Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

sábado, 8 de noviembre de 2014

Entretanto: entretantear…






Entretanto: entretantear…


Olvidé pasar por alto una cosa, una única cosa. Una puta cosa. Olvido que ella no olvidó ni olvidará. Yo tenía otras cosas en la mente. ¿Qué cosas? Cosas olvidables, seguramente. ¿Por qué no puedo dejar de pasar por alto las cosas que no debo de olvidar? Supongo que porque todas las cosas son un poco olvidables, me digo a mí mismo de camino, o de cabeza, al próximo olvido. Ella no lo ve así, definitivamente, no lo ve así o no quiere verlo así.

Las embestidas sobre su coño, esas sí, inolvidables para mí. ¡Qué aterrizajes! “Venid a crucificarme (entiéndase “empalarme”) señor”, gritaba. “¿Venid?”, le preguntaba yo haciendo como que miraba perplejo en todas direcciones. “¡Hacedlo -exclamaba-, dejaos de tanta charlatanería y haced lo que os mando de una puta vez! ¡Vamos mamarracho, esa lanza a su sitio!”. “Señora, sin faltar, se lo ruego. Aquí ofrezco presto “mi asunto”, aviso que extremadamente sensible, a su mano; para lo que guste. Sepa, mi ama, que es de las que llaman multiusos, utilizable ciertamente como lanza o en su caso como manguera de desagüe succionable, eso, a capricho del usuario. Si cree vuestra señoría que me lo estoy inventando, le ruego tocar y masajear cuanto quiera y, una vez arriba, si me permite la expresión y la ejecución, ahondaré en “ello” (referido a ella), introduciendo toda la parafernalia dentro de su cuerpo; y, si así lo desea, puede probar como supositorio-vibrador o también a entubarse y degustar recién ordeñada -¿la agarra?-, la tibia pócima de la casa. Tiene mi palabra de que si elige esta opción su sed no será colmada más de lo estrictamente necesario. De esa manera podrá juzgar y decidir a sabiendas y con el buche lleno –que es como se deberían tomar todas las decisiones importantes-. Si, por un casual, no queda satisfecha la señora, puede reclamar in situ la devolución de sus efluvios o, si lo prefiere, la repetición de la jugada en lecho neutral”. “Y dale con la cháchara –protesta-, mira –señala mis ingles con su dedo- lo que has conseguido: el encogimiento del miembro, éste sí que es astuto, éste si que te conoce, y prefiere no gastar batería mientras te engolfas en tus soporíferos mítines. Pero, dime chaval, ¿A qué estamos, a trinar o a follar? Anda y trae pa’cá la manguera” -reclamó de manera tan poco cortés-, “que la degustación en cuestión no está en cuestión. No la pienso perdonar. No lo voy a hacer. Es para mí un gustoso deber”. Cuando le interesa es expeditiva: se agacha, se arrodilla y… Con la boca llena, con el “inmencionable” adentro, se acabó, claro, la amonestación verbal. Y ya en plena faena es para verla,  da la impresión de que le gusta mucho, como si nadie le hubiera ofrecido nunca manjar parecido. Ella no deja de darme la vara: “Tú has sido un falo luminoso para mí” y yo no dejo de darla por el culo “y por el decoro”. En ese trance les juro que me hacía sentir que yo era también ella, y soñar que ella era ella y gozaba de ser también yo. Puede parecer una chifladura pero no bromeo. Al poco rato, -según ella insistentemente  dixit- “ya voy, ya voy… ¡¡Me corro!!”.
Y tras el completo vaciamiento toda cosa mía quedaba debilitada hasta el extremo de la inutilidad. Entonces, mi mirada buscaba refugio en el suave estremecimiento –o quizá temblor- de sus pechos mientras con esmero enjuagaba en la palangana mi pañuelo o, en su falta, un calcetín de papá.

Pues así todo. Cuando mi querida antagonista se desataba, solía comportarse de un modo excéntrico, y yo, qué remedio, le hacía los coros. Pero, si en alguna ocasión se terciaba comentarlo, me acusaba como escandalizada de tener una imaginación prevaricadora, retorcida y calenturienta. Son así de guarras. “En público, no me llames perra, llámame sabuesa”, me decía, en privado, para zaherirme. Sobre su oportunista amnesia selectiva ni una puta palabra, en público, se entiende. Y ustedes se preguntarán por qué me prestaba a ese juego tan hipócrita y humillante; pues muy bien, ahí va: por motivos carnales más que, aunque también, románticos. Esa es la triste verdad.

Afortunadamente, aunque muy tarde, grabé algunos de nuestros encuentros. Como en la peli: “sexo, mentiras y cintas de video” pero con cámara oculta. Comprenderán que lo hice, por eso digo que afortunadamente, por estrictas razones de salud mental. Salvo el cielo, único testigo aunque ya saben que algo remiso a comparecer como testigo en trifulcas de parejas, nadie –hombre, mujer o cosa- que nos conociera -¿conociera?- o nos hubiera tratado poco y lejos o mucho y cerca, hubiera dado en su caso el más mínimo crédito a “mi versión” de los hechos. Es lo que tiene el trabajarse sin desmayo, cada hora de todos los días, la “imagen conveniente” entre la mafia “fáctica” de los votantes bienpensantes. De no haber sido por los vídeos, aquí el menda habría acabado extraviado por esos platós, de tertuliano gritón y amargado. O de costalero a sueldo de algún zoquete famoso. Chantaje audiovisual mediante, y entre ridículas angustias y ridículas congojas, sigo cohabitando -y cada vez menos follando-, con la prenda de la lideresa “oficialmente” puritana. ¡Menuda sabuesa está hecha la muy perra!

A todo esto, ¿Saben qué olvidé pasar por alto? Yo tampoco, olvídenlo, olvídenlo, no es importante y sí puede ser desquiciante… aunque espero que “mis olvidos” sepan dónde encontrarme…

Entretanto: entretantear…


ELOTRO (and Lish)


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P.S.: Anoche, al volver a casa, la encontré frente al plasma visionando las cintas. Tenía los ojos húmedos y enrojecidos y la nariz mocosa y enrojecida y en la mano, hecho un gurruño, el socorrido calcetín de papá… sin siquiera mirarme me dijo que se había tomado la libertad de situar la cámara un par de palmos más cerca del suelo… el picado, añadió, no solo jibariza las formas sino que alude a la mirada de los entrometidos dioses del celeste… Pos vale, alcancé a gorgojear…


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