miércoles, 18 de febrero de 2015

Que la mano que escribe ignore...





“¡Que la mano que escribe ignore siempre el ojo que lee!”, escribió en su diario Jules Renard. Lo que precisamente me empuja a preguntarme a qué ojo-lector estaba destinado tal aforismo.

También cabe la posibilidad, ahora que lo pienso, de que el ojo llamado a ignorar fuese el propio, que es el primero que lee, el del mismísimo autor, digo el ojo de la autocensura. El ojo de la autocensura doméstico-económica, o sea, el ojo del omnipresente y omnisapiente “mercado” en donde nuestro autor “vende”, si cuenta con los obligatorios “medios intermediarios”, su mercancía. (Esto mío con el lenguaje connotativo va a ser que no tiene cura).

Al fin y al cabo todo autor depende le guste o no de una clientela, de unos consumidores con unos gustos, intereses y valores morales determinados, a los que no es prudente, “el cliente siempre tiene la razón”, contradecir ni hostigar, enfadar, ofender o cabrear en demasía. No es que todo tengan que ser halagos pero…ojito, mucho ojito con lo que no se debe decir, no se debe hacer, no se debe tocar… En otro de sus espléndidos aforismos Renard lo dejó muy clarito: “Para triunfar, has de echarle agua a tu vino, hasta que no quede vino”.

Es, paréceme, una metafórica manera de plantear con sutil crudeza las ineludibles leyes que impone el Mercado, o sea, la constatación empírica de la exigencia de acatamiento preceptivo de ciertas e irrenunciables “renuncias” (so pena de marginación “en off”, ninguneo faltón e invisibilidad  mediática garantizada de por vida, que se dice pronto); la pragmática y sumisa adaptación a “sus” reglas, a “sus” contenidos, a “sus” formas… y así poder integrarse armoniosamente en el todopoderoso tinglado del Mercado. Una vez integrados (bajo el disfraz de apocalípticos también vale), colaboran con sus propias “mercancías del conocimiento” al caos circulatorio en las redes y circuitos de desinformación, cretinización e incomunicación multilateral muñidos y organizados por quienes todos sabemos,  a escala global, autonómica o provinciana.

Así las cosas y tras la siembra los frutos, con un poquitín de suerte, no se hacen esperar, ya en el “monedero”, ya en el estómago del fiel intelectual-vasallo  tan babosamente comprometido con sus propios e inexcusables principios de quita y pon, o intereses personales de idéntica índole si fuere menester. Pero no nos pongamos perdonavidas, hay que entender a estas acoquinadas criaturitas, lamer tienen que lamer, es su principal condición “intelectual”. La otra es nada de incomodar al poder establecido sea éste el que sea, eso también.

En unas sociedades tan complejas como las nuestras no es nada fácil ejercer de intelectual. Además es un espacio en el que abunda el intrusismo y tales pendejos, digo los intrusos, no se suelen dar por aludidos cuando se les manda a hacer gárgaras. Así nomás. Tampoco es tarea tan simple distraer a la opinión pública de los verdaderos problemas. Digo que no debe de estar tan tirado hacerlo bien, sin que se note para qué intereses enturbian, ensucian y ennegrecen los hechos que configuran la realidad. Y eso renta, y mucho. Cierto también que abundan las armas de adoctrinamiento solapado que el Sistema pone a su disposición, además del hecho incuestionable del permanente estado de embobamiento anestesiado en el que mantienen al público objetivo: el grueso de  la tropa de compulsivos consumidores, incluidos aquellos abducidos (vaya usted a saber por quién o qué) que presumen de tener, desde chiquininos, inquietudes seudo-intelectuales; y demás votantes más o menos “aproblemados” o directamente tarados de esos que un buen día se pueden olvidar sin querer hasta de respirar… aunque eso sí, todos ello realmente contantes y sonantes.




Ahora bien, las quejas (lamentos, quejidos, llantos…) de los intelectuales orgánicos-pesebristas no parece que vayan exactamente por ahí. Dicen, por lo bajinis, que se sienten muy mal pagados, por el lado materialista de los emolumentos y por el costado emotivo y pasional del reconocimiento institucional y su correspondiente estipendio vitalicio. Son gente delicada, sensible, anímicamente impredecible y muy vulnerable, a la que los agravios comparativos (¡ya está dicho carajo!), revuelve de mala manera el sistema digestivo. Y se les nota cantidad. Nada les disgusta más que el hecho de verse sobrepasados en el escalafón, (¡real o imaginario, pero nunca ficticio!) por cualquier obsequioso culito contraído o manifiestamente descosido (por no hablar de busto, cintura y cadera) componente además de su propia quinta o, últimamente más y peor: mequetrefe sin pedigrí recién aterrizado. (Se sabe que Ortega y Gasset se ofreció graciosamente a escribirle los discursos a Franco, que ni tan siquiera hizo acuse de recibo. Sin embargo, el infradotado Julián Marías, palanganero mayor del propio Ortega, acabó redactando los del “Campechano”. Así se escriben los discursos de la historia.)


Reclaman un cortés respeto a los quinquenios de servicio sacrificado (intelectual-utillero, costurera-delatora, secuaz-desbaratador, hincha-infiltrado, cabeza de turco y de harina, cabeza de puente sin causa y además colgante, cabecita loca a secas…) e incondicional ofrecido a los sucesivos mangoneadores oficiales del submundo cultural y científico y, del tirón, alguna consideración, a ser posible  tangible o cuando menos convertible, que les permita despuntar entre tanto bisoño que no da la talla ni para suplente y para más INRI con ínfulas de  Super-genio… y no, rotundamente no, por ahí no pasan los veteranos con el culo pelao de chupar guardias y banquillo, de púber p’arriba todo bicho viviente, intelectual o ser inferior, sabe de sobra que la kriptonita anda muy pero que muy escasa y no es precisamente barata si le da por aparecer entre los terrícolas.

En resumidas cuentas, con la intelectualidad ocurre lo que con todo reptil o invertebrado, “primero el rancho, segundo la pitanza y en tercer lugar la manduca… y luego, si eso, el ethos, o la moral por un lado y la ética por otro…  que tenga a bien dictar la mano que generosamente me alimenta”. ¡Y si además esa dadivosa manita con cinco dedazos le encumbra en la posteridad, (esto último reconozco que es de mi cosecha) es más que presumible que se la coma a lametones! ¿No dicen que en la reciprocidad está el placer?

(A no confundir intelectual rastrero-adulador con intelectual lameculos-mediocre -éste último, que no gasta taxímetro, sí puede optar a marqués-. Aunque no preocuparse, existen letras-sillones para todo tipo de elegibles -bien es verdad que con salvoconducto reglamentario firmado y sellado-,  en la Real Academia de la Cosa. La cosa, ya pueden colegir, es saber apandar -¡incluso ante notario!- algo más que un sillón académico).


ELOTRO



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