Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

sábado, 5 de abril de 2014

"Nebraska"de Alexander Payne




“Nebraska” es una película de Alexander Payne. El mismo director de “Entre copas”, y de uno de los cortos que componen la coral “Paris je t’aime”. Me gusta mucho la “manera” de contar, y de reflexionar, de este director. “Nebraska” me ha recordado en muchas escenas a “Entre copas” precisamente en la “manera”: por ejemplo en la escena del robo del compresor me ha venido inmediatamente a la memoria, ya digo que por la forma y no por el contenido, la secuencia en la que el actor follador de “Entre copas” regresaba al lugar del “delito adúltero” para recuperar su cartera. No quiero olvidar una mención especial al formidable guión -piedra angular de cualquier film- firmado por un tal Bob Nelson - talentoso poseedor de un fabuloso sentido del humor que brilla en cada una de las palabras, silencios o ininteligibles expresiones guturales emitidos por los personajes- del que nada más sé. “Nebraska”, por cierto tierra natal del director, es una bellísima película -un cóctel/mezcolanza que amplía límites y posibilidades- muy pulida, rodada, creo que acertadamente, en blanco y negro; es un viaje –múltiple- en el tiempo hacia adelante y hacia atrás y en el espacio urbano y rural, además de eso que llaman los entendidos una “road movie” (del inglés, literalmente "película de carretera"; y, posiblemente, añado por mi cuenta: "película de caminos rurales polvorientos" porque, pienso, "La diligencia" de Ford debe de ser una de las que inauguraron el género, ¿no?) que dice la Wiki; pero me parece importante destacar que el tal Payne le imprime al “viaje” una velocidad de crucero “lenta” (una "manera" de desertar o un "tempo" que posibilita darse a la fuga o simplemente tomar distancia frente a las incesantes y agotadoras tensiones motivadas al parecer, eso se dice por ahí, por condicionantes de carácter sociológico, cultural -¿el hombre chiflado, roto, derrotado que regresó de la victoriosa guerra de Corea?- o familiar tanto propios como ajenos), mucho más delicadamente lenta de lo que se estila en el aceleradísimo cine "actual"(¡Cuánto humo disimula la endiablada sucesión de tomas y el montaje al estilo Scorsese!). 
Payne nos embarca en un viaje "grande", de esos en los que no suceden "grandes cosas". Y algo muy de agradecer: las paradas -razones prostáticas al margen- a mear (¡y el desvío turístico al Monte Rushmore!) de padre e hijo; los tiempos muertos -¡vivísimos!- entre parcas preguntas y exiguas respuestas, cuando las hay; la pausada y minuciosa acumulación cuantitativa de “documentación”, sin ocultar nada de lo que los personajes arrastran, incluidos demonios personales, y, por supuesto, sin mixtificar ningún otro aspecto en los “retratos de la familia” o de los “viejos amigos y socios y demás buitres y brujas”; el salto “cualitativo”, en el trato/relación (con el puente/vínculo de la bebida) y consecuente acercamiento/conocimiento, sobre todo, entre los protagonistas  padre e hijo "no triunfador"; y omnipresente, como utópica meta y “marco incomparable” al estilo "matiasprats": el sueño del millón anudado comercialmente al timo del millón de dólares, (con el folleto del millón, a modo de mapa del tesoro, cuidadosamente doblado y guardado en el bolsillo de su camisa a cuadros) burdo anzuelo en el que ¿sólo pican -o lo que es lo mismo: caen cautivos de la quimera- personas de avanzada edad y regresiones seniles con acusada tendencia a creer a pies juntillas lo que afirma cualquier otro?  


Dice Godard que el productor Carlo Ponti afirmaba que el público ve las películas con el estómago, no con los ojos. Pues bien, siguiendo al difunto marido de la Loren yo diría que he disfrutado, y mucho, de esta película (O es acaso, además de bello, un magnífico y provechoso documental? El caso es que aún sabiendo que los personajes son seres ficticios encarnados por buenos actores, también sabes y con la misma rotundidad -porque te llegan, te rozan, te tocan- que se trata de personajes reales a quienes les ocurren cosas, no siempre dolorosas, reales) con la vista, el oído (esas sobrias armónicas me han recordado, de refilón, el magnífico “Nebraska” de Springsteen) con el estómago, con la memoria… esos pueblos de la América profunda llenos de paletos medio tarados y sobrealimentados y uniformados con la reglamentaria camisa a cuadros embobados frente a la televisión, entre otras costumbres licenciosas… me han traído al recuerdo también, y claro que no sólo por el blanco y negro, la estupenda cinta de Bogdanovich: ese viento racheado que te mete la arenilla en los ojos, esa escoba que barría la desierta calle de arena… “La última película”. Bueno, tampoco pretendo dar la sensación de que “Nebraska” es una película que “ya había visto”, en realidad intento decir justo lo contrario pero las reminiscencias que anoto son fruto del encuentro, en mi desbarajustada mente, de todas aquellas películas o escenas que no he logrado, afortunadamente, olvidar del todo.


El caso es que a pesar de los inevitables localismos –de paisaje y paisanaje-, asistimos a un “irrelevante viaje familiar” –que comienza “en oposición” y acaba en algo parecido a un “maridaje armonioso”- de naturaleza y características que podríamos llamar de alcance “universal”, es decir, que resultan, salvando ciertas distancias y pequeños matices, comunes y “cercanas” a la mayoría de las llamadas personas de a pie que “viajan” o las “viajan” en estas sociedades que tan insensata como irreflexivamente calificamos de avanzadas y civilizadas. "Cosas veredes" y de no creer.


ELOTRO



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