brillo cegador y Ramiro quedó tan encandilado con sus múltiples encantos que hizo falta un grito interrogante de la hembra  vejestorio para hacerlo aterrizar de nuevo, “¿Qué, tiene o no tiene usted de lo que le pido?” encuestó la matusalén, a lo que Ramiro, rascándose la calva con una mano y la barriga con la otra, trató de contestar desde su azorado aturdimiento farfullando algo así como… “que sí… que creo que sí… que por supuesto que sí… que si les parece vamos a ir viendo carpetas y escogiendo los grabados y luego, repito que si les parece bien a ustedes, buscamos a cada obra su moldura y passe-partout más adecuado”.

La pequeña seguía sin pronunciar palabra -¿sería mudita?- y no paraba de escrutar con su itinerante mirada y cuando le parecía con su no tan delicado tacto, todos y cada uno de los productos que estaban expuestos o malamente tirados. Todos no, los grabados originales de Ramiro  ni sueltos ni enmarcados parecían interesarle lo más mínimo. De hecho se desentendió completamente de la selección de los aguafuertes, linóleos o puntasecas y sus correspondientes  marcos y abandonó al desconsolado  Ramiro en la abrumadora compañía de la yaya canalla.



Así las cosas, Ramiro, que evidentemente no supo ver a tiempo la jugada, trató de abreviar la penosa faena y ofreció a la decrépita sus mejores grabados y marcos a unos precios más que baratos, ruinosos. Todo por no alargar la agonía que significaba la cercanía de la una y la lejanía, en todos los sentidos, de la otra. Y, claro, en esas ventajosas condiciones, no tardó la nana en dar por bueno el presupuesto y abonar prontamente el acostumbrado 30% de señal.

Ramiro, tras tanto grabado, passe-partout, moldura y cristal, y que si a ver este con este o este otro con el de más allá, que no, que sí, que probemos con aquellos de tonos más huesos y sin bisel… se acabó sintiendo la criatura, y con razón, como acorchado, embotado, obnubilado e incapaz de poder porfiar calidades o precios… sólo deseaba que aquella insufrible fase del bipolar episodio terminara de una vez por todas y que, por fin, la adorable Lolita regresara de su interminable y alejado fisgoneo y le liberara con su cálida luz, de la oscura y fría compañía de aquel experto tratante cardo borriquero que le tenía apresado y casi asfixiado entre sus viriles garras. Y así fue.



Sólo al final la esquiva rapaza se acercó al mostrador y, agarrándola del pescuezo, le cuchicheó al oído algo a la virago que, después de mirarla a su vez de arriba abajo con cierto desdén, le agarró la cabecita con sus dos huesudas manos y le atornilló un largo beso con lengua que, desde la triste y privilegiada posición de Ramiro, tuvo visos de llegar a ser de duración eterna…, a su debido término la maritornes le ordenó secamente a Ramiro, “envuélvele el pito-pene de madera de saúco a la nena que se ha encaprichao”.

A Ramiro, que estaba completamente sonao, no se le ocurrió otra parida que preguntarle a la ninfa ya lenguaraz si lo quería en papel de regalo o… “No se preocupe abuelo, que me lo llevo puesto”, replicó la ahora parlanchina morritos calientes…  y del tirón pagó la machorra y fuéronse ambas triunfantes, silbantes y cogiditas de la mano.

Ramiro, que se arrastró al quicio de la puerta, no dejó de mirarlas hasta que la parejita desapareció en lontananza,  tenía nuestro tendero los mofletes surcados por varios lagrimones que desde luego a él, según le confesó posteriormente a Nicolás el tabernero, no le parecieron totalmente de infelicidad.




El pedido, a pesar de la señal, aún nadie ha pasado a recogerlo.

Todavía.

Ramiro no se desanima, día a día se le ve más endurecido, ha salido de su primeriza reclusión y se pasa el tiempo, en estricto horario comercial, en la puerta de la tienda adentrando su escrutadora mirada en la oscura calle de la realidad. Mientras, al caer la tarde y cuando se alargan las sombras y el viento sacude el follaje de los árboles… Ramiro se repite, una y otra vez, que hay, empero, consoladoras excepciones.

Y espera.

Mientras tanto se lo pasa con Nicolás, el tabernero, que también anda de llorón últimamente, aunque éste si que no suelta prenda del porqué de la cosa. En fin, cosas de parejas.

ELOTRO



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