Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

viernes, 19 de septiembre de 2014

William Morris, otra vuelta de tuerca a la “Hermandad Prerrafaelita”.






A propósito de William Morris, otra vuelta de tuerca a la “Hermandad Prerrafaelita”.


“Cuando nací y miré a mi alrededor, no me gustaron las gentes de mi clase, ni el servir ni el ser servido”.
(Bertolt Brecht)

Eso que dice Brecht, parece ser los mismito que le ocurrió, ya crecidito, a William Morris que “fue hijo de un próspero comerciante, propietario de minas de cobre y estaño que dejó al morir una fortuna de 200.000 libras de la época, 1847”. No tardó Morris en echar pestes de sus pares y desclasarse –a los cincuenta años-, ideológicamente, hacia abajo: “No hay otro camino, hay que ponerse de parte de las víctimas”.

El caso es que en mi última visita a los libreros de la Cuesta de Moyano le he comprado al librero más facha del hemisferio norte, y el más veterano del lugar, un ejemplar, por el módico precio de un euro (los sábados los salda a 20 céntimos unidad), de “Noticias de ninguna parte”: novela utópica del tal Morris, en traducción, publicada en Barcelona en 1903, de Juan J. Morato –escritor, traductor y tipógrafo socialista-, con prólogo de Jesús Munárriz Peralta y diseño de cubierta de Alberto Corazón. Editada por “Ciencia Nueva” en 1968.




Uno nunca sabe, afortunadamente, con lo que puede tropezar  hurgando en esos montones de libros desparejos que mal apiñados cubren los viejos aunque mil veces repintados tableros que a su vez reposan sobre precarios e inestables caballetes. Y todo ello para contento de paseantes mirones y sobones, bibliófilos y coleccionistas de medio pelo o letraheridos menesterosos que no nos resistimos, más bien nos abalanzamos, a su decaído magnetismo.

William Morris, polifacética figura del pensamiento inglés del siglo XIX -“artesano, decorador, impresor, grafista, poeta, escritor, activista político: redactor de manifiestos, conferenciante y mitinero; pintor y diseñador británico y fundador del movimiento Arts and Crafts”- es el autor de esta novela “…en que se narran magistralmente el paso del capitalismo al socialismo, así como la construcción de este en una supuesta Inglaterra revolucionaria…”. Pero resulta que nuestro polifacético autor, que en los últimos años de su vida debió de disfrutar de una  relación  “especial” con Federico Engels (parece demostrado que tuvo acceso privilegiado a cuadernos y manuscritos de Marx y el propio Engels que no fueron publicados hasta mucho después de su propia muerte en 1896) También cultivó, antes de su intensa y destacada militancia política, una muy especial relación con la “Hermandad Prerrafaelita”.




Una vez más, las coincidencias se eslabonan. En su época de artesano, poeta y pintor (Sólo se conserva de su mano una única pintura al óleo, “La reina Ginebra”, en la Tate Gallery), Morris conoció al crítico John Ruskin, y a artistas como Gabriel Rossetti, Burne-Jones, Madox o Webb, que formaban el núcleo fundamental de la “Hermandad”. Pero además conoció a Jane Burden,  joven de clase obrera, pelo cobrizo, nariz recta, cuello largo y piel pálida que se convirtió en la modelo preferida de casi todos ellos y terminó como “figura icónica” de la máxima expresión de la belleza femenina al buen entender de la Hermandad Prerrafaelita.

Morris, un culto potentado, y Burden, una pueblerina semianalfabeta y pobre, se casaron en 1859, él tenía veinticinco años, ella veinte. Jane Burden además de modelo de Rossetti había sido su amante y parece ser que prolongó ambas actividades, y no fue el único afortunado, después de contraer matrimonio con Morris. La Burden también se desclasó, pero hacia arriba. Morris pagó su educación “privada”, aprendió francés e italiano, a tocar al piano un amplio repertorio clásico más que bien, a refinar modales y conversación hasta “reinar” en los más exquisitos círculos de la clase alta. Hasta Bernard Shaw, compañero de correrías político-socialistas de Morris, la tomó de modelo para una de sus obras (Pigmalión). 




En fin, tomemos nota del doble y paradójico desclasamiento versión “sube y baja”: ella, desde la nada, trepó, vía braguetazo, a la más alta cima de la “miseria”; esa misma cima que vio nacer en alta cuna algodonosa a  Morris y de la que, nada más cobrar conciencia de la ineludible existencia a su alrededor de víctimas y verdugos, de explotadores y explotados, lejos de mirar a otra parte o acomodarse en la indiferencia que le permitía su privilegiado estatus social, huyó de allí  “porque no le gustaron las gentes de su clase, ni el servir ni el ser servido” y pasó a tomar partido al lado de los que nada poseían, de los esclavizados, de los que malvivían de sus manos, de los que creaban la riqueza y al mismo tiempo eran excluidos de su disfrute. En definitiva, de aquellos que luchaban para cambiar aquel estado de cosas. “En marzo de 1884 Morris forma parte del desfile que va al cementerio de Highgate en conmemoración del primer aniversario de la muerte de Marx”.

Pues eso, que se eslabonan las casualidades y poquito a poquito, un libro aquí, un prólogo allá, un blog acullá… se va completando el puzzle, ¿O se trata de un collage?





A riesgo de acabar con la paciencia del improbable lector, sólo un apunte más para terminar. Creo que la estrecha relación, personal y profesional, de Morris con los artistas prerrafaelitas no se debe de confundir -"eso sería sostener todo lo contrario de la verdad"- con que asumiera y aceptara el fundamento “reaccionario” de ese anacrónico movimiento artístico que, como se puede comprobar, él en esencia no compartió. La tal “Hermandad” miraba al pasado y a la tradición pre-renacentista (¡total para qué experimentar e innovar!) con una intención, absolutamente retrógrada e hipócrita, que proclamaba teóricamente una vuelta a la “pureza” del oficio, a sus primitivas técnicas (¿la clara de huevo como panacea?) y, en la misma dirección, a las formas de representación realistas. Sin embargo, basta un somero repaso a sus obras para darnos cuenta de la distancia existente entre lo que pregonaban de labios para afuera y la obra mediocre, formal y conceptualmente,  que finalmente consiguieron llevar a la práctica. La dilatada historia de la propia pintura británica, por no ampliar el abanico, que les precedía les desmiente de forma rotunda: Fuseli, Blake, Hogarth o Turner, todos ellos post-renacentistas y el último casi contemporáneo, poseían una mirada categóricamente “moderna”, e inequívocamente proyectada, tanto en la técnica, la forma o el contenido –con el acento peculiar de cada artista-, a la investigación, la experimentación y la innovación del arte en todas sus facetas, sin por supuesto olvidar ni menospreciar ni acotar temporalmente en ningún caso el conjunto de la rica tradición heredada.




Por su parte, Morris estudió con detalle las artes y los oficios artesanales del mundo medieval, o sea, la tradición popular artesana, por lo que tenían ¡acreditado de manera tangible! como trabajos bien concebidos y bien hechos. Como pocos años después escribió Machado, se trata de artesanos pertenecientes a la cultura popular (“sabiduría analfabeta”) que sólo hacen las cosas si saben -si poseen la formación y destreza necesaria- y pueden -materiales, herramientas y tiempo para su elaboración adecuados-  hacerlas bien. Y si no, por ¡decencia -ética- artesanal!, prefieren no hacerlas. 
Frente a la chapucera producción a gran escala industrial de la época que, en aras del inmoral máximo beneficio, había degrado la calidad del "producto" en cuestión, sobre todo en "mercancías" destinadas al consumo masivo de la plebe -menor "valor", mayor "precio", superior cuota de "ganancia" o estruje de plusvalía-,  hasta límites que él, que, paradojas del desclasamiento, era, también, capitalista financiero y patrón empresarial, consideraba inaceptables. Esa actitud, como se puede entender, nada tiene que ver con una incondicional añoranza  “del idealizado mundo medieval”, sino más bien de unos valores, éticos y morales, pertenecientes a la “tradición histórica y costumbre social de la artesanía popular” que estaban siendo pulverizados por el ciego, irracional y desenfrenado avance del salvaje capitalismo industrial de la época. Recuerden, segunda mitad del siglo XIX (¡Jornadas de 12 horas de trabajo para niños menores de 12 años! en la "avanzada" legislación inglesa de esos años).

En cualquier caso resulta muy instructivo teclear el nombre de Morris en Google o Youtube, y profundizar en el conocimiento tanto de su peripecia vital, como sobre todo, en el de su extraordinaria y variadísima  obra y vislumbrar los valores, éticos, sociales y políticos, que la sustentan. Que es, concretando, de lo que se trata. En mi opinión, claro. Que, modestamente, no pretende ser definitiva.



ELOTRO

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“Todo brilla y nada arde”
(Christophe Miossec)


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2 comentarios:

  1. Los prerrafaelitas dirigieron su mirada a la claridad meridional, se fijaron en el arte florentino del quattrocento y lo falsificaron. Lo falsificaron, se perdieron en el detallismo, dieron demasiado valor a la menudencia, de forma que un esteticismo ramplón ahogó las buenas intenciones de los puritanos. Ocurre a menudo que los puritanismos se ahogan cuando practican su moral, en este caso cuando los artistas llevaron a la tela sus ideas estéticas.

    Criticaron el manierismo de Pontormo, de Andrea del Sarto y de otros florentinos más o menos melancólicos y constituyeron la Hermandad Prerrafaelita Pre-Raphaelite Brotherhood. Buenas intenciones y buenos artistas que admiraron a los grandes, a los anteriores a Rafael y Miguel Ángel.

    Ya fuera por su entusiasmo o por la pujanza económica del imperio británico que les daba cobijo, el caso es que el prerrafaelismo influyó en todos los lenguajes artísticos del continente y, aquello que era una manifestación de la mesura y proporción clásicas, se convirtió en una disgregación de la expresión formal.

    El prerrafaelismo se dispersó en multitud de estilos esparcidos por el continente -Art Nouveau, Sezession, Modernismo- que los creadores utilizaron para expresar las pequeñas aspiraciones provincianas de una Europa que definía sus estados: unos a la búsqueda de una epopeya nacional, otros acariciando su pasado medieval de condes y princesitas y otros llegaron a edificar una mitología de martillos y valquirias.
    Salud
    Francesc Cornadó

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  2. Amigo Francesc, apuntas que: “Los prerrafaelitas dirigieron su mirada a la claridad meridional…”, y tienes toda la razón, y por este tipo de “reivindicaciones” es por lo que me resultan tan farisaicas las “posturitas” del grupito de pijos prerrafaelitas. ¿Acaso no conocían la obra, clásica, clara, lógica y ordenada del gran Poussin? Y hablando más en concreto de “luz meridional”, ¿También desconocían las luminosas pinturas de Claudio de Lorena, tan admirado y estudiado por Turner, el más grande de los paisajistas clásicos? ¿Tienen la culpa estos dos artistas de haber venido al mundo en la época del óleo? Aunque ahora recuerdo que Poussin también pintó paisajes romanos con témperas. En fin. Y claro que tienes toda la razón cuando señalas que : “Ya fuera por su entusiasmo o por la pujanza económica del imperio británico que les daba cobijo…”, cobijo y sustento que les permitía jugar a “bohemios”, no hay más que ver la casa que le construyó Morris a la “modelo” por antonomasia de la camarilla… y además, la enorme riqueza acumulada por los ex terratenientes-capitalistas imperiales explica por sí solo el enorme desarrollo de las artes aplicadas “para uso y disfrute de esa minoría de privilegiados”… el propio voluntarismo de Morris cuando montó su imprenta “artesanal” chocó con la paradoja de que los libros que producía con tal cuidadoso método sólo podían ser adquiridos por los de siempre, los muy ricos. Los potentados destinatarios de las obras de los prerrafaelitas. Y todo para terminar “surtiendo al mercado” de cargantes y azucarados pastiches puramente decorativos, halagadores e inofensivos para el comitente.

    Un saludo.

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