sábado, 24 de mayo de 2014

El pasado, de Asghar Farhadi




Dice, Asghar Farhadi,  el “oscarizado” director iraní de “El pasado”: “Tuvimos dos meses de ensayos que nos hicieron crear la emoción de una familia y nos dieron todas las respuestas”.
A mi está película me ha parecido interesantísima precisamente porque no da respuestas, sin embargo plantea al espectador un sin fin de inquietantes y muy concretas preguntas. Nada de “grandes y transcendentales” preguntas, solo cuestiones ordinarias que marcan indeleblemente la “vida”, en familia, en pareja, en soledad… de la gente. Supongo que él se refiere a otro tipo de respuestas. Las que posiblemente necesita el equipo artístico para conocer previamente qué terreno pisa “en la obra” (Digo “en la obra” con toda la intención porque aunque “El pasado” es indiscutiblemente puro cine -¡sin música!-, ese magnífico guión –que permite el lucimiento del estupendo plantel de actores- también me ha parecido potencialmente “puro teatro”. Farhadi: “Empecé mi vida profesional en el teatro, sigue siendo mi sitio favorito”). Supongo. Eso, ya sabemos que en nuestras vidas, ni en dos semanas ni en cien años. Porque no hay manera, demasiadas preguntas que nos sobrepasan, que nos acorralan, que nos aplastan, que quedan sin respuestas o que simplemente llegan, las que llegan, tarde o fuera de tiempo y lugar, cuando ya no se las espera ni nadie impaciente las necesita o sencillamente cuando ya no “somos” ni “estamos”. Y ahí quedan, sumando lastre, “viviendo y pesando” en los cajones del pasado.



Se nos muestran relaciones que se deshacen viviendo bajo el mismo techo o que parecen recomponerse aún estando “aparcadas” o sufriendo alejamientos de miles de kilómetros. Los personajes de Farhadi –cuando escribo esta nota aún no sé explicarme el motivo por el cual la película “engancha” con tanta fuerza desde el mismísimo arranque-  resultan ser gentes insultantemente “concretas” –y aquí me refiero tanto a sus “formas”, las múltiples facetas, como a sus “contenidos”, que no ocultan el lado oscuro, ni en mayores ni en pequeños-, que como cualquiera de nosotros actúan más que piensan -¡qué cosa esa de la impertinencia entre lo que se piensa y lo que se hace!-, que vienen y van por propia voluntad –entiéndanme- pero menos, gentes enérgicas y peleonas a las que les ocurren cosas muy desagradables (de un total de veinte espectadores en la sala, dos parejas maduritas abandonaron el local, supongo que a falta de “azúcar”, a poco más de media hora del inicio, otros aguantaban, como mi vecino de butaca, roncando sonoramente. La sesión de las 16.00 es lo que tiene.) de las que en ocasiones son sujetos activos o pasivos (gente que pinta, que se mancha de pintura, que se corta con el cuchillo y sangra, que se lastima la muñeca o arregla el desagüe de la pila y se mancha, que abandona niños o husmea en el móvil del otro, que intenta suicidarse o que maquina desencuentros y venganzas mientras cocina, ya digo, nada de abstracciones, todo muy concretito, como la "verdad", que decía Lenin.) o mitad imprudentes y mitad irreflexivos pero, como ya escribió Jules Renard: “Las cosas desagradables me hacen sufrir mucho, pero las prefiero”.




Pues eso, que están vivos y les pasan cosas. Gentes que dejan hueco o que cubren huecos dejados, que no acaban de desaparecer ni de regresar o ni siquiera “están en lo que están”; que arrastran bajo la lluvia maletas perdidas que a destiempo aparecen rotas, aunque con los regalos y sus envoltorios indemnes, y llenas de dudas tanto propias como ajenas, de desconfianzas también mutuas y en constante proceso de retroalimentación, de malentendidos enquistados; de olores que, eso dicen, se resisten valerosamente al olvido, a pasar páginas sin leer o malamente leídas.
Dice la crítica, tan perspicaz como de costumbre, que el cine de Asghar Farhadi no es político. Hombre, ya supongo que como la mayoría de las obras artísticas ésta también puede soportar lecturas muy diversas y si me apuran hasta antagónicas pero, por mi parte yo no veo en este film otra cosa que lo político, es decir, lo común, lo colectivo… ¡y sin el edulcorante de la banda sonora!


ELOTRO


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