Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

sábado, 7 de junio de 2014

Metrópolis, la película y alguna cosa más.




Metrópolis, la película y alguna cosa más.

A diferencia de casi todo el mundo, servidor no había visto hasta hoy “Metrópolis”. He tardado, cierto, pero dicen que todo (¿todo? ¿quién lo dice?) llega y, por fin, la he visto: Metrópolis (está en youtube de gratis), esa mítica cinta del expresionismo alemán, la película declarada “Memoria del Mundo” por la Unesco y, por cierto, un fracaso comercial. Metrópolis, como todo el mundo sabe, además del título de una espléndida pintura (1916-1917)  de George Grosz, que por cierto cuelga permanentemente en las paredes del Thyssen, es una extraordinaria película “muda” y alemana, estrenada el año 1926, escrita en parte y dirigida en todo por el “dinosaurio” Fritz Lang (Y ya del tirón les aconsejo que no se pierdan la entrevista de Godard a Lang “El dinosaurio y el bebé” que pueden ver de gorra  en: https://www.youtube.com/watch?v=XcAZu3GkBwI).





Una legendaria película que ha sido calificada como de ciencia ficción distópica (como ya sabe todo el mundo, antónimo de utópica). Y gracias a esa etiqueta me acuerdo de la muy recomendable novela (distópica, por supuesto) de Zamiatin, titulada “Nosotros”, obra  que tanto influyó (o más bien de la que tanto mamó) en el Orwell de “1984” y en la escritura de A. Huxley, y que fue publicada sólo unos años antes, en 1921.





Yo dato por si eso (el antes y el después sin ir más allá… pero sin quedarnos más acá). Y porque son datos que en mi modesta opinión ayudan a comprender las conexiones, las influencias y la permeabilidad entre las distintas artes en un determinado periodo histórico.





Por ejemplo, un tal Otto Dix, como todo el mundo sabe maestro del expresionismo alemán, pintó en el año  1932 (datando que es gerundio) un magnífico retrato del actor teatral y cinematográfico Heinrich George (Stuttgart Municipal Gallery). Como ya todo el mundo sabe Heinrich interpreta uno de los principales personajes de Metrópolis. Una especie de gran capataz, en el doble sentido físico y jerárquico, que dirige la sala de máquinas principal. Personaje muy interesante, ahora digo en la vida real, este Heinreich. Fue hijo de marino que, ya de joven, abandonó sus estudios técnicos para asistir a cursos de teatro que era lo que le molaba. Con los vientos de guerra se enroló voluntario en la Gran Guerra del 14 y, suertudo él, sólo resultó gravemente herido. A partir de 1921 emezó su ascensión y se convirtió en uno de los grandes del teatro en la República de Weimar. Por esa misma época ingresó en el Partido Comunista de Alemania y llegó a trabajar bajo la dirección de Bertolt Brecht y Erwin Piscator. En 1933 llegó al poder Hitler (lo del cómo lo dejamos para mejor ocasión porque “casi” todo el mundo lo sabe) y, debido a su filiación comunista, fue expulsado del trabajo y condenado al ostracismo laboral y vital. En 1937 decidió someterse (vaya usted a saber por qué) y colaborar con el Régimen nazi, y, ¡milagro!, de nuevo fue ascendido llegando a ocupar cargos de dirección en algunos teatros nacionales. En 1945, tras la liberación de Berlín por las tropas soviéticas, fue acusado (lo de la delación en las posguerras merecería un blog monotemático) de colaboracionista y enviado a un campo de concentración. Allí, se nos dice, murió por inanición a los 52 años de edad.



En Metrópolis no sólo podemos apreciar la huella de esos muy característicos personajes que pintó Otto Dix,  el desdichado de Heinrich George aparte, sino que también resulta omnipresente la iconografía de la pintura y la obra gráfica del gran, permítanme que me incline,  George Grosz. Y no sólo en lo que se refiere a los personajes sino también al paisaje urbano –y el uso de la luz, de los encuadres, de los puntos de vista picados y contrapicados (¡Fue de Lang de quien tanto mamó el joven Orson Wells!) o de las sinuosas perspectivas- de la colosal ciudad, tanto en la agitada, deslumbrante y bulliciosa superficie como en el siniestro gueto subterráneo donde viven (ya me entienden los que puedan entenderme) y trabajan esclavizadas (pues eso, los mismos) las masas obreras. Esa fantástica ciudad (esas gigantescas maquetas en las que podemos valorar, desde hoy, su “alargada” influencia en obras modernas como, entre otras, Blade Runner)  que ha construido Lang en los estudios de la UFA está claramente influenciada por las obras de Grosz, de Lyonel Feininger, de Ludwig Meidner… y sabiamente mezcladas con atrevidas estilizaciones góticas o futuristas  o pastiches de los recursos arquitectónicos y decorativos del movimiento Art Déco.



El guión de Metrópolis parece ser que lo escribieron a pachas Lang y señora (la foto que pueden ver aquí arriba con la parejita en plena faena me parece impagable), una aristócrata prusiana llamada Thea von Harbou, autora de la novela-fuente en la que está basado. En el guión podemos encontrar de todo un poco, es una mezcla un poco confusa de ingredientes religiosos, utopistas, nihilistas y seudo marxistas tirando a nacionalsocialistas… y, perdonen el agobio, quizás alguna cosa más. Lang declaró que su aportación fue sobre todo en el plano visual y técnico (yo le creo) y, de hecho, más tarde renegó de las lecturas nacionalsocialistas que se hacían sobre todo del crucial personaje del “mediador” (el hijo bueno del tirano malo), el cual resulta ser en última instancia “la solución” (postulada por una tal María tan angelical como asquerosamente cargante) pacífica y consensuada (respetando el statu quo, todo es negociable) al conflicto de clases ¿existente? entre los de arriba y los de abajo. O sea, entre el Capital y el Trabajo y el consabido Reparto. 






Thea von Harbou fue la segunda esposa de Lang desde 1922 hasta 1933, fecha en la que esta aristócrata se unió entusiasmada al partido nazi. Lang en cuanto pudo (acababa de recibir la oferta de dirigir la UFA de parte del mismísimo Goebbels) se escapó cagandoleches a USA, con paradita, y peliculita, en París. Thea murió en 1954 debido a un lamentable resbalón y, supongo, un mal aterrizaje a la salida de un cine donde precisamente la habían homenajeado. Ya sabe todo el mundo que a finales de los cuarenta ya no quedaba un solo nazi en la RFA. En el resto del mundo mogollón pero, en sitios como USA, eran tratados como demócratas de toda la vida… y anticomunistas de toda confianza.



Fritz Lang me parece un puto genio del cine, “el arte de nuestro siglo”, decía él; un arte al que había matado la industria, dijo también. Como todo el mundo, conocía sus películas, no digo todas, del periodo americano: Furia, La mujer del cuadro, Perversidad, Sólo se vive una vez, Los sobornados… todas extraordinarias. Pero lo que me tiene últimamente atrapado y admirado y entusiasmado es el cine que filmó en Alemania durante los años veinte: Toda la serie del Dr. Mabuse, M, el vampiro de Düsseldorf (una absoluta obra maestra) o Metrópolis…
Para mí el cine es vicio, declaró. Para mí su cine, sus historias y, sobre todo, su manera de contarlas, también.

ELOTRO



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