Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

jueves, 26 de febrero de 2015

Solía refugiarse en el mutismo...




“Nunca he escrito otra cosa que ficciones y soy perfectamente consciente de ello” (…) “Pero creo que es posible hacer que funcionen ficciones en el interior de la verdad”.
(Michel Foucault)


Casi nada lo distinguía de los demás, la verdad sea dicha. Pero cuando se abría la esclusa, era el único que quedaba en su sitio, que no cambiaba de nivel. Y aquello incomodaba, y mucho, al resto. Por lo visto había algo que ofendía en aquel rasgo distintivo, una especie de superioridad aristocrática en esa manifestación tan peculiar de invariabilidad, en esa singular e inexplicable inmutabilidad que marcaba distancias con sus supuestos iguales, por no decir de nivel, digamos de escalafón. Claro que él desconocía el mérito, no se había movido, seguía exactamente en el mismo sitio, en idéntica cota; más bien había sido la línea del horizonte, que obviamente no estaba al alcance de su mano, la que había variado de rasante. En este caso su acostumbrado silencio, solía refugiarse en el mutismo, no pasó inadvertido entre sus, digamos, visiblemente agraviados colegas.

Pero a él no eran estos compadres, al fin y al cabo compañeros de sacrificios y reclusión, los que le preocupaban. A un nivel u otro, no sólo físico sino también jerárquico, todos ellos eran tan iguales o desiguales como mostraba el hecho incontrovertible de su obligada permanencia bajo la estricta vigilancia y disciplina, y en su caso castigo, que maximizaba el dispositivo panóptico de aquel espacio físico que  les proporcionaba, de rebote, “gratuito” cobijo y manutención.

Bajo ese gran ojo tan invisible como omnisciente, las respuestas individuales, pongamos “de nivel”, al juego de esclusas con mando a todas luces remoto, deberían, pensaba él, resultar absolutamente irrelevantes a efectos de política de aliados: vigilantes guardianes a un lado, cautivos, con sus distintas penas a cuestas, a otro. Y quizás porque así pensaba, y al gran ojo ya debería de saber que no se le escapa nada, había sido premiado sorpresivamente con tal inútil singularidad.
Más tarde pensó, en silencio y ahora sí  disimulando, que bien mirado, aquella gracia envenenada y no pedida; y en apariencia graciosamente concedida, no era tan inútil, había dado ciertos frutos; había conseguido excluirlo y aislarlo, aún más y contra su voluntad, de sus compañeros de rancho y clausura, de sus aliados naturales. El poder, se dijo, no suele realizar movimientos sin meta. Dotándome de un supuesto privilegio, a los ojos de los demás, he quedado públicamente marcado, señalado, destacado como si de un escogido privilegiado se tratara… un favorito, en cierto y oscuro modo, del poder. Y, en consecuencia, un más que probable submarino infiltrado en sus filas, por otro lado de apariencia absolutamente sumisa y obediente. En fin, el repugnante retrato de un tipejo a evitar.




Sin embargo no parece que la maniobra haya funcionado tan eficazmente con todos. Al poco, cierto ángulo ciego me ha permitido la recepción de un mensaje revelador: no soy, me dicen, la primera víctima de tal artimaña. Se me recomienda paciencia, la respuesta que el ojo que todo lo ve debe registrar, es la del éxito sin paliativos de su añagaza. Así debe de ser y así será. A su debido tiempo, concluyen, recibirás un nuevo mensaje, aprovecha esta temporada de exclusión, mientras seas un apestado para la mayoría, y te garantizamos que con toda evidencia así será, el Gran Ojo, creyéndote solo y desactivado, relajará muchos grados la vigilancia sobre ti, no dejará de verte pero sí de enfocarte. Que hayas sido elegido por el enemigo como “objetivo” prioritario a inutilizar, nos ha llevado a pensar, hay precedentes, que puede merecer la pena el sacrificio de muchos compañeros en maniobras de distracción y despiste que previsiblemente serán violentamente castigados, para permitir que tu “trabajo” pueda ser llevado a cabo en unas mínimas condiciones de “intimidad”. Esa es nuestra ayuda y esperanzada apuesta en términos de reciprocidad pura. Perdona la extensión, pero debes de comerte el papel concienzuda e inmediatamente. Salud.


Lo guardó en un bolsillo. Las molestias de su estómago seguían su curso con su habitual severidad. Había que proseguir el combate incesante, se dijo sin mucha convicción. Leyó y releyó. Arrastrado por el viejo deseo de discernir entre lo verdadero y lo falso. Se había pasado la vida yendo y viniendo, corrigiendo y corrigiéndose, matizando y matizándose… eso gasta, quema. Pero el mensaje estaba ahí, eso bastaba…


ELOTRO



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