Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

domingo, 15 de junio de 2014

Sigo picoteando en la biografía de Samuel Beckett.






"Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor.
Samuel Beckett.


Este enunciado de S.B. es de los más citados -observemos la diferencia sustancial con aquella receta para la autodestucción de Calvino: "Esfuérzate más. Nada es suficientemente bueno".- , yo creo que nos habla de un tipo realmente obsesivo y perfeccionista pero también y sobre todo de un resistente, de un luchador, de alguien que no está dispuesto a rendirse y a quien el éxito, su falta, no le hace abandonar sino más bien levantarse una y otra vez, tantas como hagan falta, y continuar batallando… ¿hasta fracasar?, sí, fracasar (¡ese vergonzante tabú en estado de interminable devenir!), pero mejor; único resultado (¿soportable?) que él, "racionalmente", concibe (sin moralizar, claro). 
Sigo picoteando en la biografía de mi admirado Samuel Beckett.

En el año 1947, no tengo en mi poder el libro y no recuerdo ahora si en Dublín, Londres o París, y en una visita al dentista, Sam es informado de que dado el desastroso estado de su boca habría que extraerle cuanto antes todas las piezas y colocar en su lugar una dentadura postiza. Ahora que lo pienso creo que fue en Dublín, y debió de ser en una de sus habituales visitas –interrumpidas por la guerra- a su madre y demás parentela. Escribo esto y no puedo evitar imaginarme al Sam de 41 años dirigiéndose a su progenitora: “Mira mamá, ahora sin dientes”. Sí, ya sé, es una estupidez, pero… “Cuando uno se hace consciente de su propia estupidez, es cuando por fin puede escribir lo que siente” (S. Beckett). Pues eso, que añado yo que los que no acaban de ser conscientes de su propia estupidez es que son, y casi siempre por méritos propios, estúpidos del todo y, mucho es de temer, sin remedio. En fin.

El biógrafo, Anthony Cronin, llama nuestra atención sobre una característica peculiar y constante de la obra de S.B.: “…nadie se pregunta cómo se ganan la vida los personajes o de qué viven esos personajes que más o menos, flotan en total libertad, ni se dice cómo se les cuida ni quién los atiende así sea con mezquindad”. Otra cosa es la información que se nos suministra sobre “la real” manera de ganarse el sustento de la por otro lado “muy austera” pareja formada por Sam y Suzanne. Parece ser que Suzanne, aquella jovencita izquierdista estudiante de piano, era una modista de talento y que con su trabajo, haciendo ropa de niños, aportaba unos pequeños ingresos suficientes para afrontar los gastos domésticos. Los libros de Sam poco aportaban pero el seguía recibiendo su asignación familiar. Nadie vive del aire en la realidad realmente existente. No así en las obras de ficción donde el autor es Dios/Godot y punto. Y en el caso de Sam se trata de un autor que había decidido dejar sobre el papel sólo lo imprescindible, nada de adornos, la esencia "pelá y mondá", unas construcciones a base de palabras que no “padecen el runrún de las tripas famélicas”, que no piden de comer filetes de verdad ni tan siquiera pollos asados “carpantianos”, que no tienen en cuenta esas, llamémoslas así, concretas adherencias economicistas y geográficas e historicistas: “contextuales”. ¿Adornos? Para Beckett, en su obra, parece que sí.

Sobre la ayuda a los otros, a los otros vínculos cercanos y en cierto modo en situación de dependientes, es otro cantar. “La comunicación de Molloy, con su madre ya senil, se limita a los golpes que le da en la frente: uno para indicar sí, dos para decir no, tres para decir no sé, cuatro para pedir dinero, cinco para decirle adiós. (Molloy no es Beckett, ¡pero “flota” gracias al dinero de mamá!) Este vicio mío por las conclusiones simplistas es algo que no puedo ni quiero evitar. En estas líneas, Dios, soy yo. Y escribo, desde la conciencia de mi propia estupidez, lo que siento.



Beckett, constructor de ficciones, detestaba la ficción, la mentira. “Molloy y lo que se suele considerar la trilogía iban a ser novelas o, si se prefiere, ficciones, o, por ser más exactos, una serie de ficciones, ya que en estos libros hay ficciones dentro de ficciones y ficciones aún dentro de estas ficciones dentro de ficciones”. Pues sí, como muñecas rusas, cajas chinas o capas de cebolla o máscaras detrás de máscaras… ficciones multiplicadas, superficiales y profundas, dichas u omitidas, eso o algo parecido debe de ser  la superficial y profunda realidad. Un relato sustanciado con la verdad inventada (“verdades nada fáciles de atrapar, turbias u opacas”) como suma de las mentiras inventadas.  Un relato, se nos dice, que no emula, que no intenta complacer ni mucho menos impresionar. Y añade Sam: “Son libros verdaderos y fieles en la medida en que son fieles conmigo mismo y con las cosas que siento”.

Repito, reconocida la propia estupidez, “el autor” es el único y supremo hacedor. S.B. era un obsesivo de la perfección. Anhelaba el silencio –sufría como auténtico martirio las radios a todo volumen de la vencidad-, la página en blanco como la más perfecta de las cosas. Cuenta Cronin: “Como artista, había pasado por más comienzos en falso y pasos en falso que la inmensa mayoría. El principal fracaso de su obra primeriza, tan entendida a la vez que tan reveladora de sus intimidades en todos los sentidos en que no conviene que nadie lo sea, es el fracaso que le impide alcanzar una forma y un tono que le permitan expresar sus verdades particulares”. Ese peculiar concepto de fracaso podría expresarse así: “…llevar agua en un vaso de una cisterna a otra, cisternas tal vez conectadas en secreto, por tuberías subterráneas, por lo que su trabajo se podría deshacer a la misma velocidad a la que él lo hiciese”. Leo esto y creo entender algo más sobre las razones que llevaron a Beckett a detestar la obra, tan bien adornada, de Borges. Pero eso es de otra ficción.

ELOTRO



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1 comentario:

  1. Bonhome, responsable de la Resistencia en el Rousillon, habla de Beckett (http://arrezafe.blogspot.com.es/2013/06/samuel-beckett-en-la-resistencia.html), quien se alistó en la Resistencia Francesa tras la ocupación alemana de 1940. Beckett trabajaba como mensajero, y en varias ocasiones, a lo largo de los dos años siguientes, estuvo a punto de ser apresado por la Gestapo.

    En agosto de 1942, su unidad fue delatada, y Beckett tuvo que huir hacia el sur con su compañera Suzanne. Tras múltiples peripecias, ambos se refugiaron en la pequeña villa de Roussillon, en el Departamento de Vaucluse (Costa Azul). Allí, Beckett se hizo pasar por campesino, y continuó apoyando a la Resistencia almacenando armas en el garaje de su casa. Durante los dos años que Beckett estuvo en Roussillon ayudó indirectamente al maquis en sus operaciones de sabotaje a través de la zona montañosa de Vaucluse, si bien en raras ocasiones se expresaría después al respecto.

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