jueves, 9 de octubre de 2014

¡Son los putos amos!, me refiero a los chinos.






¿Quién será poderoso a dar a entender que la defensa ofende, que los centinelas duermen, que la confianza roba y el que os guarda os mata?
Miguel de Cervantes, “Coloquio de los perros”.



Como dicen por ahí: ¡Son los putos amos!, me refiero a los chinos. Y no solo en el pequeño comercio, en la mano de obra barata  o en la captación a tocateja de las reservas de materia prima del planeta. También haciendo cine del bueno. “Un toque de violencia”, la formidable película de Jia Zhang Ke que comenté por aquí ya me dio mucho que cavilar.

Ahora acabo de ver “Black Coal”, guión y dirección de un tal Diao Yinan, (leo que ha ganado el “Oso de Oro” a la mejor película en el Festival de Berlín) y me ha parecido y así la he disfrutado, como una absoluta obra maestra. Un thriller, que así lo llaman los cinéfilos, que en mi opinión no tiene nada que envidiar a las grandes obras rodadas en Hollywood (en los años dorados por Chandler, Faulkner, M. Cain,  Huston, Wyler, Lang, Preminger, Cagney, Bogart, Bacall…  y tantos otros.) y que de propina aporta, pienso yo, numerosas y revitalizadoras innovaciones (digo en el qué –“ruido y furia que…”, ¿nada significan?- y sobre todo en el cómo: véase las tórridas y al mismo tiempo castas escenas de sexo o el “fuego” apoteósico del no tan “absurdo” final) al género negro o policíaco o como se diga. No me tengo por experto en nada y menos en cine. Me considero un espectador corriente y dotado de “tragaderas estándar” (además llevaba hasta hace un unos meses casi veinte años sin ver cine en el cine), de lo que se pone a tiro cada miércoles a un precio relativamente asequible para el “poder adquisitivo” (¿pillan el chiste?) de un desempleado también de lo más pobretón y corrientucho; aclaro esto para proclamar mis evidentes limitaciones y acotar fielmente “lo que ya tiene averiguado ‘mi’ experiencia”, que decía el clásico.




Otrosí: Una comparación odiosa (claro que para el lado norteamericano). Resulta que la semana pasada pagué por ver “La entrega”, otro thriller, de un tal Michel R. Roskam, protagonizado por el guaperas Tom Hardy y por mi admirado James Gandolfini (su trabajo póstumo) y del que no pensaba decir ni mu, porque para qué si salí del cine desinflado. Pero ahora, tras la gozosa y excitante visión de la peli china, viene de molde. El guionista de “La entrega” es Dennis Lehane, un escritor de éxito, de los que saca el libro y la peli, tanto en cine (Mystic River, Adiós pequeña, adiós o Shutter Island) como en series de televisión (The Wire…).  




Pues bien, el tipo se repite y así proclama su debilidad o su cansancio a la hora de escribir. Su guión es más que flojo, huele y sabe a refrito, a cosas ya sabidas, manidas, muy vistas (en el cine y en las series de la tele) y por eso tan previsibles. Dice que ha reelaborado, “a medida”, los diálogos de Hardy y Gandolfini. Y se nota. Al pobre Gandolfini le hace vomitar una serie de enrevesadas frases construidas además con una torpeza manifiesta (¿o será el traductor traidor?), probablemente debida, ya que no le vamos a regatear el meritoriaje de guionista de éxito, a un pretencioso y calenturiento afán por convertir cada carraspera del personaje en un golpe de efecto en nuestras mentes, en una cita “memorable”. Consigue exactamente lo inverso. Pero el ensañamiento del desequilibrado guión, por así llamarlo, con el personaje del guaperas Hardy es el paradigma de lo que no hay que hacer ni hacerle a ningún actor por muy capullo que éste sea y muchas ganas de hundirle la carrera que se pueda atesorar. Pero, ¿no habíamos quedada en que estamos hechos de palabras? Parece ser que Dennis engatusó a Tom diciéndole que él, tan inmenso actor, expresaba mucho más con su rotundo cuerpo y sus múltiples recursos gestuales, que con gastadas palabras. Y todo apunta a que coló, porque al camarero tarado –no menos que el policía con el comparte misa todos los domingos- que le ha tocado en suerte ¿interpretar?,  lo borda. Teniendo en cuanto que la insustancial, digo a estas empachadas alturas, trama base del thriller resulta asimismo archisabida (más de lo mismo como los escenarios de Brooklyn donde está rodada) y por lo tanto ni interesante ni entretenida. ¿Qué nos aporta? Menos que nada; para mí el balance final no puede ser otro: una tediosa y descomunal castaña.



Por el contrario la película china ha resultado ser un gozoso recreo “para los ojos del cuerpo y para el entendimiento”. Además Manchuria no es Nueva York, ni por el forro, además de que no la tenemos tan requetevista; y los otrora ineludibles héroes “de una pieza”, que forman parte de la vulgarizada “lógica aplastante” del relato literario y cinematográfico dominante,  no aparecen en escena alguna –si acaso algunos cachos-  ni, lo que es de subrayar, nadie los echa de menos. Los malos, a los que no resulta difícil confundir en el enjambre, por su parte no tienen nada de “super-villanos malotes” ni, si me apuran, siquiera resultan palmariamente villanos de los de oficio y beneficio. La fina ironía y el humor, a ratos grotesco, que envuelve muchas escenas del film (éste sí de una belleza extraordinaria, muy medida, lejos de toda improvisación), cumplen a la perfección su papel de “lubricante” en el delicado engranaje de la trama (que, fluir fluye que da gusto y de manera calmosa y con cadencia musical, tanto en las marchas largas como en las cortas, sobre todo en comparación con el “tempo” y el montaje “vertiginoso” que predomina en el cine americano de acción y del otro: ese frenético ritmo de rodaje y montaje que a unos enciende y a otros, entre los que me cuento, apaga.), pero que sin embargo y aún no he descubierto a santo de qué, la dota de una ágil y rauda velocidad de crucero que, cuando quieres enterarte, ya están los caligramas del alfabeto chino cubriendo la pantalla.



Y tú de regreso a la rutina acostumbrada, aunque eso sí, con un dejo muy, pero que muy placentero. E instructivo también, como le gustaba matizar al maestro  Raymond Chandler.

ELOTRO


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(PODEMOS) “…inferir que tanto peca el que dice latines delante de quien los ignora, como el que los dice ignorándolos”
Miguel de Cervantes, “Coloquio de los perros”.



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