Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

sábado, 12 de julio de 2014

Tal vez me equivoque. (3)






Beckett y la incertidumbre de nunca acabar.


“Ser artista es fracasar como nadie se atreve a fracasar”
S.B.

Todos aquellos kilométricos paseos, en compañía de otros caminantes o  en solitario la mayoría de las veces,  por las adoquinadas calles de París, desembocaron finalmente, a finales de los años ochenta, en un sórdido centro municipal para la tercera edad. Beckett necesitaba cada día más cuidados, era cada vez más dependiente y la fiel Suzanne, con la que aún tenía escandalosas trifulcas, también enferma, ya no podía hacerse cargo de él. Habitó una diminuta y espartana habitación –equipada, eso sí, con su correspondiente bombona de oxígeno y suficientes botellas de “Jamenson” su whisky irlandés preferido- con vistas a un jardín que, paradojas de la vida, contaba con un único árbol, un curioso guiño de la realidad a la ficción, a Godot. La vida se hace teatro.
Allí, en ese “escenario”, se dedicaba el vejestorio Beckett a dar de comer a las palomas. ¿Qué ven en las ratas voladoras los ancianos de éste mundo? ¿Absurdo? Y recibía las visitas, por supuesto previamente “autorizadas”, de sus escasos amigos. Cuenta alguno que impresionaba el aspecto de aquel anciano que hasta hacía muy poco parecía una persona pulcra, ágil y en relativa forma física. En los últimos tiempos cayó en el abandono, era un cuerpo que se desmoronaba, aparecía mal afeitado, impresionaba su aspecto general algo más allá del límite de la extrema delgadez, los innumerables surcos profundos y pliegues colgantes de su rostro, el cada día más desproporcionado tamaño  de sus orejas, la torpeza de sus movimientos, y entre otros padecimientos el miedo que proclamaba a las caídas debido al debilitamiento de sus piernas y de todo ese esqueleto de viejo faquir, incluido el viejo costurón pos navajazo, y a los frecuentes mareos y vértigos que sufría como consecuencia de sus  agravados problemas vasculares. Hacía tiempo que había dejado de “matar el rato placenteramente” tocando al piano cualquier pieza de Schubert o Haydn; sus temblorosas y nudosas manos ya no respondían. Estaba cansado y todo lo cansaba: “rara vez me he sentido tan cansado, si es que alguna vez me he sentido así de cansado en mi cansada vida de vejestorio”.



Era muy consciente de su paulatina pérdida de memoria (al cabo del tiempo sus obras se le volvieron extrañas, desconocidas, de algunas de ellas declaró que las releía con aborrecimiento; de “El innombrable” afirmó”: no conozco a este escritor) “y de vocabulario”, se quejaba, pero la peor de sus aflicciones –“tengo las piernas tan cansadas de llevarme como yo de que me lleven”- era la dificultad para caminar.
Poco antes de ingresar en la Residencia de ancianos, tuvo además serios problemas con la vista pero, cuando se recuperó lo suficiente, pudo volver a disfrutar de los pájaros, a los  que solía mirar con prismáticos. Siempre tuvo una inclinación especial por los pájaros y la siguiente anécdota puede ser ilustrativa: “Un día encontró un herrerillo que había anidado en su buzón, un nido de ramitas, relleno de musgo para que resultara más mullido. En el interior encontró las esferas de color del bronce en las que asomaban los picos abiertos. Le conmovió en gran medida y dijo al cartero que no introdujera la correspondencia en el buzón, que le llevase las cartas a la puerta o las dejase a los vecinos.” Así actuaba el solitario Sam.




Y también llegó a decir cosas como está: “A las viudas de los literatos habría que quemarlas vivas como las hindúes”. Éste poco frecuente estallido de ira vino a cuento de la publicación, para él injustificable, de las cartas íntimas que habían intercambiado Joyce y Nora. Culpó de aquella muestra de codicia y falta de sensibilidad, además de una injustificable intromisión en la privacidad de los muertos a la viuda de Stanislaus Joyce, y a los editores y compiladores que participaron del negocio. ¡La indigencia moral, de la que tanto escribió para abrirnos los ojos!

El insomnio fue un fiel compañero de viaje durante toda la vida de Beckett. Abreviaba las horas en las que duermen los demás, acostándose tarde, bebiendo “Jamenson” porque ayuda, oyendo las noticias de la BBC o más tarde viendo deportes y noticiarios en televisión. Llegó a presenciar las imágenes (09-11-1989) de la caída del Muro de Berlín: “Todo esto va demasiado rápido”, dijo. Samuel Beckett murió el 22-12-1989, debido a un fallo respiratorio.

“Sea cual sea la opinión que nos plazca mantener con respecto a la muerte, podemos estar seguros de que carece por completo de sentido y valor. La muerte no nos ha pedido que le reservemos un día libre”. Escribió 55 años antes.





Según nos cuenta su biógrafo, Beckett pasó sus últimos días rodeado de dudas y desasosiegos ( dejó escrito: “que todos los guías que se quieran tener eran poco de fiar, y que era preferible vivir y reconocer que uno vive en completa incertidumbre: preferible por ser más honesto”. Una situación equiparable a la de Didi y Gogo junto al árbol, esperando “la salvación o lo que sea”) y atormentado por lo que pensaba había sido su trato cruel para con las tres mujeres más importantes de su vida: su madre, Suzanne y Bárbara.
En su último año sus lecturas se limitaron a una biografía de Samuel Johnson, al que había tenido por un héroe toda la vida, y a leer una vez más “La Divina Comedia” de Dante.

ELOTRO

(obras de Louis le Brocquy, Jasper Johns, Avigdor Arika: tres colaboradores de S.B.)

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“Cuando fracasemos en esa empresa, cuando seamos derrotados por completo y estemos lamiendo nuestras heridas en el más lamentable de los estados, entonces sí que comenzaremos a preguntarnos si en verdad no habíamos tenido razón antes, es decir, que la tierra se mueve”.

Bertolt Brecht. “Galileo”



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1 comentario:

  1. Hasta que al final oigas las palabras tocar a su fin. Cada fútil palabra un poco más cerca de la última. Y con ellas el cuento. El cuento de otro contigo en la oscuridad. El cuento de alguien contando un cuento contigo en la oscuridad. Y cuánto mejor, a fin de cuentas, las penas perdidas y el silencio. Y tú, como siempre has estado.


    Solo.


    "Compañía", Samuel Beckett

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