Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

lunes, 22 de diciembre de 2014

Escribir que no se puede escribir…




Robert Walser: “escribir que no se puede escribir es también escribir”.

Pues eso, dejad que os escriba. El caso es que yo no tengo un tío que me cuente historias. Juan Rulfo respondió a un periodista que cansinamente le pedía explicaciones sobre su abandono de la literatura, al menos de su publicación, y Rulfo, quizás por quitarse al pelmazo de encima, confesó: “Es que se me ha muerto el tío Celerino, que era el que me contaba las historias”. Y ahora leo que el gran Bohumil Hrabal también tenía un tío, este llamado Pepín, que no sólo le proporcionaba historias para contar sino que era una mina de ese “lenguaje coloquial” que tanto enriquece las obras de Hrabal (ver “Clase de baile para mayores). Lo cierto es que, a poco que escarbes, te das cuenta de que el saqueo ha sido siempre práctica habitual de los más variados artistas y por eso, “nada, absolutamente nada, resulta ser como habías pensado que era”.

Hasta el mismísimo Shakespeare lo practicó con avaricia sobre los escritos de sus lejanos, y no tanto, predecesores, no sólo los griegos (lo que no ha impedido al erudito crítico Harold Bloom, que conoce estas fuentes mejor que nadie, hablar del genio de Stratford como “el inventor de lo humano”), para más tarde él mismo, digo su “palimséptica” obra, servir de alimento supuestamente “originario”, y no siempre delictivo, a tantos “beneficiarios” postreros (en la poesía, el teatro, la novela, el cine, la pintura…)   

Y, en otro orden y oficio, el joven Miguel Ángel llevó la apropiación y el saqueo hasta el extremo del fraude, con aquellas copias de esculturas griegas, cucamente mutiladas y envejecidas, que el muy pícaro enterraba bajo tierra “idónea” a modo de suculento y falsario anzuelo… esas cosas que había que hacer en aquella “juventud perdida” porque había “otras” cosas más urgentes: comer ( “Primero viene el rancho, luego la moral” que escribió Bertolt Brecht).





Sócrates “en ocasiones el silencio es más importante que el logos”. (Sobre esta cita, ¿mejor guardar silencio?).

Puede ser una manera distinta de decir callando o de callar diciendo. El discurso público de la razón o la elocuencia interior del silencio, o, dicho de otra manera, el “aparejado” lenguaje “entre lo de afuera (logos) y lo de adentro (silencio)”. ¿Acaso el “silencio” (crudo) es y el discurso (cocido) “parece” ser? ¿No proliferan los discursos hacia fuera que cargan silencios adentro? La relación, cruda o cocida, del adentro y el fuera resulta “parecida” a la indisoluble pareja de contrarios que forman la luz y la sombra. Acaso el cocinado y público discurso banalizador del mal no acaba consiguiendo “silenciar” la existencia de la soportada (sólo “adentro”) por cada víctima, pero “desapercibida” (para el “público”) barbarie. ¿No se “racionaliza” campanudamente la irracionalidad? ¿No se está calificando como “términos comunicacionales” a los eufemismos de toda la vida? Podríamos preguntarnos también si existe un término o punto medio entre el silencio y el logos o más bien, como dice el poeta, “el punto medio es el punto miedo”. O sea, la errata.



“Estaba más preocupada de su estado interior que de los objetos que lo causaban”. (Jean- François de Bastide)

¿Una nueva manera de nombrar la relación contradictoria entre el fuera y el adentro? Estado interior causado por objetos exteriores, lo que vendría a demostrar la (inter)relación dialéctica entre el silencio y el discurso y viceversa, ¿no? “Paradójicamente un discurso político colmado de aporías acaba resultando para los votantes del llamado  “centro sociológico” (el que hace ganar o perder) de lo más viable y racional”. Ya decía Marx que para el “entendimiento” del mal llamado sentido común, la propia ciencia aportaba numerosas paradojas. Y ponía como ejemplo la composición del agua formada únicamente por dos gases altamente inflamables. Filósofo es ser cabezota, dijo Sacristán que decía Russell. Cosa que vale, razón necesaria aunque no suficiente, para el discurso filosófico pero (más allá de cabezonerías y voluntarismos por muy parte de la realidad que puedan ser), no sirve para el silencio científico, que sólo debe romper a “hablar razonablemente”, entiéndase en público, cuando la realidad realmente existente, los hechos objetivos, validan su antigua tesis convertida de manera positiva en “razón práctica”.


ELOTRO



*** 

No hay comentarios:

Publicar un comentario