domingo, 27 de julio de 2014

Tal vez me equivoque. (8)




Erri de Luca nació en el seno de una familia obrera en Nápoles. Tenía 18 años, 1968, los “años de plomo en Italia”, cuando se integró en la organización de extrema izquierda “Lotta Continua”. Allá por 1970 empezó a escribir, pero el primer libro no lo publicó hasta 1989 con el título de “Aquí no, ahora no” (Venía de una isla pero era campesina. Sabía que la tierra, como el mar, eran ricos y, como los ricos, avaros.) libro que junto a “El contrario de uno” (No pidas permiso para ir al retrete, dice, si tienes ganas, háztelo encima, total, se seca en seguida.) y, en estos días, “Montedidio”, todas ellas lecturas jugosas, didácticas y placenteras.
Para mí descubrir a un escritor como de Luca, también poeta, periodista y traductor, fue todo un acontecimiento, un sorprendente y gratísimo encuentro y lo mejor del caso es que me queda casi toda su obra por leer. Un ex obrero militante de la izquierda radical, con el paso del tiempo intelectual brillante e internacionalmente premiado, que no ha acabado de lacayo palanganero de Berlusconi, ¡hostia!,  la excepción de la regla (ya, ya sé que hay muchos más, pero “como no llegan a salir en la foto”) que tanto jode al “sistema de pesos y contrapesos del Sistema”.



Y, como dicen por ahí, ya nunca más tendré el placer de leer a de Luca… “por primera vez”, es decir, con los ojos y la mente limpia, entiéndaseme, no lastrada o encarrilada por juicios o condicionantes previos ya sean estos propios o ajenos ("Para quien no puede tener más una experiencia, no hay consuelo", escribe Walter Benjamin a propósito de un célebre verso de Baudelaire). Viene esto a cuento para subrayar una de las características que más me gustan y valoro en la escritura de Erri de Luca: cada uno de los libros, pocos, que he tenido la oportunidad y el placer de leer tiene su sello o huella inconfundible y, al mismo tiempo y esa es la feliz paradoja, son muy distintos entre sí, en la forma, el tono, incluso en la construcción sintáctica… y en el asunto, tema o contenidos. Todos sus libros son básicamente autobiográficos, la vida, su variada y movidísima vida, es sin duda la fundamental materia prima de su obra. Es decir, nada, o poco, de oídas o leídas; el autor sabe de lo que habla, de su sabor, de su color, de su textura, de su peso, incluso de su valor de uso o de cambio y de su precio en el “mercado”. Sabe lo que vende, a quién se lo vende y dónde lo vende. Este ex militante de “Lotta Continua” ha ejercido también de albañil, camionero, operario en la FIAT, o en el aeropuerto de Catania (Sicilia), y ha tenido otras ocupaciones en Francia, algunos países de África o en la antigua Yugoslavia durante aquella maldita guerra en labores humanitarias y posicionado contra los bombardeos de la OTAN. Asimismo es un consumado y apasionado alpinista, un viajero infatigable, un vehemente lector no-creyente de la Biblia, un solitario que ya ha escrito varios guiones e incluso protagonizado alguna película ¡premiada en el festival de Tribeca-2013!... que habrá que ver; además de un autodidacta en varios idiomas incluyendo el hebreo antiguo y el yiddish… sí, el nota no se puede quejar, puede tomar un poco de aquí y otro poco de allá o acullá, tiene de donde elegir, anda sobrado de  potencial “materia literaria”.



Y a ello suma una deslumbrante imaginación que se proyecta a la hora de ensamblar y trazar itinerarios: ora de lo particular a lo general, ora de lo general… y sabiduría narrativa superponiendo capas, independientes pero conectadas, eslabonadas, en algún punto entre sí, que, respetando la lógica interna del relato, realizan aportes reales-racionales (la joroba del zapatero judío) o, en su caso, llamativas escapadas reales-irracionales (las alas angelicales que crecen bajo la joroba) Es decir, del hecho "literal" al hecho "aumentado" que decía Barthes. O insertando historias dentro de historias (en “Montedidio”, por ejemplo, el divertido microrrelato del maestro ebanista sobre el “pescador de pollos”, y la flota americana, y las minas que plantaron los nazis) …y una tan sobria como exquisita concisión en el lenguaje, (lenguaje de la calle entrelazado con la voz del narrador, expresiones del dialecto napolitano o hebreas… pero no se permite ni un puto “adorno o perifollo estilístico” como relleno o engorde, y eso que a sus lectores nos ahorra y que justamente le agradecemos al pie de cada página) para urdir, “en una loseta”, historias duras y dolorosas y de luchas oscuras o luminosas, de golpes y humillaciones, de miedos, de descubrimientos y frustraciones, de resistencia y dignidad, ya sea en la infancia, en la adolescencia, en la madurez, se refieran al individuo o a la tribu…en un refugio de montaña, en un calabozo policial o en el mugriento taller de carpintería… como la vida, su vida y la de los suyos, misma (“neorrealistas” dicen los críticos de suplemento, solapa y faldilla,, siempre tan currantes y originales en sus ¡rebuscadas! memeces, en el caso de “Montedidio” se ve que no había una “etiqueta vacía de contenido concreto y significante” más a mano para contextualizar, ¡coño! ¡si es que el autor la pone a huevo naciendo en Nápoles y en 1950!) y salpicadas de un “humor popular” (nada que ver con el folklórico y artificioso “populismo”), incisivo y mordaz cuando no corrosivo pero eso sí, siempre pegado a la vida-terrenal, a lo que realmente acontece bajo la ley de la gravedad en las casas, en las azoteas, en las calles, en los bares y comercios, en el curro, en el cine, en la iglesia… y también, en muy medidas dosis, con sus vuelos-poéticos que, a mi parecer, resultan más épicos y arraigados a las viejas leyendas o mitos del terruño y a la cultura “oral” heredada de la ancestral parentela y demás  paisanaje, que oníricas expansiones “flotantes” o lírico-bucólicas.

Se trata de un autor extraordinario que nos muestra cuánto hay de extraordinario en las “rémoras de lo real”, en lo vulgar-soporífero, en lo corriente-tedioso, en lo ordinario-fastidioso ¡y en lo extraordinario que, vaya usted a saber por qué, no percibimos!… en fin, con este hatillo de torpes y deslavazados considerandos obtenidos con mi peculiar hermenéutica (si no les valen lo siento pero, de momento, no tengo otros. Y sí, ya sé que hay lectores exquisitos a los que este tipo de autores aburren y mortifican sobremanera, porque a ellos lo que de verdad les entretiene y  divierte son esas obras con personajes que proclaman ya en la página tres que, a ellos y a su generación, la Documenta de Kassel del año no sé cuantos les cambió radicalmente la vida. Y, claro, a partir de ahí los “orgasmos-cualitativamente-inteligentes” se suceden en cascada imparable página sí, página también… es decir, en el mejor de los casos, los temas más alejados de mis intereses indisociablemente unidos a las  más hueras formas estéticas que tanto repugnan a mi poca o mucha sensibilidad.) sólo pretendo -además de seguir compartiendo afinidades- recomendar ¡a base de “concretos” y definidos  fundamentos!, la lectura, siempre amena, de su obra.

ELOTRO





Como aperitivo dejo aquí un párrafo, creo que ilustrativo de lo señalado más arriba, de “Montedidio”:

“Acompaño a Rafaniello a los lavaderos, sube a saltos las escaleras, no sabe caminar. Se asoma por el pretil, mira hacia el sur y el este. Ensancha el blanco de los ojos, sobresale el cerco verde que fija la ruta, pronto nos despediremos, le pregunto en qué piensa. Es mediodía de Navidad, todo el mundo está en casa, sólo nosotros estamos fuera y resplandece el aire de mar. Habla así, asomado, sin mirarme: “En mi país hay un proverbio que dice: “Esto es cielo y ésta es tierra”, para señalar dos puntos opuestos. Aquí arriba se juntan”. Claro, don Rafanié, en la cumbre de Montedidio, de un salto se llega al cielo. “Harán falta varios, mucho impulso. Cuando sueñas que vuelas no llevas peso, no tienes que convencer a la fuerza de que te sostenga en el aire. Pero cuando llegan las alas y el cuerpo se tiene que preparar para elevarse, necesitas una violencia que te desprenda de la tierra, un salto como un cuchillo que te arranque del suelo con un corte. Soy zapatero, un sândler, como se decía en mi país. Reparo zapatos, sé de pies, entiendo su apoyo, cómo hacen para mantener en equilibrio todo un cuerpo sobre ellos, comprendo la utilidad del arco, la dureza del talón, el muelle que en el hueso astrágalo permite saltar a lo largo, a lo ancho y hacia arriba. Conozco los dolores del pie y la felicidad de sostenerse en todas las superficies, hasta en una cuerda tensa. Una vez le hice un par de zapatos de piel de gamo a un funambulista del circo. En Nápoles he aprendido que los pies saben navegar, he reparado los zapatos de los marineros que deben igualar el péndulo del mar. Los pies me han traído hasta este Montididio, ellos me han salvado. En mi país se dice que los pies, no los dientes, dan de comer a los lobos. Tengo incluso una joroba que me empuja hacia abajo. ¿Qué pinta alguien tan terrestre como yo aleteando en el cielo bajo las estrellas?”


Erri de Luca, Montedidio, pp. 106-107

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