domingo, 28 de septiembre de 2014

“Sacro GRA” de Gianfranco Rosi





“Sacro GRA” -Grande Raccordo Anulare (GRA) los 70 kilómetros de circunvalación de Roma- es un documental dirigido por el italiano Gianfranco Rosi. Y que ha obtenido el León de Oro en el último Festival Internacional de Cine de Venecia a la mejor película, sí, aunque inequívocamente es un documental: “a la mejor película”.
El jurado estaba presidido por Bernardo Bertolucci y la mayoría de los críticos de los grandes medios de desinformación y muchos de los directores de cine italianos (“de los que dirigen cintas con actores, no como el documentalista Rosi”) consideran la decisión como una “escandalosa equivocación” perpetrada por y para mayor gloria de B.B.

En fin, como no conocemos el resto de las obras en competición y además los festivales y sus premios siempre pringosos y amañados nos importan un comino o, si a eso vamos, un bledo o un pimiento, vamos a dedicarle unas líneas al extraordinario documental que, durante dos años y con pequeñas historias y grandes personajes reales ha filmado el tal Gianfranco Rosi.

De entrada conviene dejar claro que, en mi opinión, decir que “Sacro GRA” es la otra cara de la moneda de la obra de Sorrentino, “La grande belleza”, es una absoluta sandez. De la dichosa “La gran cagada” y su Oscar no creo necesario añadir nada más de lo ya reseñado  aquí.




Unos apuntes pues sobre este, para mí, soberbio y demoledor documental que nos muestra, a través de una lente vigorosa, ágil y sobria, varios e insólitos personajes reales (presencias que borran ausencias), lo real del mundo, de uno de los mundos sí, pero de aquel en el que está inmerso y pelea por su sustento y lo hace a diario la inmensa mayoría de las personas de carne y hueso, esos que están obligados desde la cuna, si es que tal suerte hubo, a mal vender o alquilar su fuerza de trabajo, su cuerpo, su vida, al mejor postor. Y sí, ya sé que el documental también “es” ficción pero, supongo que estaremos de acuerdo en que no es lo mismo ficcionalizar -¿qué otro remedio a la hora de narrar en celuloide?- la realidad, que hacer ficción de la ficción por la ficción. Por eso digo que jamás una y otra obra pueden llegar a ser, a compartir, caras de la “misma” moneda.




En este documental, que se afana en interrogar a la realidad "habitualmente mutilada", no asoma el morro ni un puto aderezo, ornato o perifollo. Ni en su contenido (el paisaje sin horizonte aunque fronterizo, su opresor y alienante urbanismo, su arquitectura atomizante; el paisanaje, sus emociones, zozobras, miedos, sus malbaratados sueños aún sin estrenar, sus afines soledades no compartidas y sus minúsculas historias en las que no faltan intercaladas notas de humor o agria melancolia) ni en su forma (guión sin tremendismos, filmación austera, montaje seco, digo sin grasa). Aquí no luce plumaje ni el fotógrafo ni el cámara ni el guionista ni el iluminador ni el chispas ni la estrellita de turno ni el super-productor ejecutivo asociado… aquí casi todo es insólito, extraordinario, de lujo, realmente un flipe para cierto espectador que yo me sé… empezando por ese inhumano y casi universal  decorado (¡que los acoge!) compuesto de vías, autovías, puentes, muros, vallas, señalizadores digitales, “arroyos de asfalto”… a años luz, en todos los sentidos, del “bello” Coliseo o cualquiera otro de los “obligados” y cinematográficamente ineludibles símbolos (¡la postal oficial!) de la llamada “Ciudad Eterna”, y, en esa calidad, ciudad testigo de la "ininterrumpida injusticia histórica" (W. Benjamin).

Y, entre otros componentes de la polifonía, por los grupos de inmigrantes ecuatorianos "que resisten" con sus bailes, sus dijeys y sus rifas; por las put@s tan viej@s como su oficio ejercitando, entre constantes putaditas de la policía, en su roulotte y los “cabestris” de chiringuito de carretera; por el botánico solitario y admirable investigador  y vigilante y cuidador y sanador de las plagas que atacan a las  palmeras; por el experto pescador de anguilas y su amorcito ucraniana; por esa especie de fraile salido de un cuadro de El Greco que filosofa sobre vinos franceses y de camino avisa sutilmente a su hija, colgada permanentemente del ordenador portátil, sobre el peligro de quedarse para vestir santos virtuales; por el palaciego y decadente, además de aceitoso y hortera aristócrata de alquiler; por los actores o modelos de fotonovelas a la espera de ¡la llamada del cine!; por el sanitario de urgencias que vive de guardia entre el tráfico de esos saturados anillos de saturno que limitan y circundan el centro emblemático, “conocido” por espectadores y turistas (mil veces filmado, publicitado, sublimado) de Roma. A ese “desconocido por las cámaras” margen periférico han sido arrojados de malas maneras estos personajes, y sólo se nos muestra a media docena de los cientos que fueron grabados durante más de dos años, por la pobreza, y en esos territorios inhóspitos tratan de conseguir techo, refugio y sustento. Maneras de sobrevivir y de relacionarse de los “menos afortunados” (el término "lucha de clases" dicen las élites acaudaladas y explotadoras, o sus serviles voceros, que es cosa obsoleta, decimonónica y extinguida) en la Italia del siglo XXI. 
Sí, resulta inusual esta especie de temeraria “bajada a los infiernos” (para mostrar "a contrapelo" esa tan terrible como real violencia que unos tapan con artificiosas montañas de casquería y kepchup y que otros, los de las butacas, cobardemente renuncian a mirar, y del tirón desvelar algunos engaños y afirmar algunas, ciertamente inquietantes, verdades), de una cámara (algún eco de la  “Roma” de Fellini sí me ha llegado, pero el guiño o la presencia del neorrealismo no lo he visto por ninguna parte) y ciertamente aún más insólito (claro que mediante ¡el indomable provocador Bertolucci!), que su fruto sea galardonado en un pestífero mercadillo que sólo acostumbra recompensar al cine más comercial y por lo mismo hegemónico. En la sala, cinco días después del estreno, diez personas y tratándose del día del espectador (3,90€), y estamos hablando de la (mini)sala más pequeña del multicine, "¿qué nos dice todo esto sobre nuestra cultura?".



En fin, si usted no es de los que ya han visto y saben todo lo que hay que ver y saber (de los que "han desaprendido a ver", que decía Godard) sobre el deslumbrante estercolero químico y radiactivo en el que pululamos, le recomiendo que, aunque tiene su peligro, no se la pierda.


ELOTRO


***


No hay comentarios:

Publicar un comentario