Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

jueves, 24 de julio de 2014

Tal vez me equivoque. (7)





Henri Cartier-Bresson (1908-2004).


“Vi, de pronto, con una claridad meridiana, lo que yo entendía por imaginación: Imaginación es lo posible.”
(Eva Forest. “Diario y Cartas desde la cárcel”)



“No hubo un único Cartier-Bresson, sino más bien varios.” Se puede leer en el folleto de la expo que ocupará todo el verano las salas de la Fundación Mapfre. Muy cierto. Conocemos muy bien al extraordinario fotógrafo de la Agencia Magnum, de la que fue cofundador, que recorrió el mundo entero y nos obsequió con sus espléndidos fotorreportajes publicados en las más prestigiosas revistas. Pero no tan bien o prácticamente nada de esos “otros” Cartier-Bresson que también son importantes partes “constitutivas” del gran artista del siglo XX.

En las primeras salas la muestra, en total más de quinientas obras que se te hacen pocas, se nos ilustra sobre su llamado primer periodo, de 1926 a 1935. Como punto de partida vemos dibujos, pinturas (HCB estudió pintura durante dos años con André Lhote) y fotografías de su época de formación y nos da a conocer su temprana fascinación por el movimiento surrealista. HCB asistía a los cafés parisienses y, aunque, debido a su juventud y timidez, muy en segundo plano y por supuesto sin decir ni mu, ya empezaba a no estar estando, tomaba buena nota de los delirantes y acalorados debates que mantenían aquellos tertulianos “politizados” y vanguardistas.









El cine le atrajo desde muy joven y parece que intentó trabajar de ayudante con Luis Buñuel, pero no pudo ser. Sí lo consiguió en cambio con Jean Renoir con el que colaboró como asistente y algunas veces como actor ocasional. En pantallas intercaladas a lo largo de las salas podemos visionar varias proyecciones  que forman también parte fundamental de la expo; No olvidemos que el propio Cartier–Bresson dejó dicho que: “el cine me ha enseñado a ver”. A destacar y de 1937, Victoria de la Vida (Victoire de la vie), Documental sobre los hospitales de España Republicana. HCB ya había visitado España en el año 1933, tomando una serie de fotografías extraordinarias en  Sevilla, Valencia, Madrid o Barcelona, pero su creciente compromiso político con publicaciones comunistas y su solidaridad militante con la lucha antifascista en España, el “internacionalismo”, le llevará a rodar el documental: “España vivirá” (L’Espagne Vivra), sobre la guerra civil española y los años de postguerra. El artista calificado “el ojo del siglo” también nos abrió los ojos, nos ayudó a  ver, con “fotogramas en movimiento”. Las imágenes oníricas del movimiento surrealista llenas de poderes asociativos e interpretativos, Bretón dixit, (aquellas que “derramaban la sal de la deformación”) quedaban atrás y cedían el paso al primer plano a las masas y sus luchas y sus condiciones de vida, las manifestaciones, los mendigos, las putas, los indigentes… una buena parte de la “constitutiva” realidad social realmente existente y habitualmente escamoteada. Podría decirse que  la "foto-monólogo"  tornó en "foto-diálogo". De tal manera que, parafraseando el título del libro de un amigo de HCB: “la fotografía se convertía en un arma de clase” en la lucha de los explotados (“desplazados de lo visible”) contra los explotadores (nunca visibilizados como tales).






En 1935 había aprendido los fundamentos de la cámara de cine en USA, en el seno de una cooperativa de documentalistas muy influenciados por las ideas políticas y estéticas soviéticas y donde coincidió con Paul Strand, fotógrafo y cineasta comprometido con el antifascismo y que también rodó en 1940 una película sobre la España republicana: “Heart of Spain”.








Y es en ese segundo periodo que los organizadores marcan entre 1936 y 1947 donde se manifiesta de una forma más nítida “otro” Cartier-Bresson (el intelectual que progresivamente se radicaliza y se comprome políticamente; el que no se queda “de miranda” en la grada, el que baja a la arena donde se ventila el combate y se mancha las manos; el que no ignora “la situación”, por así seguir con la metáfora sartriana) en la lucha internacionalista contra el auge del fascismo (¿instante histórico decisivo?) en Italia, España o Alemania.










Y nuevo ciclo, de 1947 a  1970, creación de la cooperativa Magnum Photos con Capa, Vandivert, Seymour… es la etapa  de los grandes fotorreportajes y seguro la más conocida: URSS, China, India, México… hasta que cayó en la cuenta de que los criterios con los que nació la agencia se escoraban inexorablemente hacia objetivos demasiado comerciales y serviles con las “líneas editoriales” de los grandes grupos de comunicación. Decidió entonces que para él se acabaron los fotorreportajes… abandonó la fotografía “de encargo”, pero siguió tomando fotos para sí mismo, siguió viajando y echándose a las calles a mirar y, “si pican”, apropiarse de fragmentos “recortados” de la realidad con su Leica (No quisiera dejar de señalar un pequeño fragmento de una película que se exhibe en la sala final, y en la que podemos ver a Cartier-Bresson en plena faena callejera. Sí, en cierto sentido haciendo la calle, buscando cliente. Es todo un espectáculo observar cómo dribla paseantes y se desplaza y escurre entre el inadvertido personal, mientras persigue, con la cámara pegada al ojo y acechante como el más atento y tensionado de los depredadores, y con toda la intención, uno de esos “instantes decisivos” que sólo él es capaz de oler con la suficiente antelación, y que le permita sujetar el instante, fijarlo  y así condenarlo a la eternidad. El cámara que le graba, además, nos regala unos primeros planos de su “juego de piernas”, mientras busca y rebusca, que resultan una autentica danza que más que al genial Cassius Clay nos recuerda al no menos genial Jacques Tati. Un making-of impagable.)  e intentar captar y convertir en lenguaje fotográfico, esos fugaces momentos casi siempre inobservados, esos encuadres prodigiosos, esos implícitos interrogantes de otra manera condenados a disolverse, a desaparecer, a no ser tenidos en cuenta o a ser olvidados…






HCB retomó en sus últimos años el dibujo, es decir, una forma de regreso al comienzo, al que había sido su punto de partida. Para nada se trata de una vuelta atrás; siguió su camino, que por cierto nunca fue un caminar por caminar, un pasatiempo alimenticio, sino más bien un hacer camino que es al mismo tiempo  un hacerse en el camino; y así, pienso yo, llegó, de nuevo, al dibujo; y lo hizo después de superar, y en cierto modo agotar, los jalones de la fotografía y los fotogramas. El dibujo permite interrogarse a sí mismo, cada línea es parte de la pregunta que a suvez contiene algún que otro tanteo de respuesta. Ese ojo que miró el siglo, acabó por detenerse también ante su propia imagen reflejada en el espejo, y quizás fue así como se dibujó (se pensó, se elaboró, se diseccionó) a sí mismo. “La fotografía, -dejó dicho-, es una acción inmediata; el dibujo, una meditación”. También se interesó mucho por el pensamiento Zen, y recomendaba a todo el que se ponía a tiro, un libro: “Zen, en el arte del tiro con arco”, de Eugen Herrigel. Por cierto, se puede descargar el PDF en la red. Que ustedes lo mediten bien.


ELOTRO

No me importa lo que mis obras “parecen”, me importa la idea que se expresa en ellas.
(Marcel Duchamp)





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