Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

martes, 16 de septiembre de 2014

La pequeña libreta negra.





La pequeña libreta negra.
No es posible atrapar con palabras la vida que vivimos, o esa “vida” que quizás soñamos y creemos “vivir”. Sin embargo, se decía, no dejo de intentarlo. Continuamente tomaba notas mentales mientras a su alrededor la vida, en toda su riqueza y complejidad, “sucedía”.
Del mismo modo que cada hecho que acaece, ya sea relevante o nimio borra el anterior, cada nueva anotación “mental” relega o desaloja a la que le precede. Por eso, se dijo, una libreta negra. La escogió de cubiertas negras con una goma también negra y elástica de cierre en vertical. No, no era “Moleskine”, era un mini bloc rayado de 75x105mm. Y la compró, dónde si no, en el chino de abajo, por 1,5 euros. A simple vista daba el pego. Pensó que el formato era pequeño pero, el sonriente chino fue concluyente, se trataba de un modelo de tamaño único. Recordó entonces una foto de Eduardo Galeano, que él mismo había publicado meses atrás en su blog,  donde éste escribía junto a la ventana de un café en Montevideo en una libretita muy parecida y aún bastante más pequeña. Se ve que Galeano sigue escribiendo a mano –recordó un video sobre la figura de Juan Carlos Onetti (Imprescindibles, TVE a la carta) en el que el propio Eduardo explica cómo Onetti le sugirió que aparcara por un momento la máquina de escribir y probase a escribir a mano. Creo, cuenta que le dijo, que por ahí te estás perdiendo uno de los grandes placeres del oficio, “probá a ver”-.  Y probó Galeano y ya nunca dejó de escribir a mano. De demorarse en dibujar las palabras. Ahora, como un Rulfo cualquiera, Galeano escribe (“quitando palabras”) textos cada vez más breves. Puede que eso explique en parte el reducido tamaño de su bloc de notas. Tampoco son descartables las estrictas limitaciones de volumen y peso que imponen los vuelos conocidos como “Low cost”, opción predilecta de esa fracción mayoritaria del gremio de escritores, los enfadosos y mal estipendiados o al revés.
La pequeña libreta negra, se decía, recuerda, con su sola presencia, que las notas deben de ser cortas y concisas. Terminó la anotación y levantó la mirada y,  con gesto automático giró la cabeza para mirar hacia la puerta del cine. Aún estaba cerrado, pero ya varias personas formaban una irregular e incipiente cola que, debido a la fina pero persistente lluvia, se apiñaban buscando refugio bajo el alero voladizo sobre el que reposa el enorme rótulo de la sala. Y allí estaba ella, parecía una diosa meditabunda debajo de su minúsculo paraguas. Y ya no pudo, anotó, apartar la mirada de su rostro. Transcurrido un breve tiempo la cosa pasó a mayores, era ella quien devolvía su propia mirada, mitad cautiva, mitad cautivante; y la sostenía sin tratar de eludir la mía, sin dar señal alguna de desear zafarse de aquel azaroso combate de miradas, donde cada uno tiraba con su mirada del otro, y de improbables mensajes en exclusivos códigos retinianos o de querer dar por terminado aquel imprevisto y singular “intercambio”.
¿Por qué aquella desconocida le había escogido a él y no a otro? A veces se dan curiosas coincidencias, se dijo con petulancia a sí mismo.  Pero él siempre fue de los que prefieren no llegar, a pasarse de listo. Tan engreído como el que más, sí, pero, reconocía, al menos por escrito, que ejercía la egolatría a la cobardina, sin jamás atreverse a bajar a la arena de forma pública y consecuente. Pero aquella mujer, su elocuente mirada, le había dejado confundido, incómodo, o al menos eso escribió. Pensó en un malentendido, ¿otro cine? ¿otra ciudad? ¿otro cruce, sostenido, de miradas a distancia entre desconocidos que no actúan como tales,  en otra vida, en otra parte? ¿otro sueño breve e impreciso que termina sin dejar rastro?
Súbitamente se entristeció, ¿no alcanzaría a saber nada de ella? Sus pezones, sus malditos poetas, sus manías escatológicas, sus posturas favoritas, sus vicios musicales o farmacéuticos… en fin. En esta ocasión ni siquiera había tenido la oportunidad de culparse, se sabía victimista, por su impertinente costumbre de hacer, no de hacerse, “demasiadas preguntas”. Silencios, no solo respuestas, perdidos para siempre. Inquietante.

Fue Luis, el camarero, ¡en qué momento se me ocurrió reírle aquella gracia que maldita la gracia!, se decía, quien le despertó: “¡Luis!, vamos tocayo que te pierdes lo mejor del principio…”, di un respingo y a trompicones recogí mis cosas, pagué redondeando con golosa e involuntaria propina y salí pitando del café, escribió, crucé la calle, había dejado de llover, sin mirar más que la cola de la taquilla que por cierto había engordado y estirado visiblemente y  ya casi se alargaba hasta la lejana esquina. Eché un rápido vistazo en plan barrido a toda la fila de delante atrás y de atrás hacia delante  y nada, ni rastro de la mujer del paraguas.
Súbitamente se entristeció, ¿sólo le quedaría su imprecisa imagen grabada en la memoria? Por otro lado estaba más que acostumbrado a ese tipo de “despertares”, y a resignarse.
Qué se le va a hacer, anotó. Dirigía ya sus pasos hacia el final de la fila cuando escuchó una voz femenina que gritaba, “¡Luis! estoy aquí”. Se volvió, ¡cómo no!, ¡Luis! Y allí estaba ella, la desaparecida diosa del paraguas, la misma que, sacando ahora medio cuerpo (escultural) a la acera desde el interior del vestíbulo agitaba además su pálida y enjoyada mano en inconfundible gesto de eufórica llamada. En ningún momento llegué a dudar, y no sé por qué razón, escribió, de que la llamada era para mi. Sin embargo tardé en reaccionar, continúa la nota, algún mecanismo interior se resistió a ponerse en marcha por espacio de algunos segundos, aunque por fin saltó la chispa y pude arrancar y caminar lenta y nerviosamente hacia ella.
Eso le salvó.
Un mequetrefe de aspecto más que vulgar, un tirillas de cuerpo sucinto tirando a enano y de andar presuroso adelantó por la derecha y le tomó decidido la delantera, veinte pasitos o más bien saltitos  después y llegó a la altura de la diosa y, sujetándose con sus manitas en los inclinados hombros de ella logró auparse, ponerse de puntillas y, ya en posición,  la endilgó un mecánico piquito que ella prolongó sujetándole del cogote y estirando elegantemente el cuello hacia abajo, tal como podemos ver en los documentales que hace cualquier pájara cuando alimenta en el nido a su hambriento polluelo. Entonces volaron hacia el interior del vestíbulo, dejó anotado.
Todo el mundo había entrado al cine, la calle quedó desierta y el pavimento completamente seco. De las bocas de las alcantarillas ascendía un olor como entreverado de orines viejos y mierda. Más allá de la esquina cantaba un bandoneón, nada de bandurrias, sonajas o panderetas, en manos de un tuno, con una lata petitoria en el suelo y rigurosamente uniformado con su jubón, calzas abullonadas, capa y cintitas...

-De no creer Luis, pero el barrio se nos ha llenado de gente así de rara… y, por cierto, a ti qué te ha pasado, ¿Al final no has entrado al cine?
-…
-Toma anda, que te lo has dejado olvidado con las prisas… joder tío, ¿te ha dado ahora por la pornografía?
-No y sí, Luisito, mi camarero/vigilante preferido.

Recuperé la libreta negra, que no sabía que había perdido, y me quedé el CD. Por la exagerada propina fatalmente propinada, por el trasquilado o esquilado o como se diga al que había sido sometido, y como tangible souvenirs. Y porque sólo de sueños, en esta parte, no se vive.

ELOTRO

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