Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

jueves, 24 de abril de 2014

“Tren de noche a Lisboa”, de Bille August





“Quien sigue a otro, nada sigue. Nada encuentra; más aún, nada busca” (Séneca, Cartas a Lucilio)


“Tren de noche a Lisboa”, de Bille August. Sólo por escuchar, y que yo recuerde es la primera vez, la impresionante voz de Jeremy Irons, V.O. en inglés con subtítulos en castellano, ya hubiese compensado al menos en parte el paso por taquilla. Por el contrario me ha resultado incongruente e incluso un poco risible  escuchar al casero, el quiosquero o el camarero lisboeta expresarse en lo que me ha parecido un inglés-macarrónico-aportuguesado, digo en su fonética.
El director, August, parece ser un experto en adaptar novelas al cine. Ya adaptó “La casa de los espíritus” de la mecanógrafa oportunista Isabel Allende, y ahora lo hace con la novela del mismo título de un tal Pascal Mercier que, según leo, y a pesar de que no ha participado en el guión, ha quedado muy satisfecho, incluso fascinado, de la puesta en imágenes de su obra. Lo que me lleva a pensar, o quizá mal pensar, en la más que previsible mediocridad de la misma (¿un fenómeno -novelista Pascal Mercier- que explica otro fenómeno -cineasta Bille August-?)


La película me ha parecido ni buena ni mala, poquita cosa; de expresión muy plana y rodada sin convicción ni imaginación en general y, cuando se pone a enfatizar, lo hace desde un sentimentalismo torticero y  bastante empalagoso: todo el mundo es o acaba siendo "bueno", ¡hasta el abominable torturador!, dentro de esta historia. De lo mejor la intervención de ese estupendo actor llamado Bruno Ganz. En las escasas escenas en las que participa arrasa con todo, incluso con el prota Irons, la cámara se queda hipnotizada con él y le dedica con docilidad toda su atención, y más. En una película llena de casualidades que, de tan inverosímiles, revelan burdamente las toscas costuras del apastelado amaño, el bueno de Bruno, en los acogedores brazos del alcoholismo y del tabaquismo, impregna todas sus escenas de mentiras verdaderas, de realidad rasposa, de desolación, de agria nostalgia… en mi opinión el único perdedor, cierto y “verosímil”, que aparece en pantalla.


El profesor de latín interpretado por Jeremy Irons, personaje arquetípico -como el propio actor, recuerden “Retorno a Brideshead” o “Herida”-,  “percha fetiche” muy del gusto de esos elegantes cosmopolitas e instruidos culturetas conocedores y veneradores por igual de la etiqueta "diseño": cocina de diseño, literatura de diseño, la ropita de diseño, las relaciones de diseño, los viajes de diseño, el look de diseño, los yogures de diseño…es un personaje que considera, ¡oh!, que ha malgastado su vida –con una mujer que acabó buscándose novio porque le consideraba un aburrido o con unos alumnos que desaparecían sin dejar rastro cada año, que, comparada con la pasión y la intensidad de la de esos jóvenes antifascistas portugueses –llamados resistentes en la peli-, no hay color. El traslado de Berna a Lisboa –expresado en las, por lo visto, tan falsas como inevitables postalitas/turísticas/culturetas- y el trueque de montura en sus gafas, y otro forzado e inverosímil encuentro casual, resultan un cambio, o por mejor decir, una lampedusiana reforma, con sentido simbólico de cajón o, si se quiere dada su talla, de cojón de mico.


El film está trufado de “citas” procedentes del libro –de diseño, solo 100 ejemplares muy cucamente encuadernados-, auténtico hilo conductor o ensartador de la historia, escrito por uno de los personajes cruciales. No recuerdo ni una. Sí en cambio una de Fernando Pessoa, autor que claro está no podía faltar en esta historieta de amor, mejor amores y desamores entrecruzados, con el fondo, solo culturetamente abocetado, de la dictadura zalazarista y los preparativos clandestinos de la llamada revolución de los claveles protagonizada por las organizaciones antifascistas y encabezadas por los llamados capitanes de abril… y ahora caigo, ¡del guindo!, en que en estos momentos se celebra el 40 aniversario de la Revolución. Que ya sabemos, bueno, los que no tenemos mirada ni memoria “de diseño”, en lo que lamentablemente ha quedado, una decepción más.
Y por añadir… bueno, la presencia, discretita, de esos ya míticos actores, Christopher Lee y Charlotte Rampling, que quizás sólo se expliquen por servidumbres comerciales de la coproducción internacional. El azucarado final, ya se lo pueden imaginar, es una vez más de los de "made in diseño", ¡oh! 

Menos mal que nos queda Bruno Ganz


ELOTRO


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