domingo, 2 de noviembre de 2014

Autobiografías que produzco y de las que al mismo tiempo soy fruto, producto.




Autobiografías que produzco y de las que al mismo tiempo soy fruto, producto.

Los arquitectos del poder de los EE UU deben crear una fuerza que pueda sentirse pero no verse. El poder seguirá siendo fuerte mientras esté en la sombra; si se le expone a la luz empezará a desvanecerse”.
(S. Huntington citado por Chomsky).

Algunas cosas que escribo son inventadas, no digo sólo por mi. Otras son, lo que no quiere decir que sean tal como son, autobiográficas. También me apropio de fragmentos biográficos o caprichos inventados por amigos, enemigos  y conocidos más o menos neutrales o sin calificar. Luego lo mezclo todo, lo trastoco y lo  vuelvo a barajar y una vez bien embarullado, lo titulo. El título es en cierta forma el tapón de la botella y la etiqueta. En muchos casos más importante que el propio mensaje-bebedizo embotellado. ¿Recuerdan ese gesto tan peliculero del que después de echarse entre pecho y espalda un buen trago, a morro, cierra violentamente los ojos, se golpea con la mano libre repetidamente el esternón  y, tras soltar un sonoro y desgarrado bramido, se pega cual miope el casco a las narices e indaga pistas en la etiquita acerca del brebaje que acaba de ingerir? Sí, lo hace después. Lo hace cuando probablemente ya es demasiado tarde. Como siempre hacemos. O casi siempre nos llegan las oportunidades. Este si que les juro es un tinte auténticamente autobiográfico. O demasiado pronto, salida en falso y pistoletazo descalificador, o demasiado tarde y por lo mismo na de na. Tanto da a la hora de la cosecha. Tener razón con antelación es lo mismo que estar equivocado, decía autobiográficamente Yourcenar por boca de Adriano en sus inventadas “Memorias de Adriano”. Y esta es otra, encontrar o más bien tropezar con tus datos autobiográficos en los libros y las pelis que “producen” los otros. Los otros son todos los otros: amigos, enemigos, conocidos, desconocidos, de tu bando, de la trinchera de enfrente, infiltrados disfrazados de independientes transversales...




El apropiacionismo no conoce, y si conoce no respeta, fronteras temporales ni espaciales. Y ya no digamos si privadas o públicas o concertadas bajo mano. “No somos nadie” repetía incansable Juanito, administrador único de ultramarinos “Casa Juanito”, mientras nos preparaba, al “gallo” y a mí, “el pescailla”, un bollo con mateca colorá o Tupilan, a elegir por el mismo precio. Cuando a tus nueve o diez años escuchas ese tipo de expresiones tan vacías y sentenciosas como ininteligibles, ¡no de tarde en tarde sino cada tarde!, de boca de un viejo charlatan, ¿tendría cuarenta tacos?, con pringoso mandil e indefectible palillo entre irregulares y amarillentos dientes, ni siquiera haces por buscarle un significado. Total, a esa edad, tanto da manteca en verso que Tulipan en prosa, si el “Felipe el orejas” acaba por fin apareciendo con el único balón de reglamento realmente existente en el barrio.
Y, claro, nada que ver con el “Nadie es más que nadie” del proverbio castellano que tanto gustaba de citar Machado por boca de Juan de Mairena. ¿O sí?



Ya he vuelto a perder el hilo. Esto sí es genuinamente autobiográfico, ni que se trate de puntadas apretadas  o pullas zurcidas o sólo pespunte hilvanado. Me aturrullo y turbado acabo por tomar el primer camino que se ponga, ¿o nos ponen?, a tiro, y allá que me lanzo, a tragar millas, que se dice, que ya habrá tiempo si se tercia de leer la etiqueta. Claro que, diga esta lo que diga y conociendo a los etiquetadores, tanto da, ¿no?
Al fin y al cabo, otro conglomerado de realidad que deviene en ficción etiquetada.  ¿O viceversa?
Más vale reír, como si lo ignoraras todo; como si la ficción fuera tan jodidamente real como los hechos que oculta “bajo las estadísticas y las cifras medias”; como si hubieras encontrado tu sitio real en la bonita y “confortable” ficción que, voluntaria o involuntariamente, coproducimos los que a la fuerza “donamos” el “plustrabajo” y esa escogidísima mini-tropa  de propietarios de la tierra, las máquinas, los bancos, las armas  y los gobiernos… que no cesan de apropiárse ese trabajo no-pagado. La plusvalía, digo.





Tanto da?
Una tecla es un piojo?
Me constiparé en los muslos de mi amante?
Quiá!


ELOTRO

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La responsabilidad de los intelectuales es decir la verdad y desenmascarar a la mentira.
(Noam Chomsky, “el rebelde sin pausa”)


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