Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

sábado, 18 de octubre de 2014

Sam Shepard y Bilge Ceylan, dos teatreros de cine.






¿Por qué temer que se sepa cuando nadie puede pedir al poder que ostentamos que rinda cuentas?
W. Shakespeare, “Macbeth”.



En mi última visita a las casetas de la Cuesta de Moyano pude recoger una buena cosecha de libros: “Edipo en Colono”, Sófocles. “El viaje de Pedro el afortunado”, August Strindberg. “Edmond”, David Mamet. “Macbeth”, William Shakespeare. Y “El verdadero Oeste” de Sam Shepard. Cinco libros de segunda mano, alguno flamante, por cinco euros en total. Teatro para leer. El único teatro al alcance de la calderilla de los “menos favorecidos”.
De un tirón leí la obra de Shepard, que es teatro que, en cierto modo, trata de cine, de guiones, de ladrones de distinto pelaje y de gentes “que aman, sufren, luchan, beben o ríen como seres humanos… Seres humanos concretos”.
Luego, como de costumbre, tocaba cine: “Sueño de invierno”, de Nuri Bilge Ceylan. “Una obra maestra”, proclama la publicidad del cartel, y por una vez, pienso que se queda corta. Es cine basado en teatro, o en cuentos de uno de los mejores autores de teatro, A. Chéjov. Así de “teatrero” se presentó el día.



En la pieza de Shepard (dicen que despertó al teatro cuando, en el colegio, leyó “Esperando a Godot” de S. Beckett),  que transcurre en el caluroso sur de California, el sonido o ruido de fondo lo producen los coyotes –una mezcla de perros y hienas- y los grillos. El fondo sonoro de un combate familiar (un triángulo vitriólico) en el que hacen acto de presencia dos hermanos (polos opuestos que acaban intercambiando sus respectivos y autodestructivos papeles) y, en la parte final, la madre, que también anda huyendo y tampoco encuentra “su sitio” (el padre también interviene –indirectamente- en la pelea, en el intercambio de “golpes”, pero no aparece “físicamente” en el ring). Por ningún lado asoma algo semejante a la alegría. El cuarto personaje, que no “fantoche”, es un productor de cine, tan real y tan “comercial” como los de la vida “americana” misma, y que suelta frasecitas de este calibre: “En este negocio los americanos hacemos películas. Películas americanas…Deja eso de “hacer cine” para los muchachitos franceses”. En esta moderna historia “del Oeste”, Shepard nos deslumbra con unos diálogos extraordinarios. “Tú nunca has sabido gran cosa de mí”… “Me decía, es él, es él el que tiene razón. Él vive la vida con toda intensidad, mientras yo me pudro aquí encerrado”… “Ninguno de los dos conoce de verdad el miedo del otro… Piensan que el miedo es sólo suyo… Pero siguen cabalgando en la oscuridad…  Sin saber nada… Porque ni el perseguidor sabe dónde le lleva el perseguido, ni el perseguido sabe a dónde ir…”… “¿Esperabas que te dieran un premio por ir a ver a tu padre?...A ti te gustan mucho las medallitas”… “Todos decimos lo mismo cuando nos llega el agua al cuello…todos”…



El verdadero Oeste que nos muestra Shepard, donde los caballos queman gasolina, está poblado por seres –llenos de fuerzas y flaquezas, nada de “modelos vitales”- universitarios o sin instrucción,  casados, abandonados, divorciados o solteros, y todos ellos, me refiero a los que tienen frase: confusos, aburridos, frustrados, agresivos e insatisfechos. Vamos, como en cualquiera otro de los puntos cardinales pero con marcado acento yanqui. Gentes que malgastan sus “solitarios” días bajo el doméstico techo y que nunca llegan (¿lo intentan?) a conocerse (¡No se puede tener todo en este mundo! Decía de sus lujuriosas enanas o jorobadas el fantansioso Baudelaire), aunque sí consiguen morderse o y desollarse entre sí con notorio ensañamiento: “No te molestes en explicarte”… “¿Y tú eres del género sociable?”… “Mi curiosidad no va tan lejos”... “Nos robamos en familia, es la economía de mercado, la competitividad ha llegado al mismísimo hogar, ¡Bravo!”… y así: Una fraternal pelea a toallazos”. Una manera de despiojarse echándole la culpa al otro… ¿En la vida real las cosas son de otra manera? Según los feroces papeles de Sam Shepard, como que no.
“Venga, intentemos seguir…”




Por su parte el “Sueño de invierno” está rodada en la Capadocia turca, donde la naturaleza se ha recreado consigo misma a base de bien, y donde, por cierto, no hay coyotes aunque sí hermosos caballos salvajes. Y, ¡cómo no!, turistas japoneses. Allí, en un acogedor hotel apartado del mundo, que no de las tarjetas de crédito de los nipones, transcurre la historia que nos ocupa. Una historia tan vulgar como interesante, universo Chéjov con pinceladas de Shakespeare, música de Schubert, resonancias de Dostoievski (e ingredientes de cosecha propia de los guionistas) libremente adaptados y sutilmente enhebrados en el guión por el director y su parienta, Ebru Ceylan. Y descansadamente narrada (y montada), brillantes diálogos y bellísimas  imágenes de paisajes desolados o, en su caso, interiores cálidos o fríos hasta la neumonía;  y claro, ahí “embobinados”, nos encontramos, al menos eso le ocurrió a servidor, tan a gustito que, a pesar de su larga duración de más de tres horas, la peli se hace muy, pero que muy corta. Leo que Jane Campion, presidenta del jurado del festival de Cannes que otorgó a esta película su máximo galardón, la espiga de Oro, aseguró que “podía haber estado viendo la película otras dos horas más”.



Afirma el director del film que le gustan mucho los diálogos y el teatro. Y se nota. Incluso cuando narra con esas poderosas metáforas visuales. Cada acto de la película es un paso más del proceso crítico (que en las hirientes réplicas devienen autocrítico) de destrucción de vínculos y relaciones y autodestrucción catártica. El personaje central, maduro actor retirado, escritor, periodista, empresario hotelero, filántropo “anónimo” pero controlador, experto en eludir “retóricamente” responsabilidades y en devolver, convenientemente embarrados y “enmelonados”, los balones “de culpa” que le llueven en su “propia” área, es además el casero que desahucia “sin conocer los lamentables detalles”; el marido que ata, anula y humilla, “inconscientemente”, a su jovencísima esposa; el hermano que aplasta y ningunea a la infeliz y aburrida divorciada; el poderoso que “concede favores como si fuese Dios en la cima de una montaña”… el intelectual, “concretamente humano”, consciente, para sus adentros, de su poquedad y dependencia, y aterrado ante un final de trayecto lleno de soledad “sin compañía” (¿subordinada?).



Aviso: Más de una pedrada de las que intercambian los personajes puede acabar descalabrando al espectador. Es lo que tienen los cuentos morales, (contados en los papeles, los escenarios o el celuloide, y desde cierta ética, claro).


ELOTRO

***

Y en los ojos de los hambrientos hay una ira creciente. En las almas de las personas las uvas de la ira están engordando y se vuelven cada día más pesadas, listas para la vendimia.
John Steinbeck, “Las uvas de la ira”.



***

No hay comentarios:

Publicar un comentario