martes, 24 de junio de 2014

Vidas de artistas, ¿no convencionales?




En los últimos días, en un absurdo ejercicio de autoagresión, me he tragado –y creo que más o menos digerido- cuatro películas basadas en “vidas de artistas”, por así decirlo. Tratan de vidas y artistas supuestamente “no convencionales”, por así decirlo. Aunque a mí me han parecido todas ellas películas muy pero que muy convencionales, por así decirlo.
De Martin Provost, también actor y pintor: “Violette” y “Seraphine”. De Ralph Fiennes, también protagonista: “The invisible woman”, sobre el romance entre el viejo Dickens y la jovencita Nelly Terman. Y de Julian Schnabel, también y sobre todo pintor de éxito “comercial”: “Basquiat”.

El inevitable señorito de familia burguesa se divierte seduciendo o violando –a todos los efectos tanto da- a la criada de turno y ahí nace “la bastarda” Violette. Ni que decir tiene que la madre, Berthe, crió sola y contra el mundo a nuestra futura “escritora”. Como ya habrán adivinado todo muy folletinesco, por así decirlo. Violette no es que no sea guapa, es que es fea, muy fea, con avaricia. Y claro, nadie la mira, y nadie, ni hombre, ni mariposón, ni mujer: la quiere. Todo muy triste, y encima la guerra y la miseria y, de perdidos al río: el estraperlo… en fin. Con pequeñas variantes (otra guerra y ángeles de la guarda aparte), Seraphine, es más de lo mismo. Ya saben, lo normal en el fofo pero muy calculado melodrama folletinesco: Mujeres pobres, locas de atar, gordas e indignas, feas hasta decir basta, abortistas, homosexuales, bisexuales, solitarias, desaliñadas y rebozadas de mugre “moral”, de lo más bajo de los bajos fondos, o sea, lumpen, criadas, huérfanas, fregonas, estraperlistas, desventuradas sin conciencia social… que, mira tú por donde, saltan a los papeles, al lienzo o al cine, ¡y además de protagonistas!, gracias a que poseen un talento innato, sí, innato, porque se comprende que fregando suelos y limpiando frenéticamente la mierda que el burgués salpica despreocupadamente hasta en el último rincón de sus confortables hogares pues, la verdad, posibilidades de adquirir, lo que se dice adquirir conocimientos artísticos o gusto sustanciado o habilidades técnicas… como que no.



Pero como ya sabemos desde Eugenio Sue, o deberíamos saber, el folletín literario-cinematográfico aprieta, por entregas, pero no ahoga. Cosas del consolador continuará. En ese universo especial o nebulosa del folletín, siempre aparece, es pieza esencial del mecanismo, una “Lucecita” al fondo del túnel, y cómo al toque de corneta llega la carga de la salvadora caballería tronando aquello de: ¡Hay que tener fe! ¡Todo acaba por arreglarse! ¡To er mundo e güeno! (Así se predica mediante esa ilusionante, y no sólo para ilusos, “salida” -individual por supuesto- del inmundo agujero –social por supuesto-: el “leitmotiv”  del mensaje-timo).  Y claro, se hace carne “el sujeto caritativo” y asoma una Simone Beauvoir o un galerista judío, o un Andy Warhol… que irrumpe con brío en escena y, valiéndose de su fina y acreditada pituitaria –y un muchito de su posición de poder (prueba evidente de que no todo está podrido en ese exclusivo círculo) en el lado de los privilegiados- va más allá de la oscura y repugnante mugre del envoltorio y, ¡sí señores!, descubre, porque ella o él lo vale, el diamante en bruto que habita, -oculto hasta entonces para el común de los mortales- en su interior. Llámese Violette, Seraphine o Basquiat.




Por lo que respecta a la película sobre Dickens, aunque Ralph Fiennes, su director y protagonista, afirma que “El sujeto principal de la película no es Dickens, sino Nelly”, resulta, aunque sin exagerar, harina de otro costal. El talento de la tal Nelly sólo consiste en enamorarse apasionadamente (y enamorar) de un escritor que le fascina –primero fue su obra y luego, tras conocerle, irresistiblemente, él- y que, frente a sus bellísimos y exultantes y escasos diecinueve años –recuerden que se trata de la puritana sociedad victoriana del siglo XIX que tan brillantemente diseccionó el escritor en sus novelas-. Dickens es un hombre maduro en la cima de su éxito artístico, económico y social, respetable, famoso, casado –e igualmente hastiado del matrimonio- y padre de diez hijos a los que no debía de tener mucho apego.
Por supuesto abandonó a su tediosa, gorda y vieja mujer –ya habría tiempo para afrontar el sentimiento de culpabilidad- y la preciosa, turgente y fértil Nelly, de la que se encaprichó obsesivamente, lo acompañó, bien que discretamente –es decir, como mujer socialmente invisible-, los últimos años de su vida.
Pero, en mi opinión, esta harina no anda tan lejos ni es muy distinta de la del otro costal… cambia el envoltorio, cierto, pero no la esencia de los ingredientes. Cambia el decorado, el ambiente, el vestuario, los paisajes y la música de fondo… pero en franca contradicción con la profunda y esclarecedora obra de Dickens, lo que aquí se nos ofrece es una superficial, insípida y sentimentaloide historia adornada con todos los sabores, olores e ingredientes del folletín decimonónico, incluido ese lamentable  y para nada buscado “choque” –no es el folletín, al que no debemos de tomar por lo que no es, ningún artefacto crítico que promueva o propugne la transformación de la "realidad", más bien al contrario; ni que siquiera a partir de lo que muestra, señale ataduras u obstáculos concretos o ayude a distinguir amigos o enemigos “sociales” en el seno del "conflicto de intereses" o impulse o sugiera la necesidad liberadora de ningún tipo de cambio de estructuras sociales o supraestructuras ideológicas, a las que trata reaccionariamente como siempre existentes, como "eternas" y, claro está, no "transitorias", o sea, históricamente avaladas como inamovibles- con las convenciones morales y sociales del hegemónico orden establecido. (Conste que lo que se pretende señalar no es tanto lo que el formato folletín "no hace", que también por si las moscas; sino lo que propaga y lo que silencia y lo que impide "comprender y en consecuencia hacer" mediante un muy calibrado mecanismo compuesto de convencionales falacias históricas, sociales y morales convenientemente amatojadas en cada uno de los actos de "esas" vidas  que  nos cuentan).  



En fin, antes de dejar de hacer ostentación de mi ignorancia enciclopédica, quiero decir, a riesgo de seguir metiendo la pata, que aunque parezca que se me han fundido los plomos, soy más que consciente, ¡ya se pueden imaginar!, de que mi “lectura” parte a sabiendas de una poética más bien simplona, pedestre, o si lo prefieren de un punto de vista, estrechamente ligada al terreno de lo real y lo concreto (¿fábulas para qué?, lo que por mi parte no descarta “la imaginación desde la realidad”, claro está.), es decir, a una interpretación –un pelar los significados- materialista, chata, vulgar, rastrera, prosaica… de lo verificable… y, a lo que estamos, del producto vendible –por otra parte una receta gratificante astutamente cocinada, entre otras secreciones romántico-espirituales, en un denso y pastoso caldo de imágenes y fraseología  “humanista y conciliadora”- que se nos ofrece humeante y consolador en pulida bandeja de plata cinematográfica. No sé si he sido capaz de aportar alguna prueba indeclinable del intrínseco carácter inofensivo, ya saben en qué dirección, de los artefactos folletinescos. Y no digo más que se enfría el aguachirle-sopero.


ELOTRO


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