miércoles, 30 de julio de 2014

Tal vez me equivoque. (9)






Eran otros tiempos, otras almas, otras citas…


-No se le escapa nada.
-No, tan sólo la realidad.


(W. Shakespeare, “La tempestad”)


En aquellos tiempos (de molicie y saciedad), si dejabas caer una “cita célebre” sobre el alma adecuada, de fijo te salía un pretendiente. Bueno, la verdad es que no siempre fue exactamente así ni siquiera en aquellos tiempos. Había que acertar, con el tiro y con la “cita célebre”, o, por mejor decir, con el (des)encuentro, el encaje, la armoniosa confluencia entre ésta y el alma del agradecido destinatario en cuestión. Si no se (des)conoce previamente el paño, por así (des)decirlo, y es algo que no siempre está al alcance en grado suficiente,  pueden surgir insuperables problemas de (des)acople y, ya se sabe, lo que no casa, por muy alma célebre que sea citada, no casa (-¿Sus súbditos no se casarían? / -No, todos ociosos: todos putas y granujas".  W. Shakespeare). La celebridad, aún siendo mucho y  lo suele valer en el mercado del famoseo y aunque en los círculos de celebridades esto parezca increíble, no lo es todo; y, seamos sinceros, en estos casos y citas a ninguna de las partes conviene pecar de pretenciosidad… en exceso… ¡del alma de las celebridades, además de la porquería habitual, todo, y más, acaba por saberse! Nunca y en ningún lugar faltan defectos en riña con los encantos. Sabemos lo que somos, no lo que podemos llegar a ser en plena calentura, que decía con buen tino el cómico.
La impenetrabilidad del alma humana es un mito célebre, una muy citada leyenda urbana que, como sabemos, se desmiente mayormente cada noche cienes y cienes de veces en los catres y en lo que no son los catres. En y sobre cualquier sitio, pero especialmente en las ardientes piltras que amueblan las miles de casas de citas que celebran, a tanto la embestida y el descorche, sus célebres ceremonias sicalípticas al calor de hogueras vaginales y gruesos cirios encendidos… tampoco vamos a negar, y no es ninguna deshonra, los gatillazos psicológicos o esa "raras jaquecas intempestivas" que puedan aquejar a las profesionales mozas placenteras o a las castas ninfas... ni esas otras escasísimas excepciones del tipo: “Hoy no tengo “el alma” para farolillos”… por florearlo todo.

En ocasiones (ya topamos compadre con la puñetera doble expresión), ni muchas ni pocas, es el alma el que vete tú a saber por qué, no dilata o no da la talla, o no está a la húmeda altura. ¿Cuestión de anatomía espiritual? Puede. O cosa “del riego de lubricantes”. El caso es que el alma no acude a la cita, (por equis razones o supersticiones, o, la cita, que también juega, no “se (des)encuentra”, se supone que de forma óptima o pongamos amortizable) con el alma consignataria. También puede que llegar haya llegado pero a todos los efectos como si nada, ¿motivo? Quizá yerro involuntario o mérito inconsciente de la propia y legítima torpeza…  del alma o,  por el contrario, esas pequeñas deficiencias intrínsecas de falta de estímulo crematístico o competitivo, lo que no presupone voluntariedad de parte, en este caso de la “cita célebre”, que también suele ser  frecuente sea dicho sin ganas de ofender a ninguna de las partes de las partes. ¿Retruécanos vacíos? Puede, pero por si acaso, tú sigue apretando, que lo mismo sale algo... ¿la música de dentro?



Todo puede ser cuando se intenta. Y con más motivo si se perpetra  el acto de forma unilateral, digo enchufar  lo efímero y lo perdurable, y no me pregunten en esta cita quién es quién. Es sabido que el alma es por naturaleza, vamos, que le viene de fábrica, voluble; casi siempre dopada o en brazos de  la neura; y además no acostumbra a estar, lo que se dice estar con los cinco sentidos o si quiera dos, con los pies asentados en tierra, por mejor decir y concretar: conectada a la segura toma de tierra;  o sea, de guardia y dando la cara: operativa en modo receptora y emisora.

Y si nos ponemos a largar de las célebres “citas célebres ni te cuento los cuentos”, que ¿por qué? Pues más que nada por el qué dirán las muy suspicaces y delicadísimas celebridades. Pero, mira tú, no hay porqué rayarse, ni señalar víctimas y verdugos o  inventar pretextos de partes contratantes, la célebre cosa del alma y las citas, y sus irracionales episodios psicóticos, ni acaban ni siquiera se detienen ahí. El juego no acarrea tradición, parte de cero cada vez. La experiencia nos muestra que siempre están al caer citas o almas maduras… y desde ahí todo lo que nos corresponde es estar preparado. En posición, de dar o/y recibir. Que pa’eso estamos…señoriiiito!

Recordemos la célebre cita tan declamada en aquellos célebres tiempos. Esa que afirmaba que, las almas, incluso las de cántaro sin asas, más pronto que tarde acaban ligando. Luego, amigos rotos o descosidos, la Liga no ha acabado, ¡queda partido!
Creo que así las cosas se impone amasar una nueva cita, aunque sólo sea  para celebrarlo… ya conocen la convención explicitada en la jerga de moda: el que no “tiene” (cita) no “es”… (Y recuerden a Sancho Panza: “ Dos linajes solos hay en el mundo, como decía una agüela mía, que son el tener y el no tener”) Es sabido que las citas malogradas cuentan porque hacen pupa y pesan, de acuerdo, pero, ¿dónde se ha visto que suban al casillero?, ¿verdad que no? no, no suben, no (des)cuentan. Menos que cero, es sólo “célebre” novelería “de culto” entre los fundamentalistas. ¿Tú nunca positivo?
Repetía con su peculiar sutileza intelectual aquel porcino y balompédico holandés.



Aunque a veces las citas se vuelven, ¡con el mismo veneno!, contra el alma de sus propios célebres citadores o citados, no queda otra, hay que intentarlo, qué carajo, la penúltima… una penúltima llamada… a una… dama… perdida… llamada Alma… creo recordar que en nuestra última y fallida cita, y después de pasar bajo las “Horcas Caudinas”(*) de su insoportable parloteo, me espetó: “Pareces un chico sano, bien dotado y culto… hazme una perdida… célebre… una de esas…”

 (Tras múltiples avatares que no vienen al célebre caso e innumerables e infructuosos intentos de citas después…)

(Ring, ring, ring…)

-ASOCIACIÓN DE CÉLEBRES ANÓNIMOS?
-Sí, dígame.
-A tus pies, encanto, perdona, sólo una cosita: la escritura como autoterapia, ¿funciona?
-Querido, qué quieres que te diga… pide una cita.
-¿Y qué citas tienes?
-…………….
-…………….

El resto es silencio. (¡¡Ya quisiéramos!!)


ELOTRO

Notas: (*) Ver Obras completas de  Marx (Groucho), Tomo XXII, capítulo V, versículo XIII, “Carta a Vera Zasulich” pp. 2345 y siguientes.


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