Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

jueves, 30 de octubre de 2014

La desigual “pelea” de clases.




La desigual “pelea” de clases.

“El haber aprendido muchas cosas
no enseña a tener entendimiento”
(Heráclito)



La película se titula “DOS DÍAS, UNA NOCHE” y ha sido escrita, dirigida y producida por Jean-Pierre y Luc Dardenne, dos hermanos cineastas belgas que, según leo, se definen a sí mismos como: “una persona con cuatro ojos”.

Podríamos decir que es una película basada en la problemática  “mileurista”, pero con eso no diríamos nada o, mejor dicho, con eso contribuiríamos a la confusión reinante. Digo reinante, recuerden a esos monarcas belgas que viven en su “Castillo de Bélvèdere”,  porque al fin y al cabo la película es belga y su acción transcurre en Bélgica (ese pequeño país que se “confunde” cada día en tres lenguas distintas: francés, neerlandés y alemán, y un solo dios verdadero: el euro) entre trabajadores “belgicanos”, que diría el señor Allen.

Sin embargo y lo que son las cosas la actriz protagonista es de nacionalidad francesa, y leo que es también modelo y cantante y que ganó un oscar interpretando a Édith Piaf en “La vida en rosa”. Rosaoscurocasirojo es el color de las dos camisetas que luce “Sandra”, que así se llama la prota, en el film. Claro que como indica el título todo se desarrolla en un espacio de tiempo muy corto, un fin de semana; y en unos interiores, la casa, el coche, el pequeño vestuario y sala de taquillas de la pequeña empresa –sólo 17 trabajadores lo que “legalmente” les impide tener representación sindical-, muy reducidos.




La trama es muy vulgar, una mujer, “Sandra”, madre de dos niños pequeños que por razones que no se nos relatan ha estado dos meses de baja “por depresión”. Y cuando por fin recibe el alta se encuentra con que el joven emprendedor (antes amo explotador) ha decidido (previo estudio y análisis de productividad y optimización de recursos y plusvalías) prescindir de sus servicios (o alquiler y estrujamiento de su fuerza de trabajo). Ya se pueden imaginar que esta noticia la recibe “Sandra” el viernes por la tarde y toda la acción de la película, el encaje del golpe y la subsiguiente pelea por evitar su desgajamiento social, o sea, por el puesto “perdido” de trabajo, acontece   en ese abismal fin de semana.

“Sandra” se pasa la peli llorando, llora mucho, muchísimo y también toma un montón de pastillas. Alega razones exógenas y endógenas: que si no valgo nada, que si no soy nadie, que si no soy nadie para nadie, que si me siento vacía en el vacío… pero afortunadamente  tiene un marido (que curra en una pizzería), que se esfuerza por animarla, por sacarla de ese pozo –además se nos apunta que llevan cuatro meses sin follar-,  animarla, ayudarla en su doble lucha, vencer su depresión y, por si éramos pocos, luchar contra su “exclusión” del “medio de existencia”, por su derecho a que le extraigan cada día una buena dosis de plusvalía… como a cualquier “mujer sana” con hipoteca, bocas que alimentar y facturas que pagar.

Vemos caminar cansinamente  a “Sandra”, luchando contra sí misma y contra los elementos poco fraternales de la sociedad capitalista, por esos belgicanos barrios dormitorios y periféricos -¿como “la trabajadora” de Elvira Navarro?-, visitando uno por uno a sus “compas” del curro (“Yo no tengo la culpa de tu despido”, dicen, “Yo tampoco” contestan, ¿será el mayordomo?) , y comprobando visita por visita que la podredumbre, la vileza, la infelicidad, la angustia, el miedo, el pluriempleo, la precariedad, la escasez, las chapuzas en negro, el ninguneo o el egoísmo y el individualismo insolidario y violento: “el reino de la necesidad”,  es el Régimen vigente y rigente, contante y sonante, con sus peculiares matices, en todos los hogares que, a duras penas y medio dopada, se patea en el maldito e instructivo fin de semana.





Dicen los autores que “la película” no es un tribunal; por ella desfilan los trabajadores exponiendo las razones que sustentan su apoyo o no, a la “despedida Sandra”, también lo hace el capataz y el emprendedor. Todo muy “individual”, nada “colectivo”; eso también se muestra, la falta de conciencia de clase… de la parte donante de plusvalía.

En fin… y por cierto, se nos obsequia con una formidable escena rodada en el interior del coche en el que viajan “Sandra” y su marido junto con una compañera de curro que acaba de decidir abandonar a su marido porque, cuenta, a raíz del caso del despido de Sandra y la consiguiente trifulca matrimonial, se ha dado cuenta de que  “nunca desde que vivía con él había tomado una decisión por mi misma”… y mientras en la radio y a todo volumen ruge un jovencísimo Van Morrison… acompañado de los coros del trío belgicano… que sí, que lo intentan, que se lo pelean.


ELOTRO


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“Llega a ser el que eres”
(Píndaro)


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