martes, 13 de enero de 2015

Luciano Canfora “Una profesión peligrosa”




Cita Luciano Canfora a  
“Eduardo Ruffini uno de los doce catedráticos italianos que no juraron fidelidad al fascismo… de 1.213”


Leo un librito de mi admirado Luciano Canfora titulado “Una profesión peligrosa”, que añade el siguiente subtítulo: “La vida cotidiana de los filósofos griegos”.  En la contraportada se puede leer:
“Sócrates fue condenado a muerte por sus conciudadanos: el acontecimiento es tan célebre que eclipsa las otras tragedias que golpearon a los filósofos griegos. Hacer del pensamiento una profesión, cuestionar el orden de la ciudad y del mundo, significa exponerse a peligros extremos. Además de la muerte de Sócrates hay que mencionar el destierro de Jenofonte, Platón vendido como esclavo, las amenazas que se cernieron sobre Aristóteles y las desgracias de Lucrecio… (…) en el Egipto helénico, la neoplatónica Hipatia fue brutalmente asesinada por una multitud de fanáticos guiados por el obispo de Alejandría…”

Antes de entrar en materia ya queda claro que era toda una profesión de riesgo, esta de filosofar cuatrocientos años a. C.
Más parece que acabamos de leer la sinopsis de una novela de serie negra: delaciones, amenazas, juicios, condenas a muerte, asesinatos… y todo ello sólo por pensar, por interrogar, por indagar… sobre la vida, la política o, entre otros innumerables asuntos, la religión. En concreto a Sócrates, según nos cuenta el joven Platón, “ lo hicieron comparecer por ateísmo”. Y por ello fue condenado a muerte.

Nos cuenta Canfora que Sócrates pudo evitar su muerte tanto antes de la sentencia como después de ésta. Antes porque pudo huir de Atenas y exiliarse, pero eso no iba con él, no se veía “viviendo” fuera de su ciudad, de su “lugar”. Como pez fuera del agua. Y añade Luciano esta impagable cita: “A la pregunta de Stalin: “¿Usted habla en serio cuando dice que quiere irse al extranjero?”, Bulgákov respondió después de una pausa: “He pensado mucho, en estos últimos tiempos, acerca de si un escritor ruso puede vivir fuera de su país, y creo que no, que no puede.”





Y después porque algunos de sus perseguidores y acusadores –antiguos amigos, compañeros o discípulos, más o menos arrepentidos o con mala conciencia- habían organizado un plan de huida hacia el exilio que ofrecieron a Sócrates y este rechazó.

Un sujeto coherente este Sócrates, que seguro no ignoraba el riesgo que comportaba la coherencia política, ética y moral (ethos, por entonces). Ya su impertinente costumbre de interrogar él mismo, en lugar de someterse a las preguntas de los “irritados” otros, le había acarreado más de alguna paliza, moratones, tirones de pelo y patadas… “Si me hubiera pateado un asno, ¿acaso lo habría llevado a juicio?” (Sócrates, sobre su puntual violento interlocutor-pateador). En fin.

El caso es que acabó siendo condenado a muerte, 280 votos contra 220 que le absolvían. Aún se sorprendió de la escasa diferencia de votos a pesar de la infame campaña orquestada contra él. Incluso durante el juicio nunca ocultó aquel dejo de superioridad “magistral” que solía adoptar, y por supuesto tampoco intentó edulcorar sus palabras. Sócrates había quedado políticamente marcado desde el mismo momento en que se opuso, y fue el único, a actuar por encima de la ley, como reivindicaba “el pueblo soberano” que se auto-atribuía el derecho de estar “por encima de la ley” (el “demos” sobre la “ley”), exactamente, con un valiente gesto de insubordinación marca de la casa y cuestionando explícitamente lo anterior, dijo: “No haría nada que no estuviera en conformidad con la ley” (Subraya Canfora que estas son las únicas palabras de Sócrates –ya que nada dejó escrito a lo largo de su vida- que quedaron registradas en un libro de historia contemporánea a aquellos acontecimientos).




En aquella Atenas, políticamente denunciada por Sócrates como una “fábrica de consenso”, nuestro filósofo nunca intrigó en busca de cargos públicos relevantes, y siempre fue rigurosamente fiel a su opción a favor del diálogo y de la indagación –que se realizan de viva voz- por encima de la aserción y la certeza. Y se enfrentó, casi en solitario a “…esas ‘minoritarias élites’ organizadas, cuyo éxito radica en convencer a la ‘mayoría’ de que está ejerciendo su propia voluntad soberana como ‘mayoría’ ”. Desde nuestra perspectiva histórica ya sabemos lo que ocurre: “una mayoría que, aunque equivocada, vence por su condición de mayoría”. Y fue precisamente esa mayoría “fabricada” por la hegemónica “élite minoritaria” –el cerebro que en la sombra dirige todo el montaje- la que actuó como implacable verdugo.

ELOTRO

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Y la famosa “cama de dos almohadas” (en los extremos opuestos) de Alcibíades, ¿contaba también –a izquierda y derecha- con dos orinales?
(ELOTRO)


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3 comentarios:

  1. En un artículo titulado La funesta manía de pensar, dice Eugenio Trias:
    "El que piensa, el pensador, el que usa y maneja su inteligencia (y al que suele llamársele "intelectual"), provoca con frecuencia trágicas y terribles suspicacias."
    Apuremos la cicuta, amigo.
    Salud

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  2. Curiosa esa cita de Eugenio Trias, la verdad es que nadie, ni siquiera el "poder", puede negar lo que afirma o sugiere...

    Lo que más llama mi atención es el "autor-filósofo", el tal Trias, su "curiosa" trayectoria, su inquietante deriva desde la temprana militancia en el OPUS, pasando luego al PSUC (sólo un ratito) y más tarde gozando la nuite con los señoritos de mierda de la gauche divine, colaborando con Savater, Azúa..., para acabar de antinacionalista catalán en las filas del nacionalismo españolista del partido de Aznar... digamos que esta sabandija, Manuel Sacristán y Gregorio Morán nos ilustran sobre su "praxis", es lo menos parecido a un pensador que pueda inquietar al poder... más bien resulta uno más de los lacayunos que han fortalecido, a cambio de un generoso estipendio, la llamada Cultura de la Transición... desde luego a los que mandan no les ha hecho ni cosquillas... más bien se trata de eso que se denomina un intelectual órgánico (es este caso de tercera clase)... aunque, pienso yo, a este mequetrefe le queda incluso grande tal denominación... en fin, cosas mías... y perdona la tabarra...

    Salud.

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  3. De tabarra nada, has expuesto las cosas como fueron y como son. Todo lo cual, en mi opinión y a pesar de su autor, no resta verdad a la cita.
    La lista de lacayunos es tan extensa como profunda la puñalada trapera asestada por la denominada Transición. Y no lo digo en sentido figurado.

    Salud

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