viernes, 9 de mayo de 2014

MOLIÈRE EN BICICLETA de Philippe Le Guay




Leo que cuando Molière escribió “El Misántropo” en 1666 (mil años antes que Roberto Bolaño hiciese lo propio con su obra póstuma e inacabada) se encontraba prematuramente avejentado, aunque sólo tenía 44 años de edad –bien es verdad que de la época, antes del euro-, enfermo de hipocondría y sumido en la amargura tras ser abandonado, ¡oh!, por su cruel esposa, por cierto veinte años menor que él. Empezaban a quedar lejos los días de gloria y las elegantes cenas con el mismísimo Luis XIV…

La película, de título original “Alceste à bicyclette”, o sea sin “Molière”, está construida o estructurada sobre o en torno a algunos datos biográficos de Molière -¿Un clásico contemporáneo?-, claro que traspolados a la Francia actual, incluida por supuesto su obra “El Misántropo”. Por ejemplo una buena parte de las secuencias consisten en los sucesivos ensayos –ora tensos, ora dramáticos, ora humorísticos, casi siempre accidentados…- de la primera escena de la obra teatral por parte de los dos actores protagonistas del film ( Fabrice Luchini -Alceste o Filinto-, interpreta un misántropo –el director dice que pensó en Céline viviendo en Meudon: no se lo cree ni él, esa coartada cultureta no cuela ni de chiste malo- hipocondríaco, una vieja gloria herida, hastiada y cansada “del insufrible mundillo artístico y de los egoístas y vanidosos y traidores bichitos que lo pueblan” que habiendo llegado a la cima, o la sima, de su carrera de actor, decide ponerse a salvo y retirarse broncamente, tres años atrás, a un escondite –bueno, sin exagerar porque en realidad existe un moderno puente que comunica, por ejemplo con el hospital que opera las vasectomías de la comarca- perfectamente la antes aislada isla y que le permite ser el segundo destino turístico nacional preferido por los franceses turistas… y este es el tipo de cosas que me gustan de esta película, hay un hilo de sutil socarronería que la recorre y atraviesa y la perfuma, de alguna manera hay que enmascarar “el tufo de las cloacas”, de principio a fin-  sin teléfono, fijo, en la Isla de Ré -y autor además de la idea original previa al guión- y Ambert Wilson -Filinto o Alceste-, ahora actor televisivo de éxito que viaja a la isla y pide a su amigo -al que encuentra alimentando la chimenea, ojo a la simbólica pincelada, con los guiones que sigue recibiendo de la “industria”-, maestro y colega que vuelva a los escenarios  e interprete junto a él, si no queda más remedio intercambiando los papeles principales: “El Misántropo”, que es punto de partida y de llegada).




Ya se pueden imaginar, ¡son actores!, la batallita de egos. A cara o cruz, sí, ese es el nivel de puerilidad, se juegan en cada ensayo el papel a interpretar, Alceste, que es el papel goloso porque chupa más cámara, tiene la culpa. El uno pide o más bien exige exhibiendo galones, respetar cierta dicción,¡la tradición!, la música de los alejandrinos; cuando el otro reclama su derecho a dirigirse sin cargantes antiguayas formales al público contemporáneo, ¡que es el que pasa por taquilla!. La vieja gloria no puede pagar cinco mil euros para arreglar la fosa séptica que le apesta la casa y la existencia; por su parte la estrella televisiva se plantea, ahí queda eso, comprar una casa en la isla por más de un millón de euros. Y aquí, en plena aventura inmobiliaria, aparece la dama que anda desquiciada en trámites de divorcio y que, tras varios encuentros y amando a Alceste, acaba sin embargo follando con Filinto, ¿O era al revés? Cuando Alceste, Filinto y la dama italiana se pasean en bicicleta, entre ciénegas, la cosa recuerda vagamente a Jules et Jim. De acuerdo, es otra música –“il Mondo” de Jimmy Fontana:
El mundo,
nunca se ha parado ni un momento,
a la noche le sigue siempre el día,
y el día llegará.
Oh, el mundo
…otro color, otra geografía y sobre todo otro triángulo, quizá más obtuso, de amor y desamor y de aprendizaje, a contrapelo, de la decepción... pero veo homenaje, blandito, apastelado, pero homenaje.




La Isla de Ré, microclima aparte, es un lugar más bien inhóspito, lluvioso, de vientos racheados, gris, lleno de gaviotas carroñeras no sé si peperas pero sí de vuelo bajo y casi deshabitado… anotar sin embargo que la mayoría de las escenas transcurren en "interior", en un interior "desconectado" de la red de cloacas y alcantarillado... en fin, aunque se habla de una película de militancia minimalista más creo que toca, bien que con no mucha profundidad pero sí con muy “malas” intenciones, multitud de asuntos grandes y pequeños anclados en la realidad -ya saben, en tótum revolútum: la admiración entreverada de envidia, el cinismo bumerán, la amistad mercantilizada, la desconfianza institucionalizada, el individualismo "optimista" y muy profesional y narcisista como único camino a la única verdad: la del triunfador- o sencillas anécdotas que, y no creo que sea por casualidad, desbordan el peculiar microcosmos de “los actores”, o del teatro o del cine… aunque sea calificado X, en su doble penetración matinal. Creo, en definitiva, que Philippe Le Guay y Fabrice Luchini han "acabado", a su manera y en otro lugar histórico, físico y mental, la "inacabada" obra de Molière. 

A mí me ha parecido una buena película, me lo he pasado mejor que con, por ejemplo, la muy alabada “El Gran Hotel Budapest” o la también francesa y de “culto”, supongo que exclusivamente gay, “El desconocido del lago”. Pero eso es harina de otro costal  peliculero…

ELOTRO



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