Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

sábado, 2 de agosto de 2014

Tal vez me equivoque. (10)




“ACABADO / INACABADO”


“Ningún lector (de información) tiene ya fácilmente algo “de sí para contar” al prójimo”
(Walter Benjamin)


La exposición del Thyssen se titula “ACABADO / INACABADO” y creo que de camino conviene decir que este museo realiza cada cierto tiempo pequeñas muestras, siempre con obras de la propia colección, bajo el epígrafe genérico de “Miradas cruzadas” en una pequeña sala del primer piso. Viene a cuento dar tantos detalles porque he comprobado repetidamente  que se trata de exposiciones interesantísimas y, lo que es insólito en el chiringuito de la baronesa, con entrada “GRATUITA” para todo quisqui. Por supuesto no hacen publicidad y desde la calle no hay manera de enterarse así que, si tienen interés, no se corten, pasen y, si no tienen nada mejor que hacer, vean…




El título no puede ser más sugerente: “Acabado / inacabado”, el DIN A4 impreso en blanco y negro por las dos caras, español-inglés por el mismo precio (antes de la crisis-estafa, cuando nos contaron y nos tragamos la milonga de que la pasta no valía pasta, eran coquetos folletitos en papel couché llenos de los habituales textos sesudos e ilustraciones varias a todo color) comienza con una muy ilustrativa cita, del año 1845, del poeta y crítico Charles Baudelaire que paso a transcribir:
“Ahora bien, a propósito de esa pretendida torpeza del Sr. Corot, pensamos que hay que señalar un pequeño prejuicio. (…) que existe una gran diferencia entre una pieza realizada y una pieza acabada, y que, en general, lo que está realizado no está acabado, y que una cosa muy acabada puede no estar realizada en absoluto”.









Según el DRAE:
acabado, da. (Del part. de acabar).
1. adj. Perfecto, completo, consumado.
3. m. Perfeccionamiento o retoque de una obra o labor.

 realizar. (De real1).
1. tr. Efectuar, llevar a cabo algo o ejecutar una acción.





Se nos dice que precisamente a mediados del diecinueve surgió un tipo de arte que se quedaba, ¿por torpeza, por descuido o por incapacidad?, a mitad de trayecto del reglamentario “acabado” académico. Un arte (no sólo la pintura, incluía también la escultura) que, en su descaro, pretendía dar por completamente terminada la obra en el mejor de los casos indolentemente situada poco más allá del boceto, de los primeros y tímidos tanteos; necesarios, sí, pero de ninguna manera suficientes para el criterio “dominante”. Demasiado lejos de la frontera “oficial” que vela por delimitar taxativamente los niveles de excelencia, es decir, el innegociable acabado fino, pulido, sobado, “perfecto”.
Sin embargo basta un somero repaso a la obra de los más grandes artistas desde el Renacimiento (dejemos para mejor ocasión a los maestros flamencos) hasta nuestros días para comprobar que la “cosa” nunca fue, ni de lejos, así… bueno, quiero decir: “fuera del ámbito regido por el más rancio, ciego y retrógrado academicismo tradicionalista”.












Pienso por ejemplo en Tiziano, Tintoretto, El Greco, Velázquez, Goya, Turner… y la lista de sus obras “prematuramente acabadas” o simplemente “inacabadas” según los sucesivos dictados académicos (y sería interminable… e incluiría paradójicamente las más grandes obras maestras de los más grandes artistas), marcados por la rigidez y la reglamentaria y conservadora estrechez de miras que dominaba, véase las numerosas variantes neoclásicas, y que en buena medida, compartía la “elitista y antivanguardista” escuela de la clara de huevo, conocida como  prerrafaelita (aquí habría que señalar que la citada “Hermandad” se declaraba “antiacadémica”, se entiende que de la contemporánea pero es asunto que aquí no podemos analizar y desmenuzar); esa pintura azucarada, realista (según ellos “hiperrealistas”) y detallista (¡Ese fatigoso detallismo que embota la mirada!), en la que “la vida”, delante, detrás o a través de la figura o el paisaje, nunca consiguió abrirse paso (el menda al menos no tiene noticia, ¿qué me dicen de la "Ofelia" de Everett Millais?)… y en tiempos más recientes alguna inenarrable galerista, ¿sería un espectro victoriano?, del barrio de Chueca con la que, una gris y melancólica tarde de otoño, fatídicamente topé…




Basta cruzar la calle y visitar la actual exposición de El Greco en el Museo del Prado. Todas sus obras de madurez están, según esos mismos criterios académicos, en estado de esbozo o estudio, literalmente inacabadas…  Y claro, según mi opinión, soberbiamente culminadas. Y digo más, son precisamente estas obras crepusculares las más idóneas, y sabrosas, para iniciarse “en el arte de mirar”. (Una posible salvedad o quizás no: “La dama del armiño”, donde por cierto cada día veo menos la mano, quiero decir los valores y la pincelada, del Greco)
Y no se trata sólo de coartadas del tipo: el fatigoso peso de la edad, el más que posible hartazgo “profesional”, la cada vez más amplia delegación “ejecutiva” en los ayudantes y aprendices del taller, la latosa repetición de temas, motivos o figuras… sino más bien de un concienzudo proceso de purga, filtro y depuración y de síntesis en la vertiente técnica y en la vertiente creativa, y que consiste en suprimir todo aquello “arcaico” que nada “sustancial” aporta (por supuesto que más allá de los doctrinarios y convencionales cánones escolásticos vigentes en cada época: “porque ya ha sido repetidamente comprobado, ya es, perdonen la petulancia, conocimiento empírico”) que no forma parte de lo esencial, que sencillamente sobra, que más bien enturbia o distrae (¿para qué y con qué fin?), que no añade más que obstáculos innecesarios o distracción superflua, ilegibilidad, injustificable “suciedad o ruido”, frivolidad ornamental… todo ello solamente sería admisible, claro que estamos hablando de maestros del arte, en las obras consideradas de aprendizaje y formación rebosantes también de ímpetu y ardor que, convenientemente templadas y amortizadas, permiten al artista ya afianzado en la fase de madurez, decantar uno tras otro todos aquellos postizos y demás costrosas adherencias tan inútiles como dañinas para la obra. A no olvidar que todos estos elementos nocivos por caducos y desfasados, suelen ser en cada época heredados “en el mismo paquete” de la precedente gran “Tradición”, o sea, de la por otra parte imprescindible fuente común del Arte. Y, precisamente esa tarea de renovación es la  de nunca acabar, tarea pues de naturaleza imprescindible, tarea que confirma el absurdo del concepto “acabamiento” en un mundo, en una realidad dinámica, en la que todo, absolutamente todo, está en constante cambio y movimiento.
Y por cierto, si alguien sabe de algún artista, no digo “fenómeno”, que haya declarado por activa o por pasiva que alguna de sus obras la considera acabada, que lo calle para siempre. Por compasión con el quillo, sea quién sea.


Por su parte los “anónimos” autores de la papela, citando a no se qué experto, llegan a comparar o más bien a establecer un cierto paralelismo entre una pintura de Cézanne y la solución de un problema de aritmética. ¿Hay quién de más? Y sobre el rollo ese que se montan de periodos “generativos” y “ejecutivos” prefiero no comentar, no hacer sangre, a estos memos les pasa como a los que pretenden pasar por “expertos” de fútbol, y a la primera frase ya te das cuenta que no han tocado un balón en su puñetera vida ("Conocer no es ver, sino co-fabricar" F. Bacon).  Ya lo he dicho repetidamente, estas criaturitas, los “expertos curadores”, para mí que tienen mala cura, “poresitos”.

Pero, no habíamos quedado en que toda vida y obra humana es un fracaso?
¡Acabáramos!

ELOTRO

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“En lo narrado queda el signo del narrador, como la huella de la mano del alfarero sobre la vasija de arcilla”
(Walter Benjamin)


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