lunes, 30 de junio de 2014

“El Greco y la pintura moderna”




El Greco (1541-1614) ejercía de forma furibunda, y no sé si con nocturnidad y alevosía, la crítica literaria por arriba, abajo y en los márgenes del propio libro criticado (se puede comprobar echando un vistazo, entre otros, a su ejemplar de “Las Vidas…” de Vasari), eso sí, sin rectificar ni adulterar el original, sin llegar a perpetrar  el tramposo palimpsesto.

Nos cuentan que era Theotocópuli un tipo extravagante, soberbio, engreído y provocador y sin pelos en la lengua. Y que ni era dado a contemporizar, ni se arrugaba ante los “grandes” artistas o mecenas; que su paso por Italia, de Venecia a Roma, estuvo lleno de agrias “broncas”, y que no cejó en su actitud por muchas puertas que se le cerrasen ante sus altivas narices. Entre Florencia, Miguel Ángel y el “dibujo contenedor”; y Venecia, el “color desbordante”: eligió a Tintoretto.






El descubrimiento, en 1506, del grupo escultórico “Laocoonte y sus hijos” en Roma y su enorme impacto e influencia materializada de inmediato en la obra de multitud de artistas de acá y acullá (escultores, pintores, grabadores), incluido nuestro camorrista Theotocópuli, nos puede servir de privilegiada muestra para comprobar “la traducción”, a partir de una obra maestra de esa envergadura, que puede ofrecernos un descarado pintor dotado tanto de un temerario atrevimiento como de una audaz originalidad a partes iguales ya sea en la vertiente imaginativa (véase la reconstrucción iconográfica que lleva a cabo del “grupo”, la inserción de la escena en el “singular” paisaje toledano, la inclusión de figurantes “mirones” o la de ese enigmático caballo que penetra el “peculiar” espacio y abre perspectiva y profundidad en el centro mismo de la composición) como en sus experimentaciones formales y técnicas (sobre todo esos celajes planos y  “protocubistas”, esa gama cromática y esas manchas de color, ora sedosas, ora ásperas y de texturas brutales) . El Laocoonte del Greco, perteneciente a la National Gallery of Art de Washington, es la obra que más me ha impactado de esta exposición, nunca hasta ahora había tenido la oportunidad de plantarme ante ella, ¡y nunca insistiré lo suficiente en la importancia, para mí primordial, de las escalas!, y poder “mirarla hasta acariciarla” a lo largo y ancho de su topografía plástica, y disfrutarla en los diversos recorridos visuales con calma y minucioso detenimiento (Ya saben, privilegio de parado con la papela al día: visité “de gratis” la expo un día después de la inauguración, laborable claro; y en las modorras horas del mediodía. Ni faltaban ni eran demasiados los turistas, mayoría de japonesidos, zombis mirones de cartelas pero, en esta ocasión y en ese número, no estorbaban demasiado).





La tesis de la expo “El Greco y la pintura moderna” consiste en destacar, ¡enaltecer!, la enorme influencia, que tampoco vamos a negar, de éste pagano al que se vistió de místico, en los artistas más vanguardistas de finales del siglo XIX y del Siglo XX. Los “pontífices” oficiales y habituales del arte han empezado a largar chorradas hasta inundarnos (en el folleto, en el catálogo, en la prensa digital y de la otra, en vídeos…) y, como está mandado, el rebaño de visitadores de eventos siempre ávido de consignas blandas, breves y sencillitas de digerir y repetir,  las ha asimilado con total rapidez. Como por otra parte estaba previsto y además no podría ser de otra manera. Ya puedes escuchar (¡era la segunda jornada, pero los guías –y audioguías-  ya llevaban la lección bien aprendida y ya habían conseguido “injertar” su tesis en las mentes de los visitantes) a cualquier listillo o listilla de manual, explicándole a l@ ocasional acompañante tont@: que   “¿cómo no habíamos caído en que desde las pinturas de Altamira todas las distorsiones de las proporciones anatómicas y sus faltas de simetría proceden del Greco?



La sutil estrategia “inductiva y conductista” seguida por los comisarios de la muestra resulta extraordinariamente compleja, es un decir, y no por eso menos  eficaz. Te colocan un retrato pintado por El Greco,  Fray Hortensio Félix Paravicino; y al ladito mismo colocan Madame Cézanne con un vestido rojo, de Paul Cézanne. Y hasta el más lerdo (“como si el espectador fuese una criatura de poca edad o un deficiente mental”. Noam Chomsky), y aún así siempre habrá excepciones, cae en la cuenta de que tanto la madame como el fraile posan o figuran peligrosamente escorados hacia la izquierda o la derecha y, de no ser muñecotes pintados, la caída y el consiguiente batacazo, gravedad mediante, sería inevitable. El engaño aparenta ser, y lo es, de contenido tan insignificante como el infantil juego visual que consiste en encontrar, comparando dos estampas, las X diferencias entre ellas; pero en su lugar, en la expo nos colocan delante de dos obras de artistas y épocas diferentes en las que descubrimos (¡bingo!) “geniales” coincidencias. Pues mire usted que bien, ya lo tenemos, el fraile y su desequilibrio nos lleva de la manita, un metro más allá, a la oscilante madame: o por mejor decir: El asimétrico Greco, su influencia, nos lleva, a través de los sucesivos siglos pictóricos, al desequilibrado Cézanne, el influenciado.



Y así poco más o menos, quiero decir que algunas parejas más forzadas que otras, toda la muestra: colocan pegadito, al “místico español, que ahora que caemos no era ni místico ni español”, a Picasso, a Beckmann, a Schiele, a Macke, a Soutine, a Giacometti, a Pollock, a Manet, a Saura, a Bacon, a Chagall… y nuestros expertos comisarios hacen caja y tan panchos que se quedan: tesis absolutamente confirmada en la práctica por los eficientes pastores y el dúctil rebaño que, a más a más, y gracias a la obtusa psicología aplicada se muestra visiblemente complacido con su “experta” mediocridad (¡Hombre, yo sólo soy un exitoso vendedor de seguros –por cierto, también aseguramos obras de arte-, no puedo ser experto en todo!).

He podido leer, con el vello de punta de erizo y la piel de gallina, en Félix de Aúpa, que “el trabajo directo sobre el lienzo con manchas de color” es una muestra de la portentosa originalidad del Greco. No quiero ni pensar en las pamplinas que habrá esculpido en mármol de Carrara el tal efe punto Calvo, capo de El País o el ubícuo lameculos erre punto Fresán o el “bello” Boyero, si es que la criatura no tuvo suficiente con su ridículo papel con frase en el evento de Hopper… en fin.



En mi falsa y modesta opinión, a la “admirable y memorable” expo del Greco le quitas los contados cuadros del Greco que han llegado de fuera y te queda un “evento” anodino, prescindible, barato, divertido por los cojones, glamouroso y, sobre todo, un memorable gran negocio (para algunos bolsillos que son los de siempre). Dicho sea parafraseando al pintor y teórico del “pop”, el tal Richard Hamilton (pero eso es en el museo de enfrente y quizás merezca otra entrada).

ELOTRO



***

No hay comentarios:

Publicar un comentario