jueves, 29 de mayo de 2014

Siempre nos quedará el ajedrez.





Siempre nos quedará el ajedrez.

Beckett salió de París uno o dos días antes de que llegaran los nazis. Un poco antes que  Bogart y Bergman. Lo hizo en compañía de Suzanne, una izquierdista estudiante de piano a la que había conocido en Paris jugando al tenis y que luego fue su amante, todo indica que la prefirió en lugar de Peggy Guggenheim,  y por fin su esposa. Nada sabemos del color del atuendo de Suzanne, aunque sí el de los ojos de Beckett y el uniforme de los nazis. París, azul, gris. Pero no va de cine esta nota, o no sólo. Beckett se encontraba en su Irlanda natal visitando a su anciana madre –aburriéndose en familia- cuando el avance nazi y sus sucesivas invasiones provocaron la declaración de guerra por parte de Inglaterra. Contra la opinión materna, Beckett, ciudadano irlandés, volvió a Francia con la intención de alistarse. Como otros muchos intelectuales se ofreció como conductor de ambulancias, o lo que fuera. No hubo modo. Como ciudadano de país neutral creyó sentirse a salvo con su pasaporte, aunque pronto comprobó que su asignación mensual quedaba interrumpida por algún motivo bélico-burocrático. Con su amigo Giacometti, otro ciudadano de país neutral, se dedicaba a beber y a beber y a beber… hasta que los echaban de los garitos ya muy de madrugada. Paseaban juntos por calles obligatoriamente oscuras casi sin hablar. Una de esas noches una conductora también beoda perdió el control de su automóvil y se subió a la acera aplastando el pie de Giacometti que de esa manera quedó cojito para toda la vida. Sin pasta, sin respuesta del ejército francés y con la mayoría de sus amigos, incluido Joyce y familia, huidos de París, Beckett y Suzanne deciden sumarse a la desbandada. Después de muchos tira pa’aquí, tira pa’allá en trenes atestados o en la parte trasera de camión, nuestra pareja llega, con una pinta que ya se pueden imaginar, a una bonita ciudad del sur de Francia, Carcassonne. Resulta que allí vivía una vieja amiga norteamericana de Beckett que había convertido su vivienda en refugio. Y, lo que son las cosas, en esa misma casa se encuentra Marcel Duchamp, amigo y amante de la norteamericana. Marcel y Sam pasan las tardes jugando al ajedrez. Mientras tanto.

ELOTRO


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