Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

jueves, 22 de enero de 2015

Mr. Turner, la peli.



Acaso el ojo sea lo que enciende el universo. ¿Hacia dónde? ¿Hacia dónde?

(William Turner)


Se nos muestra a un J.M.W Turner (1775-1851) de aspecto y maneras porcinas, muy tosco y grosero tanto cuando gruñe, pinta, come o cuando folla. Copia física y gestual casi exacta de su padre, con el que comparte techo, el otrora famoso barbero de Covent Garden.

“Ayer fui a la barbería que está cercana al Ponte delle Tette camino a la iglesia de San Cassiano. El babero es un hombre con una enorme nariz enfermiza (los veintiséis bocetos serán clasificados y rotulados como "estudios sobre una rinofima"). Hubiera querido tratar esa protuberancia de cerca, si fuera posible con lentes de fuerte aumento. En el descanso, sobre el pequeño hueco que antecede a la curva exponente de pulpa carnosa, un extraordinario ramillete de pequeñas venas violáceas sobresalía; un espectáculo que la propia enfermedad brindaba como testimonio de su estrago. La belleza de ese racimo era atroz y conmovedora. Había visto algo semejante en los hongos que proliferan en los maderos del muelle; y así como en aquella oportunidad volví con una espátula a los muelles para llevarme el acontecimiento a mi taller, habría querido esta vez arrancarle al barbero ese tesoro de su nariz para llevármelo y tratarlo, hasta obtener la aprobación de Reynolds.”
(William Turner)




Da gusto ver a padre e hijo zamparse en comandita una lustrosa, previamente afeitada, carrillada. Soplar también sopla lo suyo el mister a lo largo de la peli. Cuando entre escapada viajera y ausencias misteriosas cae por  su casa-estudio siempre anda escoltado por su polivalente ama de llaves portando una copa de licor. Papá Turner se encarga de comprar –y regatear- y preparar los colores al óleo, de montar y preparar los lienzos en los bastidores, de comprar las viandas… por su parte la solícita ama de llaves lava, friega, cocina, recibe o despide a las visitas y, como anda coladita por nuestro pintor –que no la acompaña en lo sentimental-, también se deja frotar o encular cuando viene a cuento… ya digo, polivalente.




“El peso de la luz sobre los objetos contiene al mundo. Se trata de un poderoso faro alejado de todas las costas a las que arribamos.”
(William Turner)

La película está salpicada de postalitas, de imágenes “bonitas” que “pretenden” reproducir algunos de los más famoso cuadros de Turner. Lamentable e infructuoso empeño, es lo que menos me gusta de la cinta. La fotografía, aunque sea en movimiento, es otra cosa, es otra luz que contiene otros mundos. Esto es algo que a estas alturas ya debería saber un tipo que filma una película sobre un pintor. En fin, quizás sin las “postales”, la película perdería “taquilla”. De eso si saben más que nadie. Viene aquí a cuento el episodio del “daguerrotipo”, magnífico, en el que Turner se enfrenta a la milagrosa caja con lente, y cree ver el fin de la pintura… aunque, afortunadamente, el color aún es un asunto no resuelto…




El fuego conversa con las aguas más pobres. Una llama es un desvío.
(William Turner)

No faltan otros “lugares comunes” en las pelis sobre artistas geniales: el niño de papá rico imbécil. Que ya desde su más tierna infancia la criatura sabía, entendía, percibía… y lo explicaba a los corintios y a los obtusos a las mil maravillas. Todo, incluso lo inexplicable; lo inexplicable incluso para el autor de la cosa. Ya de mayorcito, y con el “autor genial” libando y alucinando por lo que tiene que escuchar de boca del estúpido vástago de su mecenas, reclama la complicidad y el aplauso para con sus pamplinas –como el vil ataque a Claudio de Lorena para exaltar al sonrojado Turner-  del propio, y bien estipendiado, autor. El genio de Turner, con la bolsa y el buche lleno, sale por peteneras de la mansión del aristócrata. A la reina tampoco le gusta su pintura, se nos apunta y, claro, también hubo de soportar burlas y ataques de la sociedad  “bienpensante”. Por el contrario al poderoso magnate fabricante de plumines de acero “Gillott” sí, y le ofrece a nuestro Turner una fabulosa cantidad de libras por toda su obra. Entonces el tacaño Turner, mezquino y rácano con su mujer e hijas, con su ama de llaves, con sus colegas y amigos y consigo mismo, da un no rotundo por respuesta al prepotente potentado. Donará su obra, proclama, al Estado,  para que permanezca siempre junta y pueda ser contemplada por el pueblo gratis. Ahí, junto a las postalitas, queda eso.

“Deterioro del cuerpo: perdida progresivas de la vista, dolor en uno de los pies, dificultad para mantener el tronco erguido, inadecuado comportamiento donde haya más de tres personas, baja tolerancia a los condimentos, irritación de la cadena sanguínea, palpitaciones, erupciones exquisitas en la frente, en los talones y en los dedos de los pies, problemas digestivos, insomnio. A cada uno de estos desencantos le he atribuido un color.”
(William Turner)



El evidentemente sobrealimentado Turner era un gran caminante. Se levantaba antes del amanecer y nuestro andarín recorría la ciudad, el campo o el mar –atado al palo mayor, como Ulises, para mejor ver “la tormenta”- armado con su cuaderno de notas y esbozos en busca de luces, colores e inspiración.
Paseante mirón y arramplón, sí señor, y amante de la música de Purcell, y comilón y bebedor, y enamoradizo, y gozador en casa y en los burdeles…
un tal Mr. Turner…

ELOTRO



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1 comentario:

  1. Espléndida sinopsis. Y, en mi modesta opinión, acertada crítica.

    Salud

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