lunes, 8 de septiembre de 2014

Teoría kurosawana del origen del estado...





La libertad, por lo que respecta a las clases sociales inferiores de cada país, es poco más que la elección entre trabajar o morirse de hambre.
(Samuel Johnson)



He visto, una vez más y ya no llevo la cuenta, la película de Akira Kurosawa, “Los siete samuráis”. Del mismo modo que los clásicos de la literatura se “releen”, las grandes obras del cine (aquellas que uno ha tenido la suerte de haber conocido) deben ser revisitadas. Las repetidas visitas, si a ellas nos empuja un viejo apetito, amor o vicio no colmado, nunca defraudan; de esos “espesos e ignotos bosques”, siempre sale el afortunado visitante con algo nuevo –que generalmente acaba por importarnos e influirnos- en los bolsillos -¿lentitud o torpeza a la hora de captar? Puede, con los clásicos es raro pinchar en hueso, pero no creo que deba avergonzarme reconocerlo- e invariablemente cada nueva visión, lectura o encuentro (por otra parte ¡nunca experimentada desde el mismo tiempo o lugar!) me aporta un placer extraordinario.
De un libro leído solamente una vez, digamos pasados 5 años, ¿qué somos, digo los lectores corrientes, capaces de retener? A veces sólo una difusa –acertada o engañosa- “valoración” (¿Varió la escala de valores o es el “nuevo lector” el que ahora sí se atreve a “discutir” cara a cara con la obra?) que, tras una nueva visita, resulta diametralmente opuesta. O la sensación de que es la primera vez que entramos en la obra que sinceramente creíamos conocer, quizás porque la nueva visita ha sido realizada en “distintas condiciones” y ha podido captar “distintas resonancias”. O, entre otras varias posibilidades, la certeza de un reencuentro/redescubrimiento  enriquecido con inesperados y sorprendentes hallazgos que en su momento nos pasaron inadvertidos o sencillamente hemos olvidado. Como decía Italo Calvino: “Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”. Hablo de este último caso y añado que hay lectores que nos resistimos a dar por terminada “la escucha”.




(“Los peces que se pierden siempre parecen grandes”) El cine de Kurosawa me recuerda, y mucho, el teatro de Shakespeare. (“A veces el dolor te hace reflexionar”) También lo pienso del cine de Orson Wells. Creo que es así fundamentalmente por la “música interior” que impregna sus obras, por lo cerca que sus autores están de la realidad (tiene uno la sensación de que esta gente sabe de qué habla, sabe qué está pasando (¡también en nuestro tiempo!), sabe, y esto es lo difícil, mostrarlo de manera que la gente corriente pueda saborearlo y lo pueda llegar a entender (¡o reconocer en nuestro tiempo!), y sabe que la mayoría de esa gente a la que se dirige, no sabe (¿aún sabiendo?) y además vive confundida en su ficticio “creer saber” aquello que sin embargo no desconoce del todo. Por eso estas obras saben “esperar” –sin duda mientras siguen “creando” porque ha de saberse que las obras clásicas no nacen, se hacen ¡se siguen haciendo! Creo que fue Goya el que dijo que el tiempo también pinta-, saben que volveremos (¡ya nunca soltaremos la jugosa presa!), saben que nuestra sed no puede -¡ni quiere!- ser saciada…”Mientras le preparaban la cicuta, Sócrates aprendía un aria para flauta. / "¿De qué te va a servir?", le preguntaron. / "Para saberla antes de morir"), y, supongo, de mis intereses y preocupaciones, incluidas las más intrascendentes. Y no me refiero exclusivamente a “Ran”, su espléndida adaptación de la tragedia “El rey Lear” (delicadamente entretejida con  algunas leyendas feudales japonesas) y que, ahora mismo, y ya es un hábito, me dispongo a disfrutar (¡de nuevo regreso al hurgo - con los ojos, con la mente, con mis propias y actuales “asociaciones de datos e ideas”... son tantas las cosas que retornan del pasado…- una vez más! ).

(“¿Te has olvidado ya de los bandidos del Club Bilderberg? Cuando van a cortarte la cabeza, ¿de que te sirve preocuparte de la barba?”)





Y llegados aquí, les aseguro que no miento, recordé que mi admirado J. M. Coetzze se había referido a la película de los samuráis en uno de sus ensayos y consulté al señor Google:   “Los siete samuráis es una película con un dominio completo de su medio, pero lo bastante ingenua para tratar de una manera sencilla y directa las cosas básicas. Trata en concreto del nacimiento del estado, y lo hace con una claridad y una globalidad dignas de Shakespeare. De hecho, lo que Los siete samuráis ofrece es nada menos que la teoría kurosawana del origen del estado”. Ya lo han leído, el premio Nóbel me ahorra el habitual corolario (modestamente) marxista. Y su apropiación de la referencia a Shakespeare tampoco se la voy a tener en cuenta… como si no lo supiéramos.


ELOTRO



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