Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

lunes, 27 de octubre de 2014

De museo.




De museo.

“Aquí, o en ninguna parte, está lo que buscamos”
(Horacio)


Me he pasado media vida visitando museos, me encantan los museos. Desde mi Sevilla natal, llegué a Madrid en el año 1971, la “económica” inmigración interior durante el franquismo, tenía entonces 12 años. Mi familia, seis miembros, se instaló de alquiler en una vieja casa de 2 piezas y 23 metros cuadrados, en concreto en la corrala del patio interior, de la calle de San Pedro, a 100 metros del Museo del Prado. Fue el primer museo que visité en mi vida, siempre solo; me acuerdo que los sábados por la tarde era gratis y de la sala de “Las Meninas” con aquel ridículo espejo situado en el ángulo oscuro…

Ahora, cuando ya he cumplido los 55 años y después de 6 en el paro, el Ministerio de Cultura y Educación y Deportes y… me ha contratado, me ha pescado de lo que llaman con su acostumbrada desfachatez una bolsa de empleo, como vigilante de sala en uno de sus museos madrileños. Un chollo… para ellos. Menos es nada, dicen mis acomodados conocidos. Un contrato de 4 meses de duración, sólo trabajo los domingos y festivos y me pagan 318 euros brutos al mes. Ya digo, un chollo, para ellos… han borrado de la lista a un solicitante de empleo que no fallaba nunca en sellar la papela, un parado menos, que cobraba 426 euros netos (cuidadin: máximo tres periodos, y ya llevo dos, de 300 días con un año en blanco sin recibir ningún tipo de prestación o ingreso entre cada periodo de cobro de la ayuda “de integración”) al que han convertido en un currante, un contrato nuevo, que cobra 318 euros brutos y que cotiza 4 o 5 días al mes a la seguridad social. Se me hace la boca agua echando cuentas sobre mi “improbable” super-pensión de jubilación.

Vamos al lío. El metro más caro del mundo, y de Madrid, los domingos goza de una frecuencia de paso que ya quisieran para sí las diligencias de las películas de John Wayne. Así que conviene acompañarse de un librito de bolsillo, la lectura cunde bastante más sin tantas interrupciones por culpa de tanto tren circulando entre tantas estaciones. La duración del trayecto, en mi caso con dos trasbordos, se multiplica por tres o por cuatro con respecto a los días llamados laborables en un país con seis millones de parados que según las estadísticas oficiales han dejado hasta de viajar en “metro”,  lo que permite el disfrute relajado, además no faltan asientos, a los lectores domingueros. Abandonadas las profundidades llenas de escaleras mecánicas, pantallas llamándonos al consumo compulsivo y tornos averiados… y ya a cielo abierto, de momento no saltable, el camino hacia el museo no puede ser más interesante como muestrario psico-sociológico. El pequeño parque que circunda la institución museística es a su vez un curioso museo de sexo al aire libre, (el paisaje de después de la orgía incluye: cientos de clínex  o pañuelitos de papel de todos los colores, usados y artísticamente arrugados y arrojados al suelo, digo al césped, entre los setos y árboles, junto con algunas decenas de condones usados también de variadas texturas y tamaños y tonalidades), drogas (muestrario variado de cascos de litronas, cartulis de vinacho químico, latas de coca y otros tóxicos presuntamente energéticos, bolsas y embases de plástico de todos los colores y formatos, alguna jeringuilla ensangrentada… y cómo no, las ineludibles cagadas de perro de las más variadas razas y pedigrí…) y rock and roll (bueno de esto no estoy muy seguro porque la esforzada y sudorosa gente que a estas horas anda embutida en sus lycras y zapatillas y rodilleras y gorritas y sudaderas y demás ortopedias… suelen llevar su aparatito de música ajustado al brazo o en la  cintura y afortunadamente va cableada con sus correspondientes pinganillos.  Igual los peligrosísimos ciclistas que ya a esas horas para mí que van ciegos (¿gracias a las tres variantes anteriormente cosificadas?) los muy acaparadores.

En fin, ya en tu sala y armado con tu walky-talkie la vida pinta de otro color. Las familias, las parejas y los solitari@s van desfilando delante de las obras expuestas, y lo hacen a distinto ritmo y con más o menos interés o detenimiento. Pero claro, también ellos desfilan, es un decir, delante del vigilante de sala (y de las cámaras que además, como las de las calles o el metro, les graban ininterrumpidamente). Y algunos, y sobre todo algunas lo saben. Y, si eso y llegado el caso, te lo hacen saber. (Que si pose fija, pasarela, mirada reflejada en cristal de vitrina, selfie –sin flash- camuflado, pregunta boba sobre alguna bobería extramuseística…). No podía faltar el puñetero niño que, advertido a grito pelado por su acompañante adulta o madre que lo parió ¡desde la sala de al lado!, y nos encontramos en la número 20, de que no se toca nada, no para de dar patadas a la base metálica de las vitrinas –cuyo atronador ruido puede provocar al inadvertido vigilante de sala algún que otro susto o triste episodio de fallo cardíaco- , y seguidamente mirar retador al vigilante, o golpear o apoyarse en el cristal o hace el pino puente en el centro de la sala, o sale corriendo y gritando haciendo eslalon con rozamiento entre las inseguras y temblorosas  piernas de visitantes algo más ancianos y menos “colocados”,   después de empujar a la pánfila de su hermanita, hermanastra o prima  contra el indefenso cuadro expuesto, ¡ y tanto!, en la pared. Te dan ganas de soltarle un soplamocos al niño y un par de bofetones a la madre y estampar el walky sobre las Ray-Ban, el rodillazo en los huevos es optativo, del a todas luces impedido, en el sentido sensorial e intelectual, papaíto o lo que sea, que supuestamente les acompaña en la visita. Pero las ganas te las aguantas porque tú mismo te haces consciente de que sólo llevas dos días, encima domingos, de “vigilante” y ya se puede constatar en tu conducta un reflujo acentuado de tu ya anteriormente escasa capacidad de comprensión y amor por tus semejantes. Y además el jefe ya te advirtió de que al niño no se le regaña, aunque sea como Froilán equipado con su pincho, se le advierte al adulto acompañante de que ha de llevarlo siempre de la mano, si es menor, o en cualquier caso “embridado” y ocuparse de su correcto comportamiento en el museo. De no ser así se les invita a abandonar el museo y punto pelota. Sepan que domingos y festivos la entrada es gratis, así que se pueden imaginar “las motivaciones” que puede llevar a esa fauna humana, de lo más variopinta e inquietante a, como en el caso del hombre de la multitud de Poe, buscar el calorcito de sus congéneres aun sin aunarse a ellos o de patéticas parejas, de hecho, de interés o de iglesia, con niños hiperactivos y belicosos a visitar ese depósito y huesera calevernaria de pinturas, vasijas, momias, reliquias o mapas y frecuentados por aburridos ancianos desocupados y en su mayoría desestructurados y desnortados… otra cosa son los grupos de “pavos” adolescentes estudiantes, jubilad@s culturetas en comandita disputándose entre sí la vara de guía, discapacitados que además lo aparentan sin presumir (estos son los menos)… en fin. Ciertamente el museo tiene otra cara del lado del precario vigilante mirón (igualmente vigilado y grabado como pieza de museo y de controlado controlador) de sala, de andén, de parque… o de pabellón psiquiátrico al aire libre... ¿o, si se permite la duda, no tan libre?


ELOTRO


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“Hay que tomar a los hombres, dicen, como son, y no como los pedantes sin mundo o los soñadores bienintencionados se imaginan que deberían ser. Este “como son” significa en realidad: tal como nosotros los hemos hecho”.
(Kant)

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